lunes, julio 19, 2010

El aparatito de Lumiere - GAINSBOURG, VIDA DE UN HÉROE (GAINSBOROUGH (VIE HÉROÏQUE) )


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Esta película es un ejemplo de lo gratificante que resulta que las biografías cinematográficas que últimamente están llegando a las pantallas no se conformen con ser simples crónicas de la vida del personaje en cuestión y sean en muchos casos ejercicios de estilo y narrativos tan brillantes y originales como este. Muchos cineastas, como en este caso el director y dibujante de cómics francés Joann Sfar, están tomado nota de lo enormemente rico que resulta dar un enfoque entre irónico, poético, simbólico y a veces caricaturesco del personaje biografiado, y si el sujeto en cuestión es un personaje tan significativo, complejo y apasionante como Serge Gainsbourg (1928-1991), músico, compositor, cantante, pintor, director de cine y actor francés, entonces el resultado puede ser un filme sencillamente deslumbrante, como lo es Gainsbourg, vida de un héroe.


La figura y la vida de Gainsbourg la verdad es que son demasiado complejas para poder hacer un largometraje en donde se recojan la mayor parte de sus momentos significativos, por lo que este filme ha optado por un recorrido si bien lineal y meticuloso, muy rápido, condensado y en cierto modo inteligentemente tramposo. No solo se utiliza un buen número de artificios y momentos claramente dramatizados de manera impostada, sino que se recurre a la caricatura, la sátira y la complicidad con el espectador, con el fin de configurar un fresco bastante surrealista y bizarro que triunfa cuando trata de mostrar el peculiar universo de Gainsbourg y todo lo que le rodeaba (las personas con quien trató, su carrera, su peculiar filosofía sobre el amor y el sexo y sobre todo, la creación de su propia persona/personaje). Serge Gainsbourg, rebelde sin causa, genio y figura, fue (y sigue siendo) un personaje clave en la historia de la cultura francesa: de origen judío, vivió una infancia mercada por la ocupación nazi en Francia y por los deseos de agradar a su familia al convertirse en artista. Un niño precoz que en un entorno caótico devino en un artista bohemio (pianista de bar, pintor de poca monta y compositor de canciones de cabaret) pero que con el paso del tiempos en convertirá en el compositor de “música ligera” mas reputado en lengua francesa, evolucionando desde la chanson y el jazz en los 50 hasta el pop ye-ye y el rock psicodélico en los 60, para en las décadas de los 70 y 80 cultivar cosas tan variadas como el hard rock, el rock progresivo, el reagge, o el tecno pop. En el camino, multitud de mujeres (las más bellas y casi siempre mucho más jóvenes que él), problemas de salud ocasionados por su excesivo consumo de alcohol y tabaco, mucha pasta ganada, muchos escándalos sociales, políticos y sexuales, y una incapacidad manifiesta para llevar las riendas de su vida personal y de su desordenado, dejado y rebelde carácter. Todo ello aparece muy bien reflejado en esta película, con un Eric Elmosino sencillamente enorme en el papel del músico, con el que guarda un extraordinario parecido.


Escorada irremediablemente a lo simbólico, la película resulta toda una delicia desde el momento en que se nos deja claro que no hay género donde clasificarla y que está en el espectador el degustarla, interpretarla y “recomponerla” a su antojo. El drama, la comedia, el surrealismo, el romance, y por supuesto, el musical (se oye casi una veintena de temas del compositor, total o parcialmente) se dan cita en lo que es en realidad un filme coral presidido por la dual figura del Gainsbourg dubitativo y débil y su otro yo, su conciencia maligna representada por un grotesco muñecote caricaturesco, interpretado por el especialista en caracterizaciones aparatosas Doug Jones (Hellboy, El Laberinto del Fauno). Por la película desfilan los personajes de Juliette Greco (Anna Mouglaglis), France Gall, una de las célebres lolitas cantarinas de Gainsbourg (Sara Foriester), el escritor y músico Boris Vian (Philippe Katerine), su gran amor Jane Birkin (Lucy Gordon, que se suicidó antes del estreno y a ella va dedicada la película) y la mismísima Brigitte Bardot, encarnada con credibilidad y sentido del humor por otro icono erótico francés, Laetitia Casta. Otros puntos fuertes: una lograda ambientación en diferentes épocas (de 1940 hasta finales de los 80), un persistente clima de cuento o de cómic conseguido por su estética manierista e irreal y un atmósfera en ocasiones tan sensual como lo fue gran parte de su música. Hay grandes momentos como la polémica presentación de la versión reagge de La Marsellesa o el proceso de creación de su canción más célebre J´te aime…moi non plus, que como era de esperar tiene su momento crucial en la película. Un trabajo excelente que por desgracia corre el peligro de pasar fugazmente por nuestras pantallas.


domingo, julio 18, 2010

EL CORMORÁN


Un nuevo relato de ficción.



Fue en un día de mayo -un sábado por la mañana- cuando lo encontré. Yo estaba practicando footing por el paseo cerca de la playa en aquel momento desierta y decidí adentrarme en ella con la idea de llegar corriendo hasta la orilla del mar y acto seguido inaugurar un pequeño descanso. Le avisté unos seis metros a mi izquierda, casi varado en la orilla, tratando en vano de levantarse y con su ala derecha prácticamente tumbada contacto con la arena. Al principio, no supe exactamente lo que era, un animal, eso estaba claro, pero hasta que no me fijé mejor no me di cuenta que se trataba de un pájaro. Su color oscuro delataba que no se trataba de una gaviota y a medida que me acercaba al ave supuestamente herida fui apreciando su gran tamaño, su fuerte color verdoso y el hecho de que tenía su ala derecha inutilizada. Se trataba de un cormorán moñudo.


