domingo, octubre 02, 2011

EL LIBRO DE COVINGTON (y III) Relato de ficción

 

 
V


- Este es, sin duda. Un libro de más de 130 años de antigüedad. Una cubierta de cuero con incrustaciones de pan de oro. Cerca de 900 páginas. Ningún título en al cubierta ni en el lomo, ni en la contraportada, ni el nombre del autor siquiera. Las únicas letras que aparecen son las siglas GC en la parte inferior del lomo. El cerrojo es lo más fascinante, hay una rueda para cambiar los cuatro dígitos de la clave para poder abrirlo, pero me temo que hasta que vuelva a Inglaterra con él y no goce de más tiempo, no comenzaré a intentarlo. Estoy impaciente por saber el contenido del libro.
 

Marina y Carmichael se habían citado en la cafetería del hotel donde este se alojaba, a las cinco de la tarde. Ella se las había arreglado para que a la tarde uno de los dos dependientes que trabajaban en Rojo y Negro unas horas al día como apoyo  estuviese atendiendo la librería aunque en teoría tuviese el día libre, siendo normalmente además la propia Marina la única persona que solía estar tras el mostrador por las tardes, a parte de su padre. La importancia del momento merecía alterar el orden habitual de las cosas. 
- Sigo sin entender como es posible que en la librería nadie nos diésemos cuenta de que ese libro estaba escondido, por mucho que como usted dice, al ir moviendo y sacando los libros de las estanterías tal y como hizo ayer, este libro se descubriese. 
Carmichael miró con aspecto incrédulo a Marina después de haber estado un buen rato con la mirada concentrada en aquel Covington Book que sostenía en sus manos como si se tratase de un tesoro recién descubierto. Ni tan siquiera cuando le hablaba la heredera de la librería de ocasión Rojo y Negro parecía haber mostrado atención.
- ¿No se había dado cuenta que en una parte de la pared tras la estantería había un ladrillo que se podía extraer? Cuando llegué a la librería estuve mirando durante un momento toda al estructura de la habitación, como usted comprobó, para ver si se veía a simple vista algún recoveco o lugar extraño donde se pudiese esconder algo, pero no ví nada. Estaba claro entonces, teniendo en cuenta que el local es muy pequeño y de un solo piso, que un objeto celosamente escondido tenía que estar o bien en algún almacén o en un habitáculo secreto. Por eso me entretuve durante un rato en ir sacando libros de al estantería y en fingir que los ojeaba, para ver si en la estantería, había algún agujero disimulado. No me dio tiempo a hallar el escondite que le he comentado en esa primera inspección, pero después de hablar con usted y cuando me disponía a marcharme por primera vez, tuve una corazonada cuando vi un pequeño hueco sin libros en la estantería, formado por mí al colocar de manera irregular los libros que había sacado. Palpé durante un momento esa parte de la pared y comprobé que se podía extraer un ladrillo y sin ninguna dificultad. Nada más sacarlo, cayó del agujero un libro, con la medida del hueco en vertical. Me dio tiempo a duras penas de poner el ladrillo en su sitio y fue cuando usted me llamó para preguntarme como llegó el libro a la librería. En un momento supe que aquel era el libro, pero no le dije nada. Dejé que lo descubriese usted misma.

Marina no sabía como en más de 50 años nadie había reparado en que había tras la estantería un “habitáculo secreto”, aunque pensó que eso no era tan raro ya que tras la estantería de los libros la pared era como si no existiese. En algunas reformas de local toda al pared fue pintada varias veces y al menos en dos ocasiones se cambió de estanterías pero aun así era perfectamente asumible que nadie se hubiese dado cuenta de eso. Sin duda, su abuelo fue bastante astuto, pero no entendía como su descendencia no sabía nada del libro, tal vez por el hecho de que al ser robado, le hubiese dado vergüenza el decir que ese libro estaba escondido, algo que si que habían hecho con sus sucesores los propietarios de otras librerías donde el libro permaneció oculto, aquel libro de supuestas bellezas que provocaba el síndrome de Stendhal al leerlo y contemplarlo, tal vez por ello su abuelo bautizó a su librería como la obra magna del escritor que dio nombre a aquel ciertamente romántico mal que él mismo una vez sufrió al visitar la Basílica de Santa Cruz en Florencia. 


- Estoy dispuesto a comprarlo, ponga precio
-  No se… ¿Qué le parece 3.000 euros? Si dice usted que es tan valioso… ¿Qué va a hacer con él?  
Nicholas Carmichael mostraba satisfacción y no podía ocultar una leve sonrisa
- El ciclo del libro ha terminado, ya que vuelve a los que debían ser sus legítimos propietarios, y por lo tanto ya es hora de disfrutarlo y que al humanidad sepa de su existencia. El antepasado mío que se batió en duelo con Covington también murió en el duelo días después a causa de las heridas, es decir, que no solo se quedó sin el desagravio en forma de libro sino que además fue muerto por Sir Guy. El editor que halló el libro en el monasterio cisterciense era un amigo de mi antepasado. Mi familia, que era rica, se arruinó tras la muerte de mi ancestro y tuvo que emigrar a América durante unos años, hasta que mi bisabuelo llegó a Liverpool, la justicia se ha hará también  Respecto al precio que me pide, me parece caro, pero creo que lo merece. Pero, ¿esta segura que quiere venderlo?  
- Si, ¿Por qué?


