*** y 1/2
Esta vez Alejandro González Iñarritu no ha estado entonado como tras veces pero aún sigue demostrando que es una autor más que interesante y que se atreve con cualquier reto, como es el caso de esta comedia satírica y caricaturesca con elementos de metaficción y pinceladas de ficción científica anticipativa. La crítica a la sociedad y la política internacional actual, hecha con mordacidad, mala uva y un punto de cinismo, es lo que mueve un relato caricaturesco y delirante que juega con el trampantojo y el lenguaje cinematográfico- aunque en realidad sea teatral futurista- y ofrece un pintoresco espectáculo con un histórico Tom Cruise como maestro de ceremonias y protagonista. Ecos de Wes Anderson, Monty Python (y especialmente la obra de Terry Gillian), el Stanley Kubrick de Dr. Starngelove, y los cómics de la revista Mad se perciben en una divertida e inteligente película que precisa de bastante comprensión y un tanto de paciencia por parte del espectador ya que su bizarro look comiquero (explicado por el contexto peculiar de la historia) y lo exagerado de muchas situaciones puede resultar una extravagancia no muy fácil de digerir, pero una vez uno se introduce en la historia, es muy disfrutable.
El personaje de Digger Rockwell, interpretado por un Cruise que hace una actuación en un doble papel entonada y meritoria -un desdoblamiento en personalidades contrapuestas con su miga narrativa- es una especie de arquitepico-paradigma satírico de la figura magnate de multinacionales actual, presentado aquí como el ridículo y desagradable dueño de una petrolífera que se presenta como el hombre más poderoso del mundo. Un incidente con muertos en una de sus extracciones en Groenlandia con el desprendimiento consiguiente de un colosal iceberg cuya deriva amenaza a Europa le pone en jaque a él, a su compañía, a todo el mundo empresarial internacional y al gobierno de EEUU, todos buscando soluciones como pollos sin cabeza y originando discusiones y altercados en sus reuniones con un Digger que se obsesiona en salir victorioso sea cual sea el resultado de la peligrosa amenaza y de un presidente norteamericano aplicando ridículas fórmulas de soluciones al problema y sus consecuencias que por muy disparatadas que parezcan por desgracia casi se ajustan a la realidad de la política exterior norteamericana. Si, un mexicano parece atreverse a sacarle los colores a Estados Unidos y el capitalismo rampante que vivimos, en realidad no es una crítica total ni demasiado atrevida, pero se agradecen esfuerzos así en plena era Trump.
Los escenarios y decorados intencionadamente teatrales con una parafernalia recargada de regusto manierista y la tenue fotografía con maquillajes, caracterizaciones y vestuarios que rozan o caen directamente en la caricatura nos indican que estamos antre un grandguiñol que se confirma ya casi al principio de la película cuando ya somos advertidos de lo que estamos estamos viendo en realidad y que el Digger que vemos podría no ser el real aunque la historia haya sido verdadera. Mención aparte merecen las interpretaciones de la alemana Sandra Hüller (Anatomía de una caida) como la hermana del protagonista, también empresaria, y de John Goodman como un incompetente presidente de USA dentro de una curiosa galería de personajes. El greenwashing de las multinacionales, el cambio climático, la inutilidad de muchos organismos internacionales o el poder del capitalismo más salvaje se dan cita en un filme divertido y ácido hecho con originalidad por uno de los mejores y más arriesgados directores vivos aunque en esta ocasión no haya estado tan brillante