Al llegar a el me di cuenta de que su ala estaba mas grave de lo que me había parecido al principio. El ave retrocedía cuando trataba de acercarme a ella para comprobar en que estado se encontraba. Pude ver que su ala estaba casi rota, pero no parecía tener ningún otro problema de gravedad más que un enorme cansancio y la pérdida de alguna pluma. El cormorán habría hecho un aterrizaje forzoso haría relativamente poco tiempo, tal vez no más veinte minutos. Yo no sabía como se había hecho la herida y tampoco sabía que hacer con el enorme pajarraco marino en cuestión. Estaba claro que lo tenía que ver un veterinario. Mi casa no estaba cerca de la playa precisamente y tampoco tenía cerca el coche, por lo que llamé por el teléfono móvil a un amigo para cargar con el pájaro y llevarlo a mi casa, el primer lugar que se me pasó por la cabeza en donde el cormorán podría estar seguro y a salvo antes de que recibiera la adecuada atención. Aquel pájaro desprendía una mezcla de respeto y de compasión, respeto por su imponente aspecto (mediría unos 70 centímetros) y su bella estampa realzada por esas enormes alas que abiertas parecían las de un ave fénix, y compasión por el estado de indefensión en el cual se encontraba. Un ave que no puede volar ya no es más un ave, su existencia en ese estado no tiene razón alguna.


Mi amigo no entendió por que quise llevarme el cormorán a mi casa en lugar de llamar a las autoridades pertinentes dedicadas a la conservación de la avifauna. Yo quise tener durante al menos un día a aquel cormorán moñudo. Le dispuse una enorme palangana en donde pasaría el principio de su convalecencia. Había que alimentarle, y dado que la dieta de los cormoranes se constituye de peces, me ví en la obligación de proveerle de pedazos de pescado. Durante aquel sábado, me dediqué a observar al majestuoso pájaro marino, preguntándome si algún día volvería a volar. Yo mismo me respondía a esa pregunta: por supuesto que sí. Aquel día, gris, nublado y que al final de la jornada terminó con lloviznas, me lo pasé leyendo, viendo a ratos la tele y vigilando a mi nuevo inquilino de vez en cuando. Les llamé a mis amigos diciéndoles que no iba a salir y sin necesidad de decirles ninguna mentira, pues para mi era un honor tener a aquella criatura a mi cuidado. Yo ya llevaba tiempo viviendo solo, en aquel pequeño piso que mi sudor me costó encontrarlo. No había ninguna mujer en mi vida, y me preguntaba si tras una larga ristra de fracasos amorosos en el futuro la habría. Con treintaitantos años, con mis amigos con su vida hecha y mi familia viviendo en otra ciudad, mi situación, en realidad, rozaba más la soledad que otra cosa, pero eso es algo que casi nadie en una situación parecida quiere llegar a admitir.


Al día siguiente, por la mañana, me dediqué a anotar en un pequeño cuaderno todo lo que hacía el cormorán. Siempre me gustaron los animales y siempre soñé con estudiarlos a mi manera. En realidad, aquel pájaro no podía hacer mucho mas que comer, moverse, tratar de desplegar sus alas de vez en cuando (incluida su ala maltrecha) y observarme a mí, o al menos a mi eso me parecía. Por la tarde, el amigo que me ayudó a llevar al cormorán a casa me llamó: se había tomado la molestia de llamar a un veterinario, cosa que yo no había hecho. Vendría el lunes por la tarde.


Yo no había dicho nada a mis vecinos, pero estaba claro que se iban a enterar de un momento a otro. Aquel día por la noche dormí intranquilo, mi conciencia me reprochaba el no haber avisado a nadie del hallazgo de un cormorán herido en la costa. Es raro encontrar este tipo de aves en las inmediaciones de la línea costera, salvo que, como mi cormorán, se encuentren heridas. También me puse a pensar aquella noche que ocurriría si no pudiese volar nunca más; su futuro estaría entonces en un centro de recuperación de aves o de animales heridos, en calidad de inquilino a perpetuidad. Pero, no, no debía pensar en eso. El lunes por la mañana me fui a trabajar tranquilo, había rescatado del desordenado trastero una gran jaula que en su día fue propiedad de mis tíos y que albergó a un nutrido y numeroso grupo de aves cantoras. Allí metí al cormorán, a sabiendas no obstante de que no era el mejor sitio para él ya que le quedaba pelín angosta su pequeña prisión provisional. Tenía miedo de que se hiriese al tratar de levantarse y sobre todo al extender las alas, ya que la jaula no era lo suficientemente grande- y mira que lo era como para albergar el más de un metro de envergadura de sus verde alas. Cuando volví del tajo por la tarde observé tranquilo que mi amiguito se encontraba perfectamente. A las seis de la tarde esperaba la visita del veterinario.



No habían pasado más de diez minutos de la hora 18 cuando el timbre sonó. Ante mi puerta llegó la veterinaria, una joven más o menos de mi edad, unos dos o tres años más joven. Su pelo era moreno y corto, tenía unos ojos grandes y de color marrón muy claro e iba vestida con pantalón y blusa azules. Lo que más me llamó la atención era su sonrisa enorme cuando abrí la puerta, una sonrisa un tanto tímida, nerviosa y formal pero muy agradable. Su rostro me era algo familiar, pero pensé que simplemente se pareciese a alguien que yo conocía. Cuando entro en casa no pude hacer otra cosa que seguirla con la mirada, mientras la acompañaba a la cocina, donde se encontraba el cormorán enjaulado. Cuando llegó ante él, su semblante pareció iluminarse, para ella resultaba enormemente emotivo encontrarse con un ave marina de este tipo tan cerca:

- Vaya, que ejemplar…y dices que lo encontraste en la playa. ¿Cómo es que no avisaste antes?

- No pensé que estuviste grave. De hecho pensé que lo podía curar yo.


La veterinaria cambió de expresión y se puso relativamente seria. En realidad no le dije ninguna mentira, ya que había tratado de ponerle mercromina en el ala puesto que tenía algunas zonas con lo que a mi me parecía que eran heridas. Ella me miró con una mezcla de enfado e incredulidad y me pidió que le ayudase a sacar el cormorán de la jaula. Mientras lo estuvo examinando, vi que aquella simpatía que me mostró fugazmente -y muy posiblemente solo por cortesía- al abrirle la puerta, se desvanecía. Me empezó a parecer una mujer un tanto fría, borde y demasiado preocupada y estresada por sus circunstancias como para mostrar cierto atisbo de amabilidad conmigo. Pronto me di cuanta de las absurdas ilusiones que me había hecho en tan solo unos segundos.