Estaba ante une gran oportunidad. De Inglaterra y a través de un libro de cuya existencia una vez no creyó le había llegado la ocasión de ganar una enorme suma de dinero, algo que ella jamás pensó que conseguiría con ese negocio familiar, porque al fin y al cabo ¿a quien le gustaban ahora los libros? Ella siempre fue de la opinión de que tarde o temprano aquel negocio moriría y que esto ocurriría posiblemente estando ella al cargo.  
- No es por ser una aguafiestas pero le recuerdo que este libro fue hurtado por su abuelo. Ya sabe que cuando se han tratado de hacer malos negocios con este libro, la persona implicada sufrió terribles consecuencias en forma de maldiciones. No me quiero ni imaginar que ocurriría en caso de robo, y me sorprende que ni usted, ni sus padres, ni sus abuelos hayan sufrido los males del libro. Puede que los sufran en un futuro.
Aquellas palabras no fueron pronunciadas en un tono amenazador, pero todo ese tema empezaba a preocupar a Marina, por descabellado que podía parecer
- ¿Y si me quedo con el libro y lo pongo en venta?
Carmichael oscureció su tono
- En realidad el hecho de haber dado con el libro implica que me pertenece ya, como todos los que una vez consiguieron encontrarlo, en teoría no me podría ir sin él. Pero entiendo que dado el desagradable antecedente de cómo llegó aquí el Libro de Covington, lo más justo sería que redimiese la falta de su abuelo de alguna manera. Este libro, además, no se puede poner de venta al público, su ciclo además solo terminará si cae en manos de su propietario legítimo, que hoy en día soy yo.  Pero yo creo que no tengo porque comprarlo, ni usted tiene porque venderlo si puedo ayudarle
- ¿Ayudarme?
- Si, ayudarle a no caer en la maldición del libro. Yo tendría que renunciar a el para que pase a su propiedad, yo y mi familia y descendientes nos desentenderíamos de él durante un tiempo para luego volver a adquirirlo
- Me está diciendo que no la va a comprar, entonces. No se, pero esta historia de la maldición me parece increíble, pero…
- Le da mucho miedo
- Si, ¿y si fuese cierta?
- Yo creo que la única manera de librarse de ella es como le he dicho redimiendo el delito de su abuelo. No me lo debe vender, debe hacer lo que no hizo su abuelo y que de alguna manera provocó una gran irregularidad en el ciclo cuyas consecuencias están aún por conocer: pagar por él. Pagarme a mí, que soy su legítimo propietario. Una vez lo haya comprado, podrá esconderlo en la librería hasta que pasado un tiempo, yo o algún sucesor mío volvamos aquí a reclamarlo.


Era una oferta un tanto extraña, pero todo aquel asunto era ya de por si bastante inusual. Pensándolo bien, de todas maneras, ella podía después vender el libro al precio que quisiese, más grande incluso que el precio por el cual lo adquiriría, tal y como se lo hizo saber Carmichael. Podía ser un buen negocio el tener el libro escondido, sin decir nada a su familia y un día, Dios sabe cuando, algún Carmichael lo reclamase y ella lo tasase en una enorme cantidad de dinero.  
- Vale, lo acepto, le compro el libro. ¿Cuánto vale?




VI



Cuatro Mil euros. Esa fue la cantidad que Marina pagó a Nicholas Carmichael por el Libro de Covington.  A la mañana siguiente al encuentro en la cafetería del hotel,  Marina le entregó el cheque al coleccionista británico. Era una locura lo que había hecho, y debía a toda costa mantenerlo oculto a sus padres y a todo hijo de vecino. Un negocio arriesgado, irracionalmente arriesgado porque se trataba de la compra de un libro verdaderamente enigmático y misterioso a un tío del que apenas conocía nada y que venía contándole una historia increíble, pero debía de ser cierta, aquel libro no solo existía sino que todo lo relacionado con su abuelo y la desconocida adquisición de aquel libro por parte de él parecía tener lógica. Efectivamente, en 1959 fue cuando se inauguró Rojo y Negro, año en el que supuestamente su abuelo consiguió el libro. Como otras personas que se hicieron con el Libro de Covington, fundó una librería de ocasión precisamente para custodiar el libro hasta la espera de un comprador. Puede que, como Carmichael decía, su abuelo bautizase a la librería Rojo y Negro al recordarle su experiencia al contemplarlo (por que sin duda lo abrió) a la vivida por Stendhal.

Lo más extraño para Marina era sin embargo el hecho de tener que esperar años y años a que alguien comprase el libro, al mismo Nicholas Carmichael cuando  le diese la gana (el dijo que esperaría al menos diez años) o algún familiar de este.  Pero para entonces habría ganado una enorme cantidad de dinero, ya que acordó con Carmichael que el precio de venta al menos duplicaría el valor por el cual la librara lo había comprado a Carmichael. Un negocio de compra y venta extraño y desconcertante, el de comprarlo a alguien que ni tan siquiera era el dueño (en el sentido estricto de la palabra) para luego revendérselo tiempo después. No quería ningún problema ni sufrir ningún destino trágico y la verdad es que ese libro antiguo, lujoso en su cubierta, voluminoso y con ese aspecto tan inquietante debido a una decoración en su portada y contraportada mas bien gótica (en lo que a las filigranas de la portada), le daba bastante mal rollo desde el principio y sobre todo con aquel cerrojo que a le recordaba a aquellos candados de los diarios íntimos de su infancia pero más a lo bestia. Carmichael le dijo que pensase bien cual podía ser al combinación de cuatro números, que podía ser la “razón más lógica”. Marina no quería guardarlo sin verlo antes, y tenía intención de mientras intentase en dar con la clave, guardaría el libro en su casa en la habitación. Después se encargaría de esconderlo. Carmichael le sugirió que lo dejase en el mismo agujero donde lo guardó su abuelo, pero a ella aquel escondrijo le parecía inconsistente  y decidió que buscaría algo mejor dentro de la librería.  



Poco después de recibir el cheque por la mañana, Nicholas Carmichael abandonó la ciudad. Marina, por su parte, estaba convencida de haber hecho lo correcto.  Iba a ser a largo plazo una gran cosa el vender dentro de unos años aquel libro a un precio de artículo de lujo. Nos sabía cuanto podía tardar, pero la espera merecería la pena. Además, ella y los suyos se habían librado de una desgracia segura.

