miércoles, marzo 16, 2016

CIEN AÑOS DE PERDÓN




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Es una pena lo fallido que ha salido este loable intento de mezclar en el cine español el thriller, el drama, la acción y la crítica socio-política bajo un prisma más internacional y no sujeto a ciertos cánones cada vez que se tratan algunos temas en el cine ibérico. Un asunto tan candente como el de la corrupción política esta claro que va a dar bastante juego al cine patrio y así lo ha entendido un cineasta hábil y con oficio -aunque irregular-  como Daniel Calparsoro que ha firmado una película tan interesante como insuficiente en su resolución. Y es que una trama tal vez un tanto manida y unos personajes claramente mejorables que no logran salirse del tópico en ningún momento dan al traste un guión nada desdeñable y unas pretensiones que lejos del sensacionalismo impostado trazan un despiadado grito de repulso a la corruptela de los estamentos políticos y a la indefensión en la que vive la ciudadanía por ello. Utilizando un ilustrativo juego en el que unos delincuentes comunes al final no parecen tan malos frente a ciertos policías, militares, banqueros o políticos, la película viene a recordarnos el país de mierda en el que vivimos y como los malos casi siempre salen ganando. Pero por desgracia, el filme no atina en presentar todos los elementos como dios manda y pese a una esforzada factura de cine de género con influencias tanto del thriller europeo como del western no llega a ser en ningún momento una película mínimamente memorable. Situada dentro del siempre sugerente subgénero del cine de atracos, tampoco ayuda una estética que trata de ser torpemente anglosajona y que con un tratamiento digital de la fotografía a veces efectivo pero otras veces ridículamente pretencioso, la Valencia en la que se desarrolla la historia termina pareciéndose cutremente a Gotham City.


Una banda de atracadores casi todos uruguayos y argentinos -a excepción de El Gallego, interpretado por Luís Tosar, que últimamente parece especializado en cine de género- lleva a cabo un atraco con rehenes en un banco en Valencia cuyo real móvil es un disco duro de ordenador escondido en una caja fuerte que un político acusado de corrupción dejó allí secretamente. No todos en la banda saben la verdadera finalidad del atraco, pero el CNI y los cuerpos policiales parecen muy inquietos por el asunto. El rocambolesco y predecible juego de traiciones, trampas y conspiraciones se abre paso en la película manteniendo el  interés del espectador pero sin crear la tensión exigible. Con un buen puñado de actores argentinos (Rodrigo de la Serna- muy convincente pero excesivo como el líder de la banda- Joaquín Furriel, Luciano Cáceres) y competentes actores y actrices españoles además de Tosar (Patricia Vico, Raúl Arévalo, José Coronado, Marian Álvarez, Luís Callejo), Cien años de perdón se queda corto en casi todo y es posible que no convenza a la mayor parte del público. Por desgracia, el cine español aún no ha encontrado la manera idónea de hacer cine de género. 

domingo, marzo 13, 2016

BROOKLIN



 
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Nick Hornby, escritor y guionista norteamericano cuya obra se ha llevado al cine en los últimos años en varias ocasiones (Alta fidelidad) cuando no ha escrito más que interesantes guiones originales (Alma Savaje) aunque algunos como el citado basados en novelas ajenas, no suele defraudar a la hora de presentar historias plasmadas en imágenes y esta vez tampoco ha sido una excepción en lo concerniente a la adaptación que ha realizado de la novela de Colm Tóibín. Un retal de la historia norteamericana e irlandesa del siglo XX que usando una historia de amor nos habla de la íntima relación entre ambos países basada en la inmigración masiva de la ciudadanía de Eire hacia los EEUU durante la mayor parte del siglo XIX y XX. Ambientada a principios de los años 50, Brooklin nos habla de forma muy sencilla pero efectiva de las ansias y las esperanzas de los inmigrantes europeos en Norteamérica y en Nueva York más concretamente (con el barrio inmigrante de Brooklin convertido en una metáfora) , expresados en la historia de la joven Eilis (una encantadora Saoirse Ronan) una irlandesa que abandona su pueblo dejando atrás a su madre viuda y a su hermana y que tras el desarraigo de los primeros días logra encontrar la estabilidad y la esperanza gracias a su relación con el joven italoamericano Tony (Emory Cohen), miembro del otro colectivo protagonista de la inmigración europea a USA. Pero el fortuito regreso temporal de Eilis a Irlanda la pondrá frente a frente con una doble cuestión: la renuncia o no al “sueño americano” y la fidelidad de sus sentimientos hacia Tony.