- Me voy a tener que llevar a este cormorán a mi centro veterinario- dijo la veterinaria- Tiene el ala rota, probablemente por la acción de las redes de algún barco pesquero, mientras estaba nadando.

- ¿Crees que volverá a volar?

- Esperemos que sí- suspiró ella con preocupación

Miré a cormorán con tristeza. La veterinaria me explicó que el cartílago del ala debía soldarse colocándole un apósito. No obstante, ella temía que estos dos días de atenciones de un aficionado se le hubiese empeorado el ala. En cuanto dijo esto el cormorán alzó su enorme cuello y, en la mesa de la cocina, mostró con el ala izquierda abierta, erguido, toda su majestuosidad. Los dos le miramos silenciosos y emocionados. Yo sentía envidia de aquel animal y de su facultad de volar, pero también tenía miedo que por mi culpa ya no pudiese hacer tal cosa. Eso era casi como haberlo condenado a al muerte.

- Tu no te preocupes - dijo ella- en unos quince días estará como nuevo- y dicho esto volvió a mostrarme aquella enorme sonrisa del principio.


Bajamos al pájaro a al furgoneta de al clínica veterinaria que nos estaba esperando, con un compañero de la chica al volante. Allí el cormorán fue introducido en otra jaula.

- Muchas gracias, ya siento no haber avisado antes…tienes mi teléfono, mantenme informado. Por cierto, ¿tu Nombre?

- Laura, ¡pero si te lo he dicho antes!- y rió.

Nos despedimos. El cormorán partía hacia su salvación.



Yo sabía que el cormorán estaba en buenas manos y por ello intenté no preocuparme durante varios días. A los dos días Laura me llamó y me dijo que ya le había colocado el apósito, pero que era posible que el pájaro hubiese quedado tocado, aunque no era culpa mía, ya que la rotura en sí era bastante aparatosa. Le pedía si podía ir a la clínica veterinaria a verle y ella me dijo que eso lo veía difícil, pero que haríamos una cosa: podía verlo cuando al día siguiente con al consulta ya cerrada. Ella me dijo que eso no era algo que estuviese bien, pero que conmigo- y sin que se enterase ninguno de sus compañeros- iba a hacer una excepción. Al día siguiente, me presenté a la consulta al atardecer. Laura me recibió entre alegre y cómplice y me llevó a la jaula del ave. El cormorán parecía que tenía el ala levemente inmóvil, como escayolada.

- No se si podrá a volver a volar bien - dijo Laura- estas roturas son difíciles. Suerte que lo encontraste.

- Bueno, si no hubiese sido yo otra persona lo hubiese encontrado, aunque a decir verdad en un día nublado y casi en el extremo de la playa…

Volvimos a quedarnos mirando al cormorán moñudo. No había mucho más que hacer en aquel momento ni de que decir sobre el destino del pájaro. Entonces se me ocurrió invitar a Laura a tomar algo.


Laura me contó que estaba separada desde hacia un año. Su matrimonio solo duró año y medio. No tenía críos y tenía escasas amistades, pero su trabajo le apasionaba y ocupaba gran parte de su tiempo. Siempre el gustaron los animales y siempre soñó con curarlos, salvarlos, de volverles a la vida si era preciso. Jamás había tratado a un ave salvaje marina, por lo que ese caso era especial para ella, además de por el hecho de que su padre era un reputado biólogo y profesor universitario especializado en fauna marina que le transmitió apasionadamente su amor por el mar y sus criaturas. Ella siempre soñó en vivir en una localidad costera, y de hecho su año de matrimonio lo pasó en mi mismo pueblo: su marido y ella se hicieron con un chalet cerca de la costa con vistas al mar. Entonces fue cuando supe que casi con toda seguridad ya había visto a Laura algún día por la calle, en algún bar, en el parque, paseando. Noté tristeza cuando me contaba lo sola que se sentía a veces. No pude soportar la visión de sus bellos ojos llenándose de unas lágrimas que ella trataba de contener con todas sus fuerzas, y entonces decidía cambiar de conversación.

- Tenemos que salvar al cormorán – dije.

Laura, tras permanecer en silencio unos instantes, comenzó a mostrar una extraña inquietud.

- No se por que te he contado esto. Me gusta rumiarme mis cosas yo sola. Te tengo que dejar…y será mejor que solo nos vemos solo para lo que tenga que ver con el pájaro, ¿de acuerdo?

Yo me quedé inmóvil y confuso. Habíamos pasado cerca de hora y media muy agradable en al terraza de un bar viendo anochecer, lanzándonos miradas luminosas, regalándonos sonrisas y contándonos cosas de esas de las que esperas no arrepentirte nunca de haberlas dicho. Había sido una tarde genial, muy agradable, que ahora se truncaba inesperadamente de cuajo. No tuve más remedio que acceder a su petición, y los dos nos despedimos.


Pasé una semana muy inquieta. No podía dejar de pensar en Laura y en su expresión de tristeza en los últimos minutos en que estuvimos juntos. Tardé tres días en volver a hablar con ella, por teléfono, y me comunicó que el cormorán progresaba adecuadamente y que creía que en cuatro o cinco días estaría listo para volver a volar, aunque temía que ya no pudiese recuperar su vuelo normal. Esto me lo dijo en un tono entre triste y temeroso; no parecía que tuviese ninguna acritud conmigo, pero no mostraba tener excesivas ganas de hablar. Me había dado cuenta que había perdido el tiempo pensando en una mujer que no quería nada conmigo, y entonces decidí no volver a pensar en ella. Fue así cuando me empecé a preocupar más por el cormorán, y me dediqué a buscar y leer información sobre estas aves en libros, en internet. Me sentía con la responsabilidad de ayudarle, y me di cuenta tal vez hubiese debido llevarle a un veterinario antes. Habían pasado ya cinco días desde mi último encuentro con Laura cuando una tarde, al volver a sentirme solo, me volví a acordar en ella.


Estaba claro que Laura era como yo, un ser al que las cosas no le habían ido demasiado bien. Fui recordando las cosas que me había contado aquella tarde-noche, lo de la casa que compró junto con su ahora ex marido aquí en el pueblo, casa que no fui capaz de hallar su ubicación cuando me lo contó, pero justo en ese momento caí en la cuenta: se trataba de un chalet a casi un kilómetro del centro de la localidad, cerca de la costa y con unas hermosas vistas al mar, una casa que ahora se encontraba en venta. Pocos minutos después de recordar aquello, recibí una llamada, era ella, me dijo que el cormorán ya estaba casi recuperado, pero que esto estaba yendo algo lento. Su voz ahora era más alegre y risueña, pero no parecía expresar más que alegría por el más que posible feliz destino de nuestro cormorán, no se podía decir que su felicidad procediese del hecho de estar hablando conmigo en ese momento. Quise aprovechar aquel momento más o menos feliz para decirle algo así como a ver si nos vemos pronto, pero colgó antes que yo pudiera articular la primera sílaba de la frase. Aquella llamada, pese a todo, había encendido en mí esperanzas. En los dos días siguientes, le mandé algunos emails sobre cosas que había leído relacionadas con al recuperación de aves marinas heridas, pero no me atrevía a escribirle algo personal. Ella me contestó el segundo mensaje: me dijo que el cormorán estaba ya listo para volar y que estaban decididos a soltarle ya, pero que quería que yo estuviese en ese momento y que le dijese en que momento me venía bien a mi quedar para tal acontecimiento. Era un viernes, yo le dije que el al día siguiente.


Esa misma tarde yo había quedado con un amigo y le pregunté si conoció o se acordaba de los ausentes ocupantes de aquella casa mirando al mar. Él me dijo que sí, que era un matrimonio de nuestra edad que estuvo viviendo allí poco más de un año y que yo tenía que conocerlos de vista pues se dejaban ver por la zona y la familia de ella era originaria del pueblo. Me contó que el chalet era propiedad del los padres de Laura, él un profesor de Biología que había dado clases a su prima y que hacía unos años había estado estudiando el regreso de poblaciones de cormoranes por la zona una vez el problema de la contaminación había desaparecido de la costa. De hecho, la pareja parece ser que había rebautizado a la casa familiar como El Cormorán. Mi amigo me recordó además que una vez les vimos a los dos, manteniendo una agria discusión en mitad de la calle en la cual él, ante la aterrada sorpresa de la gente que por allí pasaba, la llegó a empujar a ella contra un coche. De pronto recordé aquella escena, que contemplé hace algo más de un año, en la cual una chica morena cayó violentamente de espaldas contra un coche y arrancó a llorar mientras su novio le profería gritos ininteligibles. También recordé como todo el mundo se quedó inmóvil sin hacer nada, y como la chica abandonó la escena apresuradamente y bañada en lágrimas, momento en cual la gente comenzó a increpar tímidamente al chico. Yo no fui capaz de actuar cuando él empujo a aquella chica morena y después intentó hacerlo de nuevo, cuando esta, temblando y gimiendo, trataba de reincorporarse. Yo recordaba haber sentido asco ante tal desagradable escena, y una infinita rabia ante aquella exhibición de prepotencia y fuerza animal que claramente estaba hiriendo a una persona, e incluso llegué a pensar en seguir a aquella chica que salió corriendo y tratar de consolarla, de darla cariño…pero pensé que aquel no era asunto mío.


Mi amigo me contó también que la pareja se había ido a vivir a diferentes ciudades cada uno y que ahora la casa estaba en venta. Aquella noche solo podía pensar en Laura y en aquel momento de sufrimiento que vivió. O quien sabe si hubo algunos momentos similares anteriormente. Yo hacía bastante tiempo, mucho tiempo, que no tenía ninguna relación y ya casi había perdido toda esperanza. Ella en realidad no deseaba tener, al menos durante un tiempo, más relaciones, no quería que nadie le volviese a hacer daño. Yo me preguntaba porque ella creía que yo también podía hacerla daño, y me di cuenta que desconfiaba de alguien que no supiese cuidar bien a un ser vivo herido. Pero, que diablos, yo intenté cuidar al cormorán lo mejor que podía, eso ella lo tenía que haber visto. Además, yo no era como ella, alguien con el don de poder devolver el vuelo a las aves.


Eran más de las tres de la mañana cuando esos pensamientos me carcomían la conciencia. Decidí levantarme y mandarle un mail. Quería que supiese lo mucho que me importaba y como una vez llegué a compartir fugazmente un momento de su propio sufrimiento. Yo quería que ella también supiese la angustia que pasé por el destino del cormorán y mi felicidad al saber que estaba ya recuperado, gracias a nosotros. Éramos sin duda dos seres parejos, heridos, ella por su desgraciada relación anterior y yo por un drama familiar con padres divorciados y cierta ausencia puntual de cariño. Ahora los dos estábamos viviendo por circunstancias una situación de soledad que temíamos que se hiciese eterna. Le mandé el mensaje, en donde no me atreví a finalizarlo con una frase que desde hacía tiempo esta tatuada en mi corazón. Decidí no volverme a la cama, y permanecí en la silla de mi escritorio dando cabezadas. Serían las tres y media cuando recibí el mensaje de respuesta de Laura y por arte de magia volvía a la más total de las vigilias. Comenzaba “menos mal que encontraste al cormorán, si no hubiese muerto. Gracias”. El resto del mensaje lo leí con una total felicidad y lágrimas en los ojos. Poco después de concluir su lectura, caí dormido sobre la mesa.


Llegó el sábado. Había quedado con Laura y otros veterinarios en un mirador frente a la costa que se encontraba sobre unos hermosos acantilados, no muy lejos de la casa El Cormorán, el antiguo hogar de Laura que desde hacía un tiempo a ella le parecía un sitio maldito. Eran las siete de la tarde en un soleado día de junio, yo llegué con mi coche al mirador y le ví a ella mirando hacia el mar con los brazos apoyados en el pequeño muro de piedra, a su izquierda estaba la jaula con el cormorán, colocada sobre el muro. A algunos metros se encontraba la furgoneta de la cínica, con dos compañeros de Laura apoyados en ella y mirándome con complicidad y media sonrisa a medida que yo me aproximaba a ella. La toqué el hombro y ella volvió la cabeza. Su sonrisa era la más dulce que le había visto desde que la conocí. No me había dado cuenta de los dulces y expresivos que eran sus ojos hasta ese momento.


Los rayos del sol se iban atenuando y el día iba a adentrarse pronto en su ocaso. Abrimos la jaula del cormorán y lo sacamos los dos con nuestras manos. Laura, ofreciendo al pájaro un pequeño arenque, se las ingenió para que el gran cormorán moñudo se posase sobre mi brazo. Sujeté su cuerpo con la otra mano, intentando aguantar su peso e intenté subir y extender el brazo hacia lo alto, de cara al mar. El cormorán parecía ahora mucho más hermoso, todo un rey verde, un señor de la mar y del aire listo para volver a sus dominios. Natalia lo acariciaba y sonreía y yo le puse el arenque ante su pico, al cual atrapó con rapidez. Observé maravillado la hermosa ave, que ahora extendía sus enormes alas oscuras que casi eclipsaban el sol que calentaba aquel punto en la costa. La tenue luz solar rojiza del atardecer iluminaba al cormorán, que miraba al horizonte. Laura y yo estábamos emocionados sin poder articular palabra. En un instante, el cormorán volvió a desplegar las alas y lanzó un graznido, yo extendí el brazo todo lo que pude y la gran ave marina despego sus patas de mi brazo y se alzó hacia los cielos. Vimos alejarse al cormorán, que cada vez tomaba más y más altura mientras que su imagen se hacía más pequeña. Cuando el cormorán hubo desaparecido, Laura y yo nos abrazamos, nos besamos y comprendimos que todo había merecido la pena.


martes, julio 13, 2010

El aparatito de Lumiere - LA VIDA PRIVADA DE PIPPA LEE (THE PRIVATE LIVES OF PIPPA LEE)


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Una comedia dramática que se mueve entre los registros de lo comercial y lo independiente y que pese a tener sus atractivos (un reparto rutilante y eficaz, principalmente), no consigue ser una buena película. Dirigida por la directora y escritora Rebecca Miller, quien plasma en imágenes su propia novela, nos cuenta la historia de Pippa Lee (Robin Wright Penn) un ama de casa cuarentona casada con Herb (Alan Arkin) un editor jubilado 30 años mayor que ella. Pippa ha llegado un punto en su vida en el cual se da cuenta que todo lo que ha hecho no ha tenido ninguna recompensa y que su pasado, especialmente condicionado por la figura de una madre excéntrica y desequilibrada (María Bello), no era el mejor punto de arranque para la vida rebelde y de éxito transgresor con la que soñaba en su juventud. Este punto de partida promete al principio, pero la película termina perdiéndose en subtramas fallidas y puntos de conexión argumentales muy débiles. Existen dos contextos argumentales principales, pero ninguno esta ni clara ni atractivamente expuesto, por un lado la rebeldía de una mujer madura contra si misma y sus extrañas circunstancias, y por el otro la crónica un tanto amarga de un fracaso personal que quiere ser redimido. Y al final, uno se queda preguntándose “vale, ¿y entonces…?”


No hay obviar, sin embargo, buenos momentos en donde es fácil identificarse y encariñarse con los personajes y en donde un tono amable y ácidamente irónico hace más digerible una historia mas bien dramática. Todo ello se consigue gracias a unas excelentes interpretaciones encabezadas por Robin Wright en su mejor interpretación hasta la fecha (que lejanos aquellos días en que era La Princesa Prometida) y el veterano Alan Arkin, en su segunda juventud profesional desde hace unos años tras haber recibido el oscar a mejora actor secundario. También intervienen Winona Ryder, Julianne Moore, Monica Bellucci, y Keanu Reeves quien interpreta con convicción al despechado vecino (y amante) de la protagonista, pese a que resulta un tanto absurdo que a sus 46 años le traten de hacer pasar por un tío de 35. Una película que podía haber dado mucho más de sí.


lunes, julio 12, 2010

EL PARQUE DE ATRACCIONES DE VIZCAYA 1974-1990 - COMPENDIO DE MEMORIAS ARQUEOLÓGICAS ( y III): PRUEBAS DE QUE EXISTIÓ (LAS FOTOS)

Una panorámica del PAV con sus pirámides, su noria, su Montaña Rusa, una niña de mediados de los 80 y unas horrorosas barandillas multicolor


El Apolo



La Montaña Rusa, a finales de los 70. Obsérvese el aldeano de la izquierda


El Tren Fantasma, con la decoración de sus útimos años (esto sería con el parque cerrado, supongo, normalmnete había unas colas del copón)



Jaulas del minizoo



Impagable estampa setentera de las minimotos



La casa encantada a principios de los 80 con licántrópica decoración, que a finales de la década se cambió por otra mas gore y sanguinolenta (verídico: aún se conserva)



Kart infantil con pequeña aprendiz de Penélope Lamour



Leones en el zoo



El Enterprise




Haciendo florituras en las camas elásticas



La casa Magnética y los Autos de Choque


Estas fotografías han sido recogidas de diversas webs en donde se solicitaban fotografías antiguas del PAV, colgadas en FLICKR. Al final, no ha sido tan dificil encontrar memoria gráfica del parque


lunes, julio 05, 2010

El aparatito de Lumiere - VINCERE

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Un más que sugerente filme histórico que con una relativa y premeditada parquedad de medios expresivos y descriptivos es capaz de contar una más que convincente historia de una manera eficaz e inteligente. Este filme italiano esta centrado en la figura de Ira Dalser, la esposa secreta en su juventud de uno de los personajes más odiosos del siglo XX, Benito Mussolini, al cual le dio un hijo. Al casarse después Mussolini por lo civil con Rachele Guidi, con la que mantenía relaciones desde 1910 (sin tener conocimiento de ello Ira Dalser), tanto la “segunda esposa” como el hijo nunca fueron reconocidos por el dictador, y una vez este llega al poder ambos son aislados en Trento y finalmente Ira- que trató en afanosamente pero en vano que tanto su situación como la de su hijo saliesen a la luz pública- será declarada loca e ingresada en un manicomio. Dos personajes, el de Dasler (Giovana Mezzogiorno) y el del joven Mussolini (Filippo Timi, que también interpreta a Benito Albino, el hijo del Duce, en la edad adulta) son los únicos de verdadero peso en esta película que se mueve entre el rigor histórico y lo alegórico, esto último desde una vertiente tan crítica e ingeniosa como extravagante. El resultado, un excelente filme tan emotivo como extraño.


Una lucha imposible y perdída de antemano: esto es lo que cuenta esta película, el sufrimiento de una mujer a la que la siniestra maquinaria de un estado totalitario trata de borrar y de silenciar inventándose para ella una cruel e impostada realidad virtual. Es en la segunda parte del filme donde el personaje de Dalser, excelentemente compuesto por Giovana Mezzogiorno, se adueña de la película y el espectador termina identificándose realmente con esta mujer y su sufrimiento, mostrado en el filme sin tremendismo y sin artificiosidad dramática pero de manera directa y clara. Curiosamente en este segundo acto, el personaje del Mussolini interpretado por Timi, ya gobernando Italia, desaparece y las imágenes que vemos del dictador son imágenes reales de archivo; hasta ese momento, Filippo Timi ofrece un auténtico recital interpretativo que muestra muy bien el devenir personal, ideológico y político de tan nefasto personaje (socialista en sus comienzos, por increíble que parezca), así como el rasgo que más se trata de destacar en esta película: su total e irreversible egoísmo.


Al margen de la oportunidad o no de juegos simbólicos (que a veces rozan el esperpento) o la constante presencia de recursos documentales un tanto “artys”, Vincere es una sólida película que yendo más allá de la biografía y de la crónica histórica, sabe retratar perfectamente todo el caos y la confusión social y moral de un país en una época funesta de su historia, creando un espectáculo narrativo que, la verdad, impone lo suyo.



domingo, julio 04, 2010

EL PARQUE DE ATRACCIONES DE VIZCAYA 1974-1990 - COMPENDIO DE MEMORIAS ARQUEOLÓGICAS (y II): RECUERDOS DE LAS ATRACCIONES




Todo el que haya visitado el Parque de Atracciones de Vizcaya más de una vez durante los 16 años de existencia del recinto situado en las alturas del monte Artxanda (o el Avril, o el Ganguren, en realidad nadie parecía saber el lugar a ciencia cierta) tiene un recuerdo más o menos nítido de todo lo que allí había, dependiendo, claro está, de la edad con la que se contase en aquellas visitas. Servidor, que tenía a penas unos meses cuando el parque se inauguró, disfrutó de unas cuatro o cinco estancias en el PAV, la primera en verano de 1976, y la última 10 años después, en verano de 1986 y con el parque ya en declive. Ciertamente, poco se había renovado el PAV en 10 años más que por la inclusión de algunas atracciones nuevas (las más adrenaliníticas como el Enterprise, aunque a años luz de otras mucho más kamikazes que empezaba a haber en otros parques de Europa) - ya que el espacio del recinto era muy limitado,- y la renovación en la decoración de otras; en todo caso, más o menos el 70% de las atracciones a finales de los 80 ya estaban en el PAV desde su apertura en 1974. Es por ello, que la memoria y los recuerdos sobre el parque de Atracciones se mantengan tan inalterables y claros con el paso del tiempo.


En este artículo me propongo hacer un intento de desordenado y apurado recuerdo de todo lo que uno se podía encontrar allí en un día de visita. Es una empresa más de esfuerzo de memoria que de cotejación gráfica, ya que las imágenes del parque en funcionamiento que uno puede encontrar se reducen a algunas escasas fotos familiares de recuerdo de aquellas inolvidables y divertidas jornadas. Por ello, es hora de poner a trabajar los archivos interiores del cerebro, ¡volvamos al Parque de Atracciones Vizcaya!


La automoción, en coche o en bus, era el único medio para llegar al PAV, en pleno monte y alejado del caso urbano bilbaíno y de cualquier otro atisbo de civilización en la Bizkaia de los 70 y 80. Tras una ardua escalada en el coche familiar y tras haber divisado en varias curvas y puntos estratégicos de la carretera el inconfundible paisaje del PAV (con su noria, sus pirámides, su montaña rusa, etc), lo cual producía el primer subidón de adrenalina en los corazones infantiles, pronto aparecían vallas publicitarias con la leyenda “El Parque de Atracciones de Vizcaya esta a x metros” (o algo así), y efectivamente, recorridos esos metros ya estaba uno ante las puertas metálicas del PAV. Allí junto a al entrada, un nuevo cartel con el Basajaun mascota del complejo te daba el Ongi Etorri (Bienvenidos) de rigor. En realidad, había dos entradas, la correspondiente al parque y sus instalaciones (incluido el mini zoo y el auditorio) y la de la piscina, cuya entrada, como dijimos en la primera parte de este monográfico, se pagaba a parte ya que la estancia en ella era independiente. No fui nunca a la piscina del PAV, por lo que nada puedo decir sobre sus cualidades, aunque recuerdo que era la piscina mas grande que jamás había visto, con una por entonces curiosa forma circular o oval.


El parking estaba a la entrada del parque, antes de llegar al zoo, y tenía una forma más o menos rectangular. Una vez aparcado el coche, lo primero que se visitaba era el pequeño y modesto pero coqueto Mini Zoo, a la entrada misma del PAV y algunos metros a la entrada de la zona de las atracciones. No era de “obligatorio cumplimiento” el visitar el zoo en primer lugar, pero su situación estratégica en el recinto invitaba a ello. El Zoo del PAV ocupaba una mediana porción al este del complejo, más allá había fincas y bosques no pertenecientes al recinto lúdico. Junto al límite este del Zoo y ejerciendo de separación con el recinto de atracciones se encontraba el auditorio-anfiteatro al aire libre de sillas de plástico azul, cuya estampa impresionaba, lleno tenía que ser la leche.


El Zoo tenía varias jaulas, algún foso, y al menos un par de estanques para animales, además de un edificio de extraña arquitectura (algo así como la revisión futurista de un templo sumerio con elementos del minimalismo del siglo XX, ver fotografía en el post primera parte de este monográfico) que albergaba acuario, aviario jaulas pequeñas, galerías con animales disecados, etc. En las jaulas hubo osos, tigres, pumas, lobos, linces, zorros, monos. También llegué a ver algún pingüino paseándose con un cuidador por el recinto del Zoo antes de sumergirse en el estanque. Según cuentan las crónicas, en los últimos tiempos del Zoo los bichos no requirieron de todas las atenciones necesarias, y lo cierto es que en la última visita que realicé allá por 1986 se les veía tristes y muertos de asco. En el edificio “polivalente” de Zoo (decorado en su fachada con dibujillos naïf semi cubistas de animales), lo que llamaba la atención la sección del acuario con varios pequeños tanques con animales marinos. También había allí, en el piso bajo (el edificio tenía dos o tres) jaulas con monos y algún pequeño mamífero. Ya en la segunda mitad de los 80, había una vitrina con varios animales disecados (supuestos antiguos inquilinos del Zoo que ya pasaron a mejor vida) conformando dramatizadas y estáticas escenas de la vida salvaje: recuerdo uno de esos “dioramas” disecados, el de un de un tigre “persiguiendo” a un mono. Parece ser que algunos de esos animales disecados una vez clausurado el PAV continuaron durante años y años en el recinto abandonado. Ciertamente, año tras año, el Minizoo del Parque iba perdiendo glamour y fuerza.


En una zona entre el auditorio, el zoo y las tracciones (las cuales ocupaban toda la parte oeste del recinto), se encontraba la pista de coches (Karts, Formula VIII) tal vez la única atracción reservada exclusivamente a la gente adulta, aunque luego se inauguró una versión infantil. Pero lo que a un crío interesaba del PAV por encima de todas las cosas era obviamente el recinto de atracciones y barracas y todo lo que en el había. En dicha parte del parque - cuyo límite hacía el oeste era la ladera del propio monte- estaban las oficinas del PAV a la entrada, con su curioso edifico-torre de corte ci-fi que como otras muchas estructuras estables del parque aún sobrevive en pie; así como el enorme y bastorro restaurante self-service, con unos ventanales que daban hacia Bilbao. El recinto de las atracciones estaba conformado por una gran avenida (como gustaba de poner en las notas de prensa de la época sobre el PAV) rodeada de las atracciones y de las famosas pirámides, las cuales servían de cubierta al restaurante, la sala de juegos recreativos, la sala de los espejos de la risa, el laberinto de espejos. La avenida estaba surcada por varias calles y subcalles terminaba en una especie de plaza de forma irregular (donde se encontraban las últimas atracciones según orden de recorrido); más allá de ella, las laderas del monte y bajo ellas el lejano horizonte bilbaino y de parte de la comarca de Ibaizabal. El propio entorno del parque era realmente atractivo para la época, con bastantes jardines, fuentes muy modernas, y esa constante ambientación musical por la omnipresente megafonía, que en los 80 la conformaban los últimos éxitos de Spandau Ballet, OMD, Michael Jackson, Olé Olé, Dire Straits, La Unión, Culture Club… ¿Y cuales eran las atracciones? Pues, sin seguir ningún orden de recorrido (imposible de recordar ahora), eran a grandes rasgos las que pasamos a describir a continuación.


En realidad sería muy difícil (e injusto) destacar una atracción o “barraca” estrella del PAV, ya que solían tener una aceptación muy similar. No obstante, había una que, no se sabe por que, pero era de las más comentadas y que más gustaban al público en general, el Gusano Loco, tocayo y homólogo de su hermano en el Parque de atracciones de Madrid, no en vano muchas de las atracciones eran versiones del parque madrileño, perteneciente a la misma empresa. El Gusano Loco no era más que una versión corregida y aumentada de los celebres “gusanitos” de las barracas de ferias, en donde a bordo de un largo vehículo articulado la gente iba dando vueltas a un circuito (en el caso del Gusano Loco se metía por un túnel y tenía varios desniveles) y en un momento dado, el “gusano” se cubría por una lona. Era la atracción preferida por los adolescentes por aquello que permitía meter mano cuando se bajaba la lona. También había otras atracciones muy comunes en las barracas de entonces) aunque técnicamente mejores, claro), como El Pulpo, que a principios de los 70 era una tracción sorprendente incluso para un parque de atracciones, el Apolo, la típica atracciones de avioncitos dando vueltas que en este caso eran naves espaciales, además de atracciones para los más pequeños como el Tio Vivo (con un impagable muñeco guarda urbano en el centro), las Barcas sobre el estanque, que ya ni me acuerdo donde estaban o el Gusano Txiki que se inauguró hacia 1985.


Por su espectacularidad, tanto la Noria Visión, como la Montaña Rusa, fueron inicialmente atracciones estrella del parque. La noria, con 26 metros de altura, era a mediados de los 70 una de las más altas de Europa. Desde su punto más alto, la vista panorámica desde Bilbao (no hay que olvidar que el PAV se encontraba en un monte) era impresionante. La Montaña Rusa, por su parte, obviamente estaba a años luz de las bestialidades que se instalarían en años posteriores en otros parques, pero no dejaba de ser una experiencia el límite para un chaval de 10 años. Si se quería una vista panorámica, a parte de esas dos atracciones, estaba el Tren Turista, un pequeño tren que iba sobre una vía que recorría todo el parque, por lo que también ofrecía una vista completa del recinto.


Los coches Ford T, eran otra de las atracciones para toda la familia. Se trataba de unas modestas reproducciones del legendario automóvil creado por Henry Ford que discurrían por unos raíles situados cerca del restaurante del PAV, por lo que se trataba de una de las atracciones que mas cerca estaba del borde de la montaña, y también de las más divertidas, ya que los coches -para cuatro personas como mucho- iban a toda pastilla. Ya de más emoción era el típico Balancín, en una versión bastante más hard y en donde yo nunca me monté. A lo alrgo de los 80, el parque trató de dotarse con atracciones de carácter mas “tecnológico”, y hacia 1986 se anunció a bombo y platillo la inauguración del Enterprise, una veloz noria seminclinada con estética de nave espacial, cuyo nombre estaba tevidentemente tomado del universo Star Treck. También del mundo de la televisión y de la ciencia ficción procedía el nombre de otra atracción inaugurada a mediados de los 80, el Scanner. Su un tanto descontextualizado nombre lo tomó de la teleserie Galáctica, Estrella de Combate, en donde se hablaba del scanner en todo momento: se trataba de la ya tradicional plataforma circular que daba vueltas para un lado y para otro y de arriba abajo, es decir, la atracción menos recomendable para después del almuerzo. No hay que olvidarse tampoco de los Autos de Choque, que eran una de las primeras barracas que el personal encontraba nada más entrar en las atracciones y que estaban situados cerca de las máquinas recreativas y los puestos de venta al público. El recinto de los coches era de los más grandes que yo he visto jamás para este tipo de atracción y los coches también eran grandes y bastante elegantes.


Pero si hay una atracción que se puede decir que sea “de culto” de entre todas las que había en el PAV, esa era el Tren Fantasma, también conocido como El Castillo del Terror. Casi con toda probabilidad, calcado al del Parque de Madrid en aquellos años, su sola apariencia ya producía terror entre los críos de muy corta edad (el miedo que me daba, madre mía…) con su estructura de dos pisos en forma de castillo y “fachada” de metal o cartón piedra, primero reproduciendo la terrorífica fachada de un castillo tétrico con vampiros, demonios y otro tipo de monstruos pintados, asomados a las ventanas. En años posteriores, el Tren Fantasma iría cambiando de pintura de la fachada externa y abandonará el “concepto” del castillo para pasar a mostrar paisajes de pesadillo llenos de fantasmas, zombies y calaveras o un display de diversos personajes míticos del terror (hombres lobos, momias, zombies). La atracción consistía en recorrer los dos pisos del “castillo” en unos cochecitos en donde cabían dos personas (no era un tren, pese al nombre de la atracción) y toparse todo el recorrido con autómatas del Conde Drácula (antológica primera aparición en el Tren Fantasma, algo que ha quedado grabado en la retina de miles de vizcainitos/as), brujas, muertos, gigantes, el monstruo de Frankesntein, momias…algunos se movían, otros estaban estáticos, pero tenían bastante realismo y daban muy mal rollo a los 9 o 10 años. No obstante, uno de los personajes más inquietantes del Tren Fantasma del PAV era el conocido como “niño amputado”, un niño de corta edad vestido de época con su traje de marinerito, con los brazos cortados y ensangrentado. Decididamente, la generación de nacidos en los 70 tuvo que ser diferente a la fuerza. Otra atracción de corte similar (con muñecos animatrónicos), fue la que precisamente fue la última en inaugurarse, La Selva Mágica, que se estrenó en 1989 cuando el parque paso a ser propiedad de la Diputación Foral de Bizkaia. Nunca vi dicha barraca, pero al parecer consistía en un recorrido en el tren de turno por una selva artificial poblada por muñecos de animales cuyos movimientos se generaban por ordenador, dejando atrás el rudimento de la célula fotoeléctrica de los monstruos del Tren Fantasma.


No todo eran atracciones de automáticas en el PAV. ¿Quién no recuerda los Espejos Grotescos y las pintas que uno tenía en ellos reflejado? Y junto a ellos, en la misma dependencia cubierta con la pirámide de turno estaba el Laberinto de Espejos, una tracción muy popular entre jóvenes y adolescentes principalmente por las leches que uno se pagaba y las risas que se hacía cuando esto ocurría (con otra persona, claro). No me lejos de estas atracciones, concretamente en frente, estaba La Casa Encantada, otra atracción en lo que no era necesario montar en ningún artilugio ya que se recorría a pie. Su estructura era de piedra u hormigón (revestido de algún material) y por ello es una de las pocas atracciones propiamente dicha cuyo recinto de conserva actualmente. Se trataba de un pequeño edificio de unos 40 metros cuadrados en donde había toboganes, ruedas giratorias…una cosa muy divertida para la chavalería y una de las atracciones preferidas por los niños de entonces.


Muy cerquita, al lado literalmente, del Tren Fantasma, estaban la pequeña pista de minimotos, unos aparatitos diseñados para ser conducidos por críos de corta edad con los que dabas más vueltas que una peonza hasta que le cogías el tranquillo. Al lado de esa pista, se encontraban las camas elásticas, otra cosa para los más pequeños y que siempre estaba petada. No se podía decir lo mismo de La Casa de la Fantasía una caseta concebida solo para ser visitada y en donde había muñecos y maniquíes (estáticos) representando a personajes de cuentos, una cosa muy sosa y la verdad es que bastante cutre. Hubo también un pequeño laberinto infantil de piedra que a mediados de los 80 se encontraba semi derruido, y ahí estaba muerto de risa y sin ninguna función. También hubo, para visitar, un Fuerte y un Campamento Indio, de los que apenas recuerdo nada, ¿desaparecieron a finales de los 80?


Todo un edificio estaba dedicado a albergar máquinas tragaperras, videojuegos (al principio en los 70, serían el Pong y poco más) y otros cachivaches electrónicos como autómatas que funcionaban echando una monedita. Esta dependencia desapareció en 1989, el último año de vida, del PAV, cuando se inauguró la Selva Mágica. Cerca de allí se encontraban los puestos y tiendas de chuches, algodón de azúcar, churrerías, etc. Estas dependencias estaban en al calle que servía de entrada y salida del parque.


Atención señoras y señores, dentro de media hora el Parque de Atracciones de Vizcaya procederá a su cierre. Oído ese anuncio por la megafonía, todo el mundo se preparaba para marcharse: familias con niños, parejitas de veinteañeros, cuadrillas de chavales adolescentes, recién casados…La última vez que la gente abandonó el recinto del PAV tras un divertido e ilusionante día fue hace 20 años. Y desde entonces, el Parque de Atracciones de Vizcaya, el Parque de Atracciones de Artxanda, es un más que agradable recuerdo para muchos vizcaínos y vizcaínas que disfrutaron como enanos en aquel oasis que a muchos les hacía recordar que otro mundo, otra realidad mucho mas divertida que lo que se vivía todos los días, era posible. Como no olvidar aquel universo paralelo de risas, alegría, adrenalina, sustos, mareos, pulpos gigantes, gusanos insanos, barcas, lobos, monos, pingüinos, vampiros, poblados de pieles rojas, espejos que te engordan, y paseos por el cielo a bordo de una noria. Nos lo pasamos muy bien allí.