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A causa de la pandemia ha llegado con un año de
retraso con respecto a su estreno previsto en las pantallas españolas este
curioso drama canadiense (de Quebec, concretamente) que sin ser ninguna gran película cumple con
creces su función de conmover al espectador con una historia sobre el paso del
tiempo y la búsqueda de la felicidad y un lugar en una vida que no siempre
responde a nuestras expectativas. Basada en una novela de Jocelyne Saucier y dirigida
por otra mujer, Louise Archambault, aunque al principio pueda parecer una película
dirigida al target de público de la tercera edad (un nicho que últimamente está
bastante explotado en el cine) en realidad es una historia transgeneracional
con un mensaje tan universal como es el del canto a la vida. Tampoco se olvida
el filme de tocar temas más o menos derivados como el de las segundas
oportunidades, la reivindicación de la experiencia, la intolerancia hacia los
diferentes o la lucha sin cuartel por unos propósitos, todo ello principalmente
bajo el prisma de tres de sus protagonistas: por una parte dos viejos ermitaños
modernos, huidos de la ciudad y retirados en cabañas en pleno bosque donde pasan
los días pescando, cazando y desarrollando algunas de sus aficiones; y por otra
una octogenaria con largos antecedentes psiquiátricos que recién sacada por su
familia de la residencia donde llevaba
años recluida para asistir a un funeral no desea volver a la institución. Los
setentones Charlie (Gilbert Sicotte) y Tom (Remy Girárd) terminarán acogiendo a
regañadientes Marie (Andrée Lachapelle) en su “comunidad” a instancias de su
sobrino Steve (Éric Robidoux), el nexo de unión entre Charlie y Tom y el mundo
exterior, y pese a las reticencias iniciales la experiencia resultará
inesperadamente fascinante para todos, especialmente desde el momento en que
irrumpe Raf (Éve Landry) una fotógrafa que fotografía y entrevista a mayores de
la zona para rememorar un mítico gran incendio en aquellos bosques tiempo atrás.
Decir que en este filme el bello paisaje de los bosques quebequenses es un
personaje más, recordándonos la importancia de relación del ser humano con la
naturaleza y su función redentora en el ocaso de la vida.
Aunque el filme atesora muy bien presentados y emotivos elementos dramáticos servidos principalmente por sus intérpretes más veteranos, la tensión dramática no es muy constante y en ocasiones se pierde por lagunas y recursos narrativos prescindibles, algo de lo que sin embargo no es causante el buen uso de no pocos elementos de comedia estos si bien insertados. Como también resulta de recibo el mensaje de reivindicación de la vejez como una época no sólo de sabiduría sino de actividad y de sentimientos ennoblecidos por el paso del tiempo; en ese sentido escenas tan insólitas en el cine de hoy como las de sexo entre personas ancianas brindada aquí por los personajes de Charlie y Marie se agradecen bastante por todo lo que tratan de transmitir además de estar muy bien rodada. Andrée Lachapelle, que por cierto falleció poco después del rodaje del filme, realiza un muy buen trabajo como una mujer que oprimida y encerrada durante toda su vida por su supuesta enfermedad mental quiere vivir y amar por fin. También es mencionable la labor de los otros dos veteranos intérpretes dentro de un conjunto que no deja de recordar que la vida puede darnos grandes oportunidades cuando menos lo esperamos.
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