Con una puesta en escena muy cuidada y una fotografía vistosa aunque algo relamida, la película resulta interesante en todo momento pese a algunos altibajos y en lo un tanto forzado de su mensaje final. La historia de amor entre los protagonistas no siempre está bien tratada y el inesperado triángulo sentimental que surge en al segunda mitad del metraje a veces peca de poco creíble por el impreciso comportamiento de la protagonista. Por lo demás buena ambientación, esforzadas interpretaciones y un retrato más bien verista tanto de Brooklin y Nueva York como de la Irlanda de provincias de mediados del siglo XX no exenta de concesiones en forma de tópicos. Un filme tan bonito de ver como inofensivo que por lo menos anuncia lo gran intérprete que puede llegar a ser Saoirse Ronan: sin ella esta película hubiese sido otra.     

jueves, marzo 03, 2016

AVE CESAR (HAIL CAESAR!)




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Ya no sorprenden tanto, pero siguen siendo grandes. Si, Joel y Etan Coen siguen haciendo estupendas y geniales películas después de más de 30 años de su debut con Blood Simple (1984) y continúan regalándonos diferentes emociones cinematográficas ya bien sea desde el drama o la comedia y siempre con sus peculiares señas de identidad basadas en la hibridación en mayor o menor de ambos géneros mencionados y en la hipérbole estilística y narrativa con el sempiterno poso de ironía y la presentación de personajes muy trabajados metidos en variados y rebuscados embolados. En esta ocasión, los hermanos de Minnesota vuelven la vista una vez más al pasado y en esta ocasión nos trasladan al Hollywood dorado de los años 50 para acometer su registro preferido: la comedia. Hail Caesar!, efectivamente es una comedia de personajes cercana a Quemar después de leer, Un tipo serio o incluso a Fargo o  El Gran Lebowsky con una clara intención, que no es otra que la de hacer mofa y befa de la época de las grandes superproducciones de los grandes estudios y todo el guirigay que se movía alrededor del mundillo de la industria cinematográfica estadounidense en aquellos años inmediatamente posteriores al fin de la II Guerra Mundial y en plena eclosión de la Guerra Fría. Ayudados por un reparto coral plagado de rostros conocidos, los Coen hacen un retrato de la doble moral norteamericana de aquellos años en los que se trataban de enaltecer los valores tradicionales y del American way of life por encima de todo y en donde el cine no hacía más que expresarlos y mostrarlos a la audiencia de una manera idealizada y pelín burda. El rodaje de un ficticio peplum, Ave Cesar! (con referencias inequívocas a legendarias producciones reales como Quo Vadis o Ben-Hur) género popular donde los haya en los 50, es la excusa que nos adentra en Hollywood tratado con el mismo afán desenfadado, desmitificador, irónico y caricaturesco que los Coen han mostrado en otros filmes y en donde sus protagonistas- actores, productores, directores, demás gente del cine y todos los que se movían alrededor de ellos como abogados, periodistas y agentes- se mueven de manera tan incierta y poco real como las ilusiones ficticias que trataba de transmitir el Hollywood de los años dorados.