Por la tarde, la joven regresó a la librería. Trató de buscar el escondrijo secreto más o menos donde le dijo Carmichael, pero para su estupor no encontró nada. Miró bien durante dos o tres días en el establecimiento, pero no halló ningún  compartimento con un ladrillo extraíble en ninguna parte del local. No sabía bien si  Carmichael le había mentido; le mandó un email a los dos días de que este se marchase pero aquella dirección que el coleccionista le había dado ya no existía. Durante ese tiempo, Marina guardó el libro en su casa tratando de dar con la combinación para abrirlo. Había probado 1877 (el año en que se imprimió), 1881 (el año de la muerte de Covington) o 1847, cuando Guy Covington nació. También probó el año de nacimiento de su abuelo y el año actual. Había llegado a al conclusión de que un número de cuatro cifras se tenía que corresponder a un año. Por la noche del mismo día en el envió el mensaje a Carmichael (y comprobó que había dado de baja aquella dirección de correo electrónico) dio por fin con la clave. Era 1959, el año en que se fundó la librería y el Libro de Covington cayó en poder de su abuelo.       


Al colocar la cifra en el panel la hebilla metálica se soltó y entonces fue cuando pudo abrir el libro. Eran casi las dos de la mañana y Marina había estado en vela tratando de dar con al combinación por tercer día consecutivo. Ahora ella misma iba a contemplar aquel libro maravilloso y legendario. Lo abrió y se encontró con dos  hojas en blanco. Pasó las páginas y todas estaban en blanco, no estaba impreso. Marina palideció y sintió como se le acababa la respiración. No fue capaz de pensar durante varios segundos, y cuando al fin lo consiguió, solo pudo  sentir una súbita sensación de terror y de haberse lanzado al vacío desde  lo alto de un acantilado. Descubrió que la primera página si tenía algo escrito, era la única página impresa. Pero aquel texto estaba escrito por ordenador, en letra Arial, impreso en un folio y pegado a la hoja. Escrito en inglés, esto era lo que ponía


Querido amigo,

Si has conseguido leer esto es que has dado efectivamente con la calve: 1959, año en el cual este libro fue fabricado por mi abuelo George Carmichael, aunque habrás puesto ese número por otro motivo.  Estas palabras las he escrito en Liverpool días antes de encontrarnos y no se en este momento si eres un hombre o una mujer, viejo o joven. En cualquier caso, habrás comprado este libro que como habrás comprobado no es el Libro de Covington si no un modelo de libro antiguo hecho por mi difunto abuelo, artesano encuadernador del norte de Inglaterra especializado en ediciones de lujo y copias de libros antiguos. Sir Guy Covington nunca existió, ni su libro tampoco. Tampoco hubo ninguna transacción de dicho libro a lo largo de más de cien años. Si te hubiese molestado en consultar y no hubieses sido tan ingenuo, ten a buen seguro que no estarías leyendo esto ahora. El que hayas comprado este libro significa que te has creído una historia sobre aventureros victorianos, libros de belleza sobrenatural que producían el síndrome de Stendhal y maldiciones provenientes de ese libro. Me sorprende que te hayas tragado también lo de la maldición y que haya sido eso lo que et haya impulsado a comprar este libro casi sin valor. No se lo que me habrás pagado, pero puede que haya sido una fortuna.

Te mereces no obstante una explicación de todo esto. En 1959, mi abuelo George, que se hizo popular en el área de Liverpool por sus portadas y cubiertas artísticas artesanales para ediciones de lujo y biblias, se veía forzado a cerrar de un momento a otro su taller ante la falta de clientes, ya que las biblias artísticas cada vez se pedían menos y otro tipo de portadas ya no se solicitaban a artesanos. Años antes había comenzado a hacer falsas portadas antiguas o copias de portadas de clásicos de la literatura que vendía cubriendo libros sin imprimir, como artículo de lujo, pero aquella parte del negocio también comenzó a languidecer. Yo aún no había nacido, pero él me contó que en 1959 se inventó la historia de un libro victoriano de factura única, escrito por un autor de su invención olvidado (ni el se acordaba que nombre le puso entonces) y aprovechó una serie de libros en blanco con cubierta de cuero y pan de oro que el había montado y fabricado para venderlos uno por uno por diversas partes de Inglaterra como unos libros antiguos obra de aquel autor. Su primer sistema fue meterlos  en una caja de cuero a modo de sobrecubierta para que el cliente no los abriese y viese que estaban en blanco descubriéndose el fraude, pero eso no funcionó y no puedo vender nada. Con el temor de que muchos le podían denunciar, el abuelo George decidió continuar con su plan de fraude en otros países fuera del Reino Unido pero ideó un sistema para que no se descubriese pronto el engaño. Creó un cerrojo que se abriría con una clave, al estilo de una caja fuerte, y lo colocó en uno de sus libros.

A continuación, mi abuelo marchó a Francia, Alemania, Italia, España. Nadie se lo quiso comprar sospechando el engaño, pero en su España, el hombre que acababa de fundar la librería Rojo y Negro, a la cual mi abuelo se dirigió, mostró interés por el libro, pero de alguna manera averiguó la clave estando mi abuelo con el y entonces le denunció a las autoridades. Tras unos incidentes diplomáticos, fue deportado al Reino Unido. Se enfrentó con una grave pena y termino de arruinarse. Aquel libro del cerrojo, que llevaba en el lomo su firma de GC, como todos los que fabricaba, lo conservó hasta el final de sus días. El siempre maldijo a aquel librero y siempre deseó vengarse. Ya se que no tenía ningún motivo real para ello, puesto que había sido culpa suya, pero el era así. Yo siempre le tuve en estima y prometí honrar su memoria haciendo lo que él no consiguió       

Tras la muerte del abuelo George, decidí pasar a la acción e investigué si la librería Rojo y Negro seguía existiendo. Comprobé que si, y desde hace dos años comencé a trazar mi plan. Comprobé que el fundador de la librería había muerto y me inventé la historia del Covington Book. No se que nombre dio mi abuelo a su escritor ficticio, pero seguro que sería alguno que empezase por GC, tal y como yo hice por motivos obvios. Después me puse en contacto con la librería y en el momento que escribo estas letras, aún estoy respuesta, aunque el hecho ya se ha consumado.

