martes, agosto 07, 2018

HAPPY END


                  

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El veterano Michael Haneke sigue queriendo demostrar que está en buena forma aunque en esta ocasión y tras una ristra de buenos filmes ofrezca una película simplemente aceptable e irregular en su apuesta. De nuevo con el drama social de tintes casi negros por bandera, con un tono de crítica aún mordaz pero demasiado obvio y vago y con un pesimismo antropológico que en esta ocasión carece de la inspiración de otras ocasiones, el director austriaco afincado en Francia no llega a sorprender como en otras ocasiones pero seguramente convencerá a sus seguidores más fieles con una película que trata de limar su tono amargo con insertos de comedia dudosamente oportunos. Isabelle Huppert de nuevo se encuentra en el reparto de un film de Haneke repitiendo una vez más su papel de mujer ambiciosa, fría y pelín desagradable en el que el director austriaco se empeña en encasillarla.

Aunque el filme toca temas tan tremendos como el odio familiar, el suicidio o la angustia de los menores ante el mundo de los adultos, la crudeza siempre asociada a Michael Haneke aquí se encuentra con un punto de dulcificación que hace que muchas veces se caiga en lo estrambótico, no obstante algún momento puntual (la paliza en un portal, la bizarra sesión de karaoke, el no audible diálogo del anciano de la familia con un grupo de inmigrantes africanos) nos recupera al mejor Haneke. Son la hipocresía en las relaciones familiares y la prepotencia de las clases más favorecidas los temas de este filme en donde se recurre a la cultura de las nuevas tecnologías de la comunicación (teléfono móvil, chat de Internet) como vehículo en algunas ocasiones tanto para mostrar imágenes y momentos más o menos significativos como para realizar una metáfora de la vacuidad impostada en las relaciones contemporáneas. Son los ojos de una niña de 12 años, Eve (Fantine Harduin) los que ven la decadencia de una rica familia de la Costa Azul cuando su padre, Thomas (Mathieu Kassovitz) la lleva a vivir con el y con el resto de los Laurent en su lujosa mansión familiar de millonarios tras la hospitalización de su madre, la primera esposa de Thomas. Eve, ante el desconocimiento de todos, intentó matar a su odiada madre con pastillas y el nuevo panorama vital que se le presenta es totalmente desalentador con una familia codiciosa y malamente relacionada en donde su tia Anne (Huppert) parece cortar todo el bacalao del clan además de la empresa de construcción de la que al familia es propietaria y que se enfrenta a una situación bien embarazosa. El veterano Jean-Lois Trintignat, como el desconcertarte patriarca de los Laurent (el personaje más significativo del filme), Franz Rogowski como Pierre el hijo rebelde de Anne y el norteamericano Toby Jones como el abogado y prometido de esta completan un reparto eficaz en una película que pese a puntuales momentos excelsos va perdiendo fuelle conforme avanza.