La sátira humana, social y política está presente en la rocambolesca historia del secuestro de la estrella Baird Withlock (George Clooney, colaborador habitual de los Coen), el protagonista de Ave Cesar! que desparece  poco antes de terminar el rodaje ante la desesperación del atribulado productor del filme, Eddie Manix (Josh Brolin) un tipo duro que duda en dejar el negocio por otro “más serio” y que tiene que lidiar además con otros elementos de su estudio: el mediocre y tarugo actor de western Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) al que le están tratando de convertir en actor dramático con desesperantes resultados pese a los esfuerzos del peculiar director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes), la bella diva DeeAnna Moran (Scarlett Johannson) cuya futura maternidad estando soltera trae de cabeza a Manix, el apolíneo actor de musicales Burt Gurney (Channing Tatum) con unos antecedentes ideológicos dudosos o las gemelas periodistas Thora y Thessaly Thacker (Tilda Swinton) que amenazan con destapar un desliz del pasado de Withlock. Y mientras tanto, Withlock parece haber caído en manos de alguien que perece todo lo contrario de lo que Hollywood quiere representar. Como siempre, una perfecta ambientación histórica no exenta de la exageración y la caricatura marca de la casa Coen- un Hollywood y una América en definitiva tan de cartón piedra como sus propias producciones- un incontenible amor cinéfilo en donde se homenajea entre el respeto y la broma a géneros clásicos como el western, el melodrama, el musical o el ya citado peplum con descacharrantes fragmentos de películas ficticias- con bromas estilísticas merced a los usos cinematográficos de aquella época- y un sarcástico apunte sociopolítico. Trampantojos habituales de los Coen como la inserción de elementos sin ninguna relevancia real en la trama o personajes más bien anecdóticos pero que no dejan indiferente a nadie también aparecen en una película disfrutable y deliciosa que es sobre todo un chiste cinéfilo de lujo.  

viernes, febrero 26, 2016

CAROL






***y 1/2

Una muestra de cómo el trabajo de dos actrices puede aumentar la calidad de una película en gran medida. Cate Blanchet y la cada vez más en alza Rooney Mara consiguen sendas excelentes interpretaciones en esta cuidada adaptación la novela de Patricia Highsmith (alejada aquí del género del thriller) El Precio de la Sal publicada bajo pseudónimo en 1952 y que constituyó una pionera aproximación al mundo del lesbianismo en la literatura norteamericana. Todd Haynes (Velvet Goldmine, I´m not There) ofrece una película bien estructurada y narrada que no cae en los tópicos del cine gay y que se escora decididamente por el melodrama con tintes dramáticos y levemente intimistas para mostrar una historia de amor completamente prohibida en un tiempo (años 50 del siglo XX) en el que la homosexualidad era un tema tabú. Therese, una joven dependienta de unos grandes almacenes con ambiciones de convertirse en una fotógrafa profesional conoce a Carol, una clienta ama de casa cuarentañera en proceso de divorcio y con una hija pequeña, en la que ve algo especial. Pronto Therese tendrá en Carol una vía de escape de un mundo mediocre  en el que no se siente realizada y Carol tendrá en Therese una oportunidad para dejar atrás su vida anterior y poder por fin dejar patente su condición de lesbiana, algo ya conocido por su marido. Con las consabidas dificultades, la pareja inicia una relación en una América llena de prejuicios y que parece moverse en esta historia entre los valores más tradicionales y el nuevo impulso que supuso en los 50 la irrupción de jóvenes artistas y creadores adscritos a la generación beat y la pronta explosión en al década siguiente de diferentes movimientos sociales en defensa de los derechos civiles.