Supongo que no me habrá costado nada colocar el libro, que me he traído desde Inglaterra,  en su librería. Me he inventado una historia sobre un agujero tapado en la pared que espero que funcione, si le he contado otra, es que no he visto posible que sea creíble en su librería. He mirado por internet todo su  catálogo, toda la historia del establecimiento, sus características y también se que es pequeño, por lo que será lógico situar a mi libro allí, “oculto” en la pared. Lógicamente, ignoro como habré colocado el libro exactamente, pero me habré tomado mi tiempo en ver el local y las posibilidades que ofrece. Es muy posible que al final haya puesto el libro en la  estantería, semidesconocido aunque lo suficientemente visible para ser descubierto por el propio propietario de la librería. Una falsa y apresurada retirada puede hacerme ganar tiempo para colocar el libro, que he llevado guardado en mi bolsa, y siempre que yo no sea visto. Esto es relativamente fácil, si me aseguro que quedo fuera del campo de visión de mi interlocutor o interlocutores. El libro, habrá quedado entonces “guardado” en la librería        
Procura a partir de este momento de asegurarte que algo existe, aunque sea solo una leyenda o una ficción. Es normal que en internet no encuentres un personaje creado por un humilde profesor de secundaria de Liverpool y sobre el que además no ha contado nada a nadie salvo a ti. Ya solo por el hecho de no estar en internet, sería sospechoso, ¿no crees?

Siento haberte hecho este engaño, pero necesitaba hacerlo en memoria de mi abuelo. Los libros son una cosa realmente mágica, pero muchas veces pueden darnos disgustos.   


Afectuosamente

Nicholas Carmichael

Liverpool, UK



FIN

sábado, octubre 01, 2011

El aparatito de Lumiere EL ARBOL DE LA VIDA (THE TREE OF LIFE)


*****
 
Un caso extraño el del veterano Terrence Malick. Resulta incomprensible como un director que ha demostrado ser con creces uno de los mejores realizadores norteamericanos vivos no se haya prodigado más y en casi 40 años solo haya dirigido…5  films y 3 de ellos en los últimos 12 años. Y el caso es que sus últimos 3 filmes no ha hecho sino demostrar el gran maestro que es. Si en La delgada línea roja (1998) dejó patente no haber perdido un ápice de su grandeza en los 70 (con Malas Tierras (1973) y Días del Cielo (1978) ) y en El Nuevo Mundo fue capaz de hacer todo un inusual y espectacularmente bello peliculón con un mínimo de diálogos, con The Tree of Life Malick firma una nueva obra maestra poseedora de la perturbadoramente belleza de la mayor parte de su filmografía sublimada a cotas un tanto ambiciosas pero desde el punto de vista poético, más que oportunas y efectivas.   

Todo el que conozca al filmografía del genio ermitaño del cine de Hollywood (algo así como la versión cinematográfica de JD Salinger) supondrá que esta no es una película cualquiera desde el punto de vista tanto comercial como artístico, y ya si se advierte la premisa de esta película, que no es otra que una reflexión-explicación del sentido de la vida humana desde un punto de vista con fuertes connotaciones religiosas (pero también humanistas) es fácil concluir que el reto cinematográfico es de órdago. Pero tratándose de Terrence Malick, se sabe que algo bueno va a ocurrir, y de hecho ha ocurrido: ha dirigido una auténtica obra maestra. Tal vez directores como él sean los únicos capaces de llevar a cabo y con éxito historias de este tipo, aparentemente desmedidas en cuanto a ambiciones, pero que si salen bien… la obra de arte está asegurada. Ambientada en su mayor parte en los años 50, el árbol de la vida tiene como personaje central a Jack, el hijo mayor de los O´Brien, una familia texana de clase media que tiene como cabezas de familia a un marido de profesión ingeniero (Brad Pitt) distante con su familia especialmente con sus hijos pero deseoso de dar amor a los suyos y a una esposa (Jessica Chastain) volcada con sus tres retoños varones que viene a representar para Jack el cariño y el amor frente al carácter un tanto impositivo de su padre. Llegado a la pubertad, Jack, que creció como un niño feliz al igual que sus hermanos, comienza a rebelarse contra su padre, contra él mismo y en definitiva, contra la vida misma, sin saber por que. Una historia que se expande hasta un adulto Jack (Sean Penn) en la época actual, un hombre que vive con el recuerdo de su pasado y con dudas sobre todo lo que ha vivido y sobre el sentido que ha tenido todo lo conocido, vivenciado y sentido en su vida.   

Escenas de la película que muestran la creación del universo y la tierra o situadas en la era de los dinosaurios (rodadas por ordenador) señalan que lo que se os cuenta es algo tan trascendente como el universo mismo, que no es otra cosa que el sentido de la vida humana y la finalidad de nuestra existencia. Y así hasta un prólogo y algunas escenas que parecen remitir al fin de los días. Unas premisas abrumadoramente ambiciosas las de esta película que de alguna manera, y como la crítica ha señalado, parecen remitir a 2001 Odisea del Espacio, pero en todo caso en otro nivel más humanista, religioso (judeocristiano) y también un tanto new age. Sería bastante reduccionista ver a este filme como un canto a la consciencia de un Dios trascendental, ya que sus pretensiones parecen ser un tanto más terrenas, pero que duda cabe que encenderá debates desde el punto de vista religioso. Y en lo estrictamente cinematográfico, pues que decir de un soberbio y trabajado ejercicio con un estilo narrativo inusual y envolvente reforzado por unas imágenes irregulares y granulosas pero enormemente bellas y sugerentes, un tratado completo de poesía en imágenes en movimiento que llega a ser en no pocos momentos emocionante. Con muy pocos diálogos, la película no resulta pesada y por su acertado tratamiento y enfoque cotidiano y naturalista, resulta bastante cercana aunque en algunos momentos pueda parecer lo contrario. Es preciso por parte del espectador una gran entrega a esta película para no perder un ápice del sentido de lo que se nos trata de transmitir, algo que en ocasiones no es fácil, pero una vez que se llega al final, la sensación de satisfacción al contemplar toda la historia en su conjunto es bastante grande.