El tono entre melodramático y romántico no resulta en absoluto pasteloso debido a que lo más notable de al historia en la extraña y esquiva dialéctica entre las dos protagonistas, una idealista pero inocente e insegura y la otra sin prejuicios y dispuesta en dar pasos por muy descabellados que se consideren pero vulnerable y poco condescendiente. Puede que el filme en algunos momentos pierda el ritmo y que se echen en falta más detalles en la historia, pero la película prácticamente funciona en todo momento. Sin estridencias, una bastante buena película.            

jueves, febrero 18, 2016

SPOTLIGHT





** y 1/2

Cada vez que en los últimos años el cine estadounidense trata de aproximarse a acontecimientos reales –independientemente de su interés histórico- acaecidos en fechas relativamente recientes suele caer en mayor o menor medida en el mismo error: adoptar tics de  telefilm, algo que a lo que tienden especialmente temáticas como la judicial, la de investigación policial y, como en este caso, la periodística. La época de Todos los hombres del presidente (1976) ya pasó y en un panorama periodístico-mediático sometido muchas veces al amarillismo y al tremendismo es lógico pensar que muchos de los temas explotados por la prensa de investigación en todo el mundo tengan un potencial dramático muy rico, tal y como demuestra esta inteligente y sobria pero demasiado predecible recreación del origen del destape por parte del periódico Boston Globe de los múltiples casos de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes católicos bostonianos durante más de veinte años, casos encubiertos por las más altas instancias eclesiales norteamericanas. Una premisa interesante que el director Tom McCarthy lleva medianamente bien pero de una manera más bien rutinaria y en ocasiones aburrida. Salva a este filme el excelente trabajo interpretativo de un reparto competente y momentos de cierta enjundia narrativa que saben estar a la altura de las circunstancias de la temática. No obstante el doble propósito final de la película (homenajear el excelente trabajo de una serie de profesionales de la información que en un momento dado se atrevieron a ir más allá y hacer una evidente denuncia de la impunidad y la doble moral con la que actúan en algunas ocasiones ciertos miembros de la jerarquía de la iglesia católica) se cumple con creces.

Es una lástima que el componente dramático del filme esté tan mediocremente llevado- todo lo relacionado con las víctimas carece a veces de credibilidad-  y que cada vez que se toca el tema  judicial se caiga en los tópicos fílmicos sobre el mundo legal. Como resultado formal final da la sensación que se está viendo un telefilme de lujo o una miniserie televisiva ambiciosa y eso siempre deja una sensación de vacío en el espectador.  Michael Keaton, Mark Ruffallo, Liev Schreiber, Rachel McAdams, John Slattery y Stanley Tucci cumplen y con creces pero eso no consigue levantar la película. Una oportunidad perdida a medias pero que puede encontrar su público.

domingo, febrero 14, 2016

EL RENACIDO (THE REVENANT)




**** y 1/2

¿Conseguirá por fin Leonardo DiCaprio el Oscar al mejor actor? ¿Obtendrá Alejandro González Iñarritu su segundo Oscar consecutivo al mejor director? Sea como sea, resulta deslumbrante el nuevo filme del realizador azteca. Basado en una novela de Michael Punke, The Revenant es una historia de venganza y odio presentada con todas las características de relato mítico sobre el manido tema de la venganza con una presentación arquetípica y muy evidente inspirada en historias mitológicas, leyendas de diferentes culturas, e infinitas fuentes literarias sobre la materia y en donde en este último aspecto se pueden ver no pocos elementos shakeaspearianos puestos en engañosa clave de western. Pero la película no se queda solo con eso ya que tiene un componente filosófico-antropológico que vertebra completamente la película y su mensaje y además aprovecha para realizar una clara denuncia al colonialismo del hombre blanco en EEUU en el siglo XIX y el consiguiente genocidio a la población indígena y en definitiva a la irracionalidad del ser humano mostrando un inquietante listado de comportamientos al borde del salvajismo precisamente en escenarios naturales captados con mimo por la espectacular fotografía del gran Emmanuel Lubezki que convierte a la naturaleza en coprotagonista de la película: una elección lógica y coherente ya que lo que se trata de retratar es precisamente al ser humano en sus más bajas pasiones en un entorno salvaje y no civilizado como fueron los parajes naturales de  Estados Unidos en el XIX. Una crónica humana y tremendista con ecos dispares de Joseph Conrad, Jack London, Sergio Leone, Emilio Salgari, Shakespeare o Sófocles.       

Glass, el personaje que interpreta DiCaprio, es el (anti)héroe trágico del relato, un experto trampero, cazador y hombre de las montañas que junto con un pendenciero grupo de tipos curtidos en la vida a la intemperie recorre los inexplorados  bosques de Arizona en busca de pieles y carne para abastecer las fortificaciones militares. Envidiado por algunos de sus compañeros, admirado por otros y odiado por otros tantos, su relación con alguno de los miembros de la expedición llega a un punto límite que coincide con el ataque a su persona de un oso grizzly que le deja malherido. Bajo la custodia del inquietante Fritzgerald (Tom Hardy), el adolescente Bridger (Will Poulter) y su hijo medio indio Hawk (Forrest Goodluck), Glass se bate entre la vida y la muerte pero pronto la codicia de Fritzgerald dará un terrible giro a la situación. Glass, que se resistirá en todo momento a morir no tardará en encontrar motivos de odio hacia Fritzgerald que en realidad son una proyección de su propio odio al ser humano. Violaciones, muertes, mentiras y traiciones envuelven una historia en donde vemos a un héroe que lucha denodadamente por su supervivencia valiéndose de los recursos que la naturaleza pone a su disposición mientras que al mismo tiempo asiste al poder devastador del ser humano en todos los sentidos, una fuerza que parece destruirlo todo. Hermosas pero inquietantes escenas vespertinas y nocturnas rodadas en auténticos parajes naturales de espectacular belleza (y sin utilizar luz artificial en el rodaje) son el escenario de una historia cautivadora y atrayente como pocas y que triunfa en su no poco ambicioso intento de mostrar la relación del hombre con la naturaleza y los supuestos efectos devastadores que una vida salvaje puede tener en el ser humano (¿o es el hombre  intrínsecamente un ser salvaje?). Al final, un mensaje claro: el odio y la venganza son fuerzas primarias mucho más que destructivas. Una seria candidata a triunfar en la noche de los Oscar en donde ambientación, puesta en escena e interpretaciones también brillan con luz propia. Tal vez su larga duración sea un lastre, pero son tres horas de cine muy bien aprovechadas.   

jueves, febrero 11, 2016

LA GRAN APUESTA (THE BIG SHORT)





** y ½  

La sensación que deja este ingenioso aunque algo irregular filme es de un empacho de pretensiones bastante notable: tratar de hacer un filme de ficción sobre el origen de la crisis económica actual desde su vertiente financiera y su estallido en la década de 2000 es un ejercicio tan valiente como cinematográficamente incierto y en ese sentido el resultado final ha sido más bien discreto y farrragoso desde el punto de vista artístico. Adam Mckay, un director de productos comerciales escorados al exceso y la comedia ha intentado hacer una película entre irónica, divulgativa crítica y desmitificadora apoyado por una elenco de conocidos intérpretes y un guión en donde el lenguaje y los conceptos económicos lo copan casi todo sumiendo en el despiste a los espectadores menos puestos sobre el tema y aunque se traten de explicar no pocos de dichos elementos mediante ingeniosos trucos metacinematográficos y una tendencia casi omnipresente a romper cuarta pared.

Pese a que The Big Short funciona como crónica dramatizada de acontecimientos históricos y su estilo entre documental, videoclipero y, digámoslo, tarantininano, resulta efectivo sobre todo por su tono irónico rayando con la comedia esperpéntica (aunque se describan hechos totalmente dramáticos) lo árido de su temática y la profusión de tecnicismos económicos no le confieren precisamente el estatus de filme ameno. Ryan Goslin, Brad Pitt, Steve Carell y un tremendo Cristian Bale junto con intérpretes menos conocidos se esfuerzan y mucho en mostrar las motivaciones, las taras, las ambiciones y sobre todo la doble moral de unos personajes reales que en su afán de lucro y codicia abocaron a la sociedad occidental a una crisis económica sin precedentes. Está excelentemente plasmado todo el mundo bursátil y bancario, pero la explicación (bastante compleja) de cómo los diferentes elementos se combinaron para llegar a una situación aparece excesivamente detallada para un filme de ficción. Una película necesaria pero excesiva.

jueves, enero 28, 2016

LOS OCHO ODIOSOS (THE HATEFUL EIGHT)



 
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Tenían que ser directores mitómanos y tendentes al metacine (además de sobradamente talentosos, por supuesto) como  Quentin Tarantino los que de algún modo mantuviesen el western como un género capaz de seguir proporcionando obras maestras del séptimo arte aún y cuando las apariciones en la pantalla de dicho género sean más que esporádicas en los últimos tiempos. Y es que tras haber firmado su obra maestra con otro western, Django Unchained (2012), Tarantino vuelve a sorprender con un filme sólido y degustable que demuestra la maestría del director de Knoxville      en el arte de contar historias y su sólida cultura cinematográfica además de hacer un display una vez más de sus innatas habilidades como realizador. Si en Django Tarantino hacia una revisión del Spaghetti Western de Segio Leone con elementos del cine blaxploitation, en esta ocasión se toma como referencia más que evidente a Sam Peckinpah, otro de los más notables maestros de Quentin, y cierto tono de thriller y drama-comedia de personajes en un filme en donde la violencia tarantiniana adquiere tintes cuasi pariodico-manieristas y un tono que pese al principio del filme parece más contenido por no decir ausente termina estallando de una manera tan curiosa como insólita. En realidad, parece que la violencia más notable reside en los diálogos de unos personajes pendencieros, desagradables, antiheróicos, equívocos y llenos de matices que se escapan oportunamente de los tópicos de los personajes tradicionales del western. El buen plantel actoral reunido para la ocasión se compenetra a las mil maravillas en una puesta en escena insólitamente focalizada y teatral que requiere la atención y la entrega del espectador.


Los ocho odiosos del título son un peculiar grupo salvaje (los ocho titulares y otros de los personajes, sin que el espectador sepa a ciencia cierta cuales son exactamente los ocho hasta que ve el cartel de la película) de cazarrecompensas, convictos capturados y sentenciados a muerte, hombres de ley (teóricamente), forajidos, pistoleros errantes y hasta un viejo militar retirado en unos EEUU con la guerra de secesión recién terminada y aún supurando unas heridas mal curadas causadas por la misma. Unos personajes con principios harto peculiares y cada uno con su particular código de justicia con resonancias poco o nada éticas: una parábola nada edificante y muy crítica sobre la herencia ideológica y moral que dejó la esclavitud y la guerra civil americana. El mayor Marquis Martin, el exmilitar afroamericano reconvertido en cazador de recompensas que interpreta Samuel L. Jackson actúa como catalizador de una trama estructurada en diversos capítulos y en realidad dividida en dos grandes actos: uno que transcurre en una diligencia (claro homenaje a John Ford) liderada por otro cazarrecompensas de dudosa moralidad John Ruth (Kurt Russell) que se dispone a entregar a la peligrosa asesina Daisy Domenergue (Jennifer Jason Leigh) a la horca, y el otro desarrollado en una posada en donde sus ocupantes tratan de resguardarse de una cruda nevada. Lo que parecía al principio un western crepuscular tradicional poco a poco se va convirtiendo en un thriller de personajes como resonancias detectivescas a lo Agatha Christie y termina con una explosión de pasión, violencia y un curioso mensaje a la historia y la cultura americana. Toda una galería de personajes inolvidables y situaciones muy logradas gracias al soberbio manejo del director de la anécdota y la parodia-homenaje aunque aquí adquiera unos tintes autorreferentes muy peculiares. Bruce Dern, Demian Bichir, Michael Madsen, Tim Roth, Walton Goggins  James Parks o Channig Tatum- en su mayoría actores que han trabajado antes con Tarantino- componen un bestiario humano sin desperdicio con unas excelentes interpretaciones. Una vez más, Quentin se cubre de gloria y demuestra que es, sencillamente, un director sin límite. 

domingo, enero 24, 2016

PALMERAS EN LA NIEVE





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Estaba en deuda España con su pasado colonial en el siglo XX en cuanto a argumento cinematográfico, un episodio en la historia de la península ibérica tan efímero como desconocido. Es por ello de agradecer esta vistosa y lograda aproximación a la historia de Guinea Ecuatorial, la antigua Guinea Española que durante gran parte del régimen de Franco fue la colonia africana por excelencia de España. No obstante, lo que más se potencia en este filme es el elemento melodramático trufado eso sí de visión histórica cargada de crítica político-social frente al colonialismo, además de varios aspectos de thriller y de drama intimista. Basada en una exitosa novela de Luz Gabás, esta película sin tener excesivas pretensiones podría quedarse corta si su propósito fuese mostrar un tópico melodrama intertemporal e histórico o una suntuosa producción de época, pero afortunadamente su tono comedido y su aparente honestidad a la hora de mostrar situaciones y personajes reflejo de una época, una situación y un lugar consiguen un filme degustable y muy interesante pese alguna irregularidad y algunas concesiones a los cánones del melodrama comercial cayendo en algún momento en la sensiblería fácil. Fernando González Molina (Tres Metros bajo el Cielo) dirige con tino y clase una película técnicamente muy bien realizada y que parece apostar por historias de regusto internacional dentro de un panorama de cine español demasiado ensimismado en su propio entorno.

Rodada en Canarias y Colombia, ya que el Gobierno de Guinea Ecuatorial prohibió el rodaje en su territorio, Palmeras en la Nieve cuenta la crónica familiar de dos hermanos aragoneses Killian (Mario Casas) y Jacobo (Alain Hernández) que en lso años 50 abandonan su aldea en los pirineos para reunirse con su padre Antón (Emilio Gutiérrez Caba) en la isla guinenana de Fernando Poo en donde este se dedica  al lucrativo negocio del cacao, en el que ambos hermanos se imbuyen. Medio siglo más tarde, Clarence (Adriana Ugarte), la hija del recién fallecido Jacobo pretende conocer todo lo que realmente hicieron su padre y su tío en el país africano, intrigada al descubrir una pensión que uno de pasó durante años a una mujer guineana y su hijo. El viaje de Clarence a la Guinea Ecuatorial de hoy vuelve a traer los recuerdos de la Guinea Española donde su familia descubrió el placer de sentirse un ser superior, rico y todopoderoso como blancos en un país de población negra, a la que trataban despótica y cruelmente. No obstante, las contrapuestas personalidades de ambos hermanos les llevarán por caminos diferentes: mientras que Jacobo es un ser amoral, orgulloso, egoísta e interesado, Killian es un hombre intrigado por el misterio que ofrece al África negra y poco a poco irá comprendiendo las motivaciones, los miedos y en fin la indignación  de sus habitantes, arrinconados por la soberbia de los colonos europeos. La aparición de una joven del lugar llamada Bisila (Berta Vázquez), cambia definitivamente la relación de Killian con el exótico país de acogida.  

Una suntuosa y bella fotografía y una excelente puesta en escena ensalzan los méritos de una película eficaz y muy bien contada, pero en la que sobran momentos efectistas especialmente en lo tocante al elemento melodramático y en la historia de amor que se cuenta. El reparto se antoja eficaz con unos más que interesantes Alain Hernández, Macarena García, Adriana Ugarte o ese descubrimiento que es Berta Vázquez, además de un buen puñado de competentes actores africanos; en cambio Mario Casas demuestra estar aún muy verde en su registro dramático y se puede decir que es de los más flojo de todo el filme. Sin grandes aspavientos, una película bonita e interesante.