Esta claro que esta no es una película para todos los gustos y que a algunos les puede parecer incomprensible y un tanto pedante, pero no hay que llevarse por los prejuicios. Una enorme experiencia cinematográfica que nos recuerda lo grande que puede legar a ser el cine cuando la belleza y el placer de contar y transmitir experiencias del ser humano van de la mano  

sábado, septiembre 24, 2011

EL LIBRO DE COVINGTON (II) Relato de ficción




 
III


La noche estaba llegando ya, pero en el interior de la trastienda de la librería Rojo y Negro no había ventana alguna y era como si al entrar allí - una habitación gris llena de bloques de folios, cuadernos, cajas de cartón, algunos libros en estanterías y un par de sillas- uno perdiese la noción del tiempo si estaba un rato prolongado tal y como suele ocurrir en todos los espacios cerrados sin contacto con el exterior, y por ello Marina ignoraba que ya eran más de las nueve de la noche. Ella escuchaba con atención, apoyada en la pared, las palabras de Nicholas Carmichael sentado en una silla, aquel coleccionista de libros antiguos convencido de que por fin había hallado lo que estaba buscando aunque aparentemente no tuviese ninguna prueba.


Carmichael le habló a Marina de Guy Covington. Había nacido en 1847 en Guilford, Surrey. A los siete años se trasladó con su familia a la India, ya que su padre fue un coronel del ejército británico destinado a aquel país que más tarde llegó a general luchando contra los rebeldes en la revuelta de 1857. El pequeño Guy vivió en la joya de la corona del imperio británico hasta 1860, año en el que la familia se estableció en Londres. Durante su estancia en la India, Covington trabó una estrecha relación con su tío materno, un naturalista que se había asentado en aquel país tras recorrer gran parte de Asia y de África buscando nuevas especies de animales y plantas y en asa largas ausencias en misiones del general Covington llevó varios veranos de viaje a su hermana y su sobrino por Pakistan, China, Siam, el oriente próximo. De nuevo en Inglaterra, en 1865, Guy Covington comenzó a estudiar leyes en Oxford, pero solo un año después dejó los estudios y decidió viajar como pudo por varias partes del mundo durante cinco años: que se tenga constancia, las indias orientales, África del norte, Rusia, Mongolia, Egipto, Brasil, Perú, México, Norteamérica y casi  toda Europa. En las Américas debió hacer fortuna y una vez de vuelta a la Gran Bretaña, el joven Covington fundó una fábrica de algodón y comenzó a fundar obras benéficas, especialmente para huérfanos. Era un hombre muy culto (su madre era una propietaria de una amplia biblioteca) y ya antes de los 30 años frecuentaba ambientes literarios, artísticos y científicos conociendo a  Darwin, Charles Lyell, Thomas Huxley, John Ruskin, Thomas Hardy, Tennyson, y los hermanos Rosetti, entre otros, además de seguir viajando siempre que podía. En 1877, con 30 años, Guy Covington fue nombrado Caballero del imperio Británico por la reina Victoria por sus obras de caridad en el sur de Inglaterra y es aquel año cuando decide escribir un libro del que ordena solo imprimir un ejemplar. De lo que trataba ese libro sin título y perdido desde hace 30 años solo hay conjeturas: se cree que allí se contaban sus vivencias en los diversos países que visitó, también que hacia un compendio de las maravillas que vio: monumentos, obras de arte, maravillas naturales, paisajes, selvas, ríos, animales. También se dice que hablaba de las virtudes de los habitantes de diferentes pueblos y razas que conoció tratando de hacer un estudio de la bondad humana en los diferentes países. No faltaban tampoco los que sostenían que en el libro figuraban grabados hechos por el mismo Covington representando varios parajes y objetos artísticos del mundo, hechos con una total minuciosidad y realismo que resultaban sobrenaturalmente hermosos. No obstante no se sabía o se tenía constancia de si Guy Covington sabía dibujar o pintar, nadie nunca había visto ningún dibujo hecho por él.        


Marina pensó que era muy extraño que ella jamás hubiese oído hablar de ese tal Guy Covington ni hubiese leído en ninguna parte nada sobre él. Carmichael dijo que era imposible averiguar sobre el por las “vías ordinarias”, y que él llego a saber su historia y la de su libro después de investigar un tiempo la literatura inglesa y el mundo editorial británico de finales del siglo XIX. Tampoco dijo como, y Marina realmente no tenía ganas de preguntarle más, estaba convencida de que Carmichael era un charlatán, un farsante. Pensó que la mejor manera de cortar la situación era dar por concluida la reunión, y hacer que el coleccionista se volviese a su hotel dejándole claro que no quería ninguna reunión posterior ni seguir hablando sobre el tema. No se explicaba como podía haber recorrido tantos kilómetros para tratar de engañarla con una historia así


- Si lo desea, podemos poner fin a esta reunión. Noto que esta historia no le convence, pero estoy convencido de que el Covington Book esta aquí, solo hace falta buscarlo.
- Eso es imposible. No solo se de memoria los libros que tenemos en venta o que llegan al almacén, sino que además le aseguro que en ninguna de las cajas, cajones o estanterías hay ningún libro perdido
- ¿Ha mirado en las partes traseras de las estanterías, por si hay algún libro puesto a  lo largo, detrás de las hileras de ejemplares?
- Desde luego que no hay ningún libro así, yo misma compruebo las estanterías todos los días.
- Bueno, yo creo que si busca bien puede que encuentre algo. Me temo que debo irme ya, es muy tarde. He hecho una reserva de tres noches y mañana volveré a esta librería sobre las cuatro horas de la tarde, espero que para entonces usted haya tenido tiempo de revisar la tienda lo mejor posible, siempre que la atención a la clientela se lo permita. Buenas noches
Carmichael cruzó la puerta de la trastienda. Marina se quedó inmóvil, aún confusa  con aquel extraño encuentro. Aunque ya no veía al inglés, percibía que aún no había abandonado la tienda, como si permaneciese ante la puerta de al librería esperando que Marina le dijese algo más.  
- ¿Cómo llegó ese libro a esta librería?- Gritó desde la trastienda.




IV


Carmichael volvió para explicar el periplo del libro. En 1882, Sir Guy Covington se encontraba en Francia con el único ejemplar de su libro. En años anteriores en aquel país descubrió un monasterio cisterciense, hoy desaparecido, cerca de Burdeos y decidió confiar a los monjes la custodia de su libro, con la condición de que no lo abriesen jamás y que pasado un tiempo prudencial, se deshiciesen de él quemándole. Dos meses después, Sir Guy falleció en Inglaterra en un duelo muy posiblemente con un editor por un asunto de estafa o tal vez algo relacionado con el libro. Sea como fuere, un editor viajó hacia el monasterio francés poco después y compró el libro a los monjes, quienes incumplieron su palabra. Al parecer el editor vendió inmediatamente el libro a una librería de Burdeos con las instrucciones de ser escondido en secreto hasta que otra persona lo comprase, esa parecía haber sido la última voluntad de Covington en el lecho de muerte, no obstante el editor quiso vender el libro por un precio muy alto, a lo que el dueño de la tienda se negó. Al día siguiente, la librería fue pasto de las llamas. El editor inglés entonces ofreció el libro a otra librería, también de las  mejores de Burdeos, y esta aceptó comprar el libro al enorme precio estipulado, comprometiéndose a esconderlo hasta la aparición de un nuevo comprador. El libro de Covington estuvo en aquella librería hasta 1904. Según Carmichael, se sabe que en aquel 1904 un librero y coleccionista de Nantes supo de la historia del libro de Covington y averiguó- no se sabe de que manera- que se encontraba en Burdeos. Se trasladó allí y ofreció una cantidad muy pequeña por el libro, a lo que los propietarios del establecimiento se negaron. Cinco días después a aquel librero se le diagnóstico tuberculosis y no tardó en morir. Antes comunicó a un reputado colega suyo de Marsella la existencia de ese libro por el que podía obtener una sustanciosa cantidad si lo vendía posteriormente a buen precio  en su establecimiento, ya que él no estaba dispuesto a pagar un precio desorbitado por un libro del que era muy posible que no obtuviese ninguna ganancia ya que el nuevo comprador podía aparecer una vez él hubiese muerto. El marsellés pensó sensatamente en que merecería la pena gastarse el dinero en un artículo que si a él no le reportaría beneficio, sí a sus herederos en el negocio. Compró el libro en Burdeos cuatro meses después de que su colega de Nantes rechazase su compra y siguiendo las instrucciones dictadas por los libreros bordeleses lo escondió en su establecimiento. La librería de Burdeos consiguió ser una de las más importantes del sur de Francia hasta los años 20. 


El libro permaneció en Marsella hasta 1939. Para entonces, el dueño fundador de la librería ya había fallecido y fue entonces cuando un periodista español, exiliado  con la guerra civil, apareció en la librería. El había sabido no solo de  la  historia del libro, sino del malditismo que le perseguía. Sabía también que cada uno de los nuevos propietarios del libro habían intentado abrir aquel libro que los monjes franceses habían resguardado con una especie cierre-hebilla de muy complicada apertura ya que contenía una clave secreta de números cuya combinación llegó a ser averiguada por los custodiadores tras múltiples intentos y varios años, y que al contemplar su interior del libros se quedaron extasiados ante tanta belleza que decidieron no volver a abrirlo en sucesivas ocasiones, cerrándolo con una nueva clave. El periodista, enterado de las terribles consecuencias de tratar de negociar a la baja con el libro, aceptó el enorme precio impuesto por los libreros y se volvió con él a su actual residencia en una localidad francesa cerca de los pirineos. Cuando estalló la II Guerra Mundial el español aún no había conseguido vender el libro a ninguna librería de Francia, aunque se daba el hecho de que todas las librerías que lo rechazaron desaparecieron durante la contienda. Solo un joven coleccionista de libros parisino se interesó por el libro –al parecer la leyenda de que el libro se encontraba en el sur del país corrió como la pólvora entre los bibliófilos franceses- y lo adquirió a un precio prudente en 1943. Tras el armisticio, puso una pequeña librería de ocasión en el Barrio Latino de París donde escondió el libro: había fundado la librería solo para guardar el libro de Covington. En 1947, un empresario zaragozano que hacía bastantes negocios en Francia compró el Covington Book a un enorme precio para la época, tanto es así, que el dueño de la librería de París pudo montar toda una editorial. El empresario, que muy posiblemente hubiese conocido al periodista español y por el supiese la existencia del libro, guardó el ejemplar en una librería de ocasión que inauguró en Zaragoza solo para custodiarlo. No obstante, él prefirió deshacerse del libro por su cuenta ante la perspectiva de que el comprador tardaría en llegar, y durante los años 50 del siglo XX contactó con varios coleccionistas y buscadores de libros antiguos para que lo adquiriesen pero sin éxito mientras el libro permanecía escondido en la librería. Tras el fracaso con los coleccionistas, probó con empresarios e industriales de otros sectores y sin éxito. También en librerías de todo tipo en toda España y no consiguió nada. Solo quedaba una opción, ¿Podía comprar aquel libro alguien de a pie que le gustaba leer, que le gustaban los libros?

El gerente de la librería de Zaragoza, previa orden de su patrón, se dedicó a captar de entre los escasos clientes del establecimiento quien podía aceptar adquirir un artículo de esas características y se comenzó así una estrategia consistente en dirigirse por parte del gerente a clientes para comunicarles la existencia de un antiguo  libro fabuloso cuya contemplación de su belleza provocaba el síndrome de Stendhal. Había gente que no creía esa historia y otros aseguraban no tener dinero para comprar ese libro. Finalmente, en 1959, un cliente de otra ciudad muy aficionado a los libros clásicos que andaba buscando ediciones antiguas de Stendhal al parecer mostró el mayor interés hasta entonces por el libro de Covington y por su historia, pero no podía pagarlo. El gerente de la tienda llegó a mostrárselo, y el cliente en un descuido, lo robó. Se tenía certeza de que poco después fundó una librería de ocasión en su ciudad, la misma ciudad donde Nicholas y Marina se encontraban ahora, allí es donde sin duda se encontraba el libro de Covington. Nadie  lo había comprado ni tratado de comprar durante más de 50 años, salvo George, el abuelo de Nicholas Carmichael, también aficionado al bibliocoleccionismo que fracasó en su empeño por hacerse con el libro ya que el propietario de la librería le exigía un precio muy alto. El abuelo de Nicholas se interesó mucho por la historia del Covington Book durante toda su vida pero no contó todo esto a sus hijos, solo a su nieto y poco antes de su muerte, el deseaba que fuese él quien se hiciese con el libro. George Carmichael también llegó a  saber- y así se lo hizo saber a su nieto - que el libro llegó a aquella librería robado por primera vez en toda su historia y que comprarlo por su valor real sería un acto de justicia, sobre todo cuando se daba el hecho de que los Carmichael eran descendientes del hombre que mató a Covington en duelo por un dinero que el joven aventurero no devolvió a su editor por otro libro que jamás se imprimió: el editor quiso como uno de los desagravios hacerse con la propiedad del libro impreso en una única copia, pero Covington se negó.    


- Señorita, su abuelo robó el libro de Covington y lo ahora está escondido aquí en alguna parte. Fue algo muy vil el hecho que lo robase y eso además, dadas las circunstancias extrañas que rodean a este libro, podría traer consecuencias muy graves para su familia. Es muy posible que incluso yo comprándolo, el hecho de que se trate de un libro hurtado, no les libre de su maldición para todos aquellos que intentaron mercadear malamente con él. Si su abuelo no sufrió las consecuencias, sus padres o usted puede que sí.  
- Usted no conoció a mi abuelo, Sr. Carmichael, no era ningún ladrón - Marina estaba roja de ira pero se contuvo de subir mucho la voz con un tenso tono- y ya ha visto que aquí no hay ningún libro con cerrojo ni nada parecido. Por favor, váyase. 
Nicholas Carmichael puso cara de circunstancias, dio media vuelta y abandonó la librería, cuya puerta por cierto estaba cerrada: Marina no se acordó hasta que Carmichael se encontró delante de la puerta y entonces tuvo que abrirla. No hubo ninguna palabra de despedida entre los dos.


Serían casi las diez de la noche. Marina sentía que había estado perdiendo el tiempo, sobre todo con esa última historia, que sobraba. Se había puesto ya la chaqueta, había cogido el bolso y se disponía por fin a ir a casa cuando algo en la estantería que estaba enfrente de la mesa la empezó a inquietar. Se veía una mancha parduzca en una esquina tras una hilera de libros de formato pequeño. Pensó que sería suciedad, pero al acercarse vio que era una superficie como de cuero, de color marrón oscuro. Nos sabía como no la había visto antes, tal vez fuese algo que había dejado verse tras andar trasteando Carmichael en los libros. No era muy habitual que los clientes anduviesen con tanta intensidad en los libros expuestos y cuando esto ocurría solían dejar los libros puestos en las estanterías de mala manera y desordenados esto era lo que había ocurrido y ahora se veía que había otro libro detrás de la hilera de aquel estante. Apartó los libros que estorban y cogió aquel ejemplar, era un libro gordo y con aspecto de ser muy antiguo. Estaba cubierto de polvo pero se veía claramente su color marrón oscuro. La cubierta era de cuero con varios motivos dorados en la cubierta, contraportada y lomo. No ponía título alguno y pesaba lo suyo porque estaba cerrado con una especie de hebilla de estaño que atravesaba el lomo y parte de la cubierta. En la parte de la cubierta había una apertura con cuatro números grabados sobre hierro. En el lomo pudo ver unas pequeñas iniciales grabadas en la parte inferior de este: GC.

No lo podía creer, aquel libro existía y estaba allí.  



CONTINUARÁ

martes, septiembre 20, 2011

El aparatito de Lumiere COWBOYS & ALIENS / LA PIEL QUE HABITO

COWBOYS & ALIENS 

 
 *

Catorce años han pasado desde que este proyecto comenzó a gestarse hasta su estreno. Varios guiones desechados y modificados y un sin fin de nombres implicados hasta que Jon Favreau fue elegido como director, con Steven Spielberg de productor y como protagonistas, ni más ni menos que el James Bond actual, Daniel Craig, y Indiana Jones de toda la vida, Harrison Ford (no es la primera vez que actores que encarnan a estos dos personajes de ficción se juntan en la pantalla). Y el resultado, pues un total despropósito en esta nada convincente hibridación de dos géneros-nicho con marcada personalidad exclusiva como son el western y la ciencia ficción. No se sabe si esto es un homenaje a las series B, a los pulp o una relectura de ambos géneros en clave de tributo cinéfilo que al final resulta una cosa un poco paródica y sin un gramo de voluntad de ganarse una credibilidad ni tan siquiera mediante guiños frikis o algún ejercicio no ya de homenaje sino de  respeto a un género tan significativo en la historia del cine como es el western. Un guión mínimo y pueril y todo un conglomerado de tópicos del mundo del far west en cuanto a personajes, escenarios y situaciones reducidos a lo más manido y previsible, no lo gran levantar una película que no constituye ni tan siquiera un entretenimiento.

Es cierto que los efectos especiales están conseguidos y que los actores se esfuerzan en dar empaque a sus personajes, especialmente Daniel Craig en el papel de un forajido desnortado y amnésico con un misterioso brazalete que llega sin saber como a al típico pueblo del oeste, pero falta aventura, acción, una historia más elaborada y sobre todo inteligencia. Una pena, porque  pese a lo delirante del planteamiento de la película, se podía haber conseguido una cosa bastante mejor.  



LA PIEL QUE HABITO

 
 
**

Por mucho que digan Pedro Almodóvar anda últimamente de capa caída. Después de Hable con ella, una de sus últimas joyas, el ínclito cineasta manchego parece ya haberse relajado y pese a mantener aún su indudable buen hacer y sus enormes dotes de narrador, no ha sido capaz de volver a firmar otra gran película e incluso sus más fieles seguidores han tenido que conformarse con películas simplemente aceptables, pasables o incluso irregulares, tal ha sido el caso de La mala educación (2004), Volver (2006) o Los abrazos rotos (2009). En esta ocasión Almodóvar dirige su mirada al thriller con elementos de ciencia ficción en un filme basado en una novela de Thierry Jonquiet cuyo principal atractivo a priori era el reencuentro con su ex protegido y “descubrido” Antonio Banderas, en uno de sus contados regresos al cine español en los últimos 20 años. No esta nada mal el actor malagueño en el complejo rol de un prestigioso cirujano plástico con escabrosos datos en su pasado personal y familiar que emprende una delirante aventura utilizando a un ser humano como cobaya de sus experimentos con una nueva piel transgénica de su invención. Nada se puede reprochar a Banderas, dueño absoluto de la función con un personaje que por desgracia da menos de lo que promete. No tan convincente es la interpretación de su protagonista femenina, Elena Anaya: a ratos ciertamente brillante pero otros un poco cargante (y es que esta chica a mi nunca me ha convencido, pese a lo guapa que es). 

La piel que habito es una película que tiene sus puntos de interés: es un ejercicio narrativo muy bien resuelto con sorpresón incluido (hombre, el espectador puede intuir algo si se le da al tarro mucho juntando algunas piezas) y no abusa ni de sustos ni de tópicos facilones del thriller, pero da la impresión que el director no se ha currado mucho el alcance de la historia y todas sus posibilidades; Almodovar no parece tomarse muy en serio el género fantástico como un genero serio (valga la redundancia), y deja todo a medio hacer y de mala manera. La película parece tomar un tanto bastamente elementos del cine de David Cronemberg, de La Isla del Dr. Moreau, de Frankenstein e incluso de Reanimator (especialmente en lo concerniente al personaje del Mad Doctor) en su vertiente ci-fi mientras que en el plano thriller Hitchcock vuelve a ser la manida referencia, pero todo se queda en una maraña de esbozos.  Como suele ser habitual en Almodóvar, la dirección de actores es impecable con un largo reparto en el que también se encuentran una muy convincente Marisa Paredes como la criada de toda la vida del doctor Lergard, Barbra Lennie, Roberto Álamo, Eduard Fernandez y dos jóvenes descubrimientos: Blanca Suarez como Norma,  la atormentada hija veinteañera del protagonista y Jan Cornet como el esquivo y ambiguo moralmente Vicente, dos personajes que son los que empujan la acción de la película. Por otro lado, resulta ya un poco cansina la costumbre de Almodóvar de incluir personajes y situaciones casi prescindibles (como el de Roberto Álamo) y de estirar el guión con recovecos absurdos.

La piel que habito es una película cuya factura y resultado no se sabe si gustará o no a los más files seguidores del cineasta y es seguro que genere división de opiniones, pero todo eso no evitará que haga una taquilla excelente (como suele ocurrir con el cine de Pedro Almodovar), aunque sea solo por inercia. De todas formas, si el cine español tiene que vivir de películas de este director para cuadrar cuentas, da la impresión de que la gallina de los huevos de oro se va agotar antes de lo pensado. 

sábado, septiembre 17, 2011

EL LIBRO DE COVINGTON (I) Relato de ficción

 
 
  

I


Era una cosa interesante, pero ella nunca había pensado que iba a formar parte ella. Había crecido viendo como sus padres llevaban aquel negocio familiar que una vez perteneció a su abuelo paterno y que tras la muerte de este ellos tomaron sus riendas. Marina había crecido con la presencia perenne en su vida de aquel pequeño establecimiento dedicado a los libros antiguos y de ocasión. Su madre desde bien joven entró allí como dependienta para ayudar a sus abuelos y ella siempre vio a su familia- su padre también comenzó a trabajar allí una vez se hubo casado- en aquel orbe de libros raídos y carcomidos dispuestos en estanterías que atravesaban el local. Para Marina daba igual que los libros fuesen nuevos, viejos o antiguos, ella siempre había visto libros de segunda mano, de veinte, cuarenta, sesenta o hasta cien años atrás (o más) casi siempre, y para ella desde pequeña no tenía importancia que los libros que leía algún día al hacerse mayor los dejase de leer por que sabía que existía la posibilidad de que aquellos libros algún día fuesen propiedad de otros niños si se conservaban en un estado lo suficientemente bueno, y podían durar años y años y pertenecer a generaciones y generaciones de niños a lo largo del tiempo. De pequeña, Marina creía que eso siempre era así, que el destino de todos los libros del mundo no era morir en papeleras ni en bolsas de la basura, sino perdurar en el tiempo si se les trataba con cariño. Por eso ella siempre quiso mucho a los libros y se aficionó tanto a la lectura, un hábito que no había dejado cuando entro a trabajar en la librería de ocasión de sus padres a los treinta y un años de edad. De todos modos, Marina no tardó en aprender que el destino de la mayor parte de los libros no era el que ella creía, ya que estos casi siempre terminaban perdidos o desarmados después de treinta, cuarenta, cincuenta años, cuando pasaban a diferentes generaciones y las nuevas perdían el interés en los libros antiguos y los tiraban, eso si corrían la suerte de durar varias décadas sin desperfectos.

Marina siempre fue consciente que aquella librería de su familia no era como las otras que conocía; allí no se vendían ni las últimas novedades editoriales ni los best seller de Clancy, Grisham, Tom Wolfe o Stephen King, ni nuevas ediciones de clásicos de la literatura, ni libros de texto de los cursos actuales, ni libros de auto ayuda, ni libros de cocina ni dada de eso, allí ella vio ejemplares de los años veinte de Pantagruel de Rabelais en francés, pequeños ejemplares casi de bolsillo de Peter Pan  de los años cuarenta, enciclopedias enteras de los cincuenta como la Durvan, una edición escolar del Quijote de los sesenta, un bello ejemplar de los Cuentos de Canterbury en español de los años diez, libros de urbanidad y buenas costumbres, un ejemplar en alemán de Der Zauberberg de Mann de los años veinte (posiblemente de las primeras ediciones) y todo un contingente de libros usados una, dos, tres o las veces que hiciese falta que llegaban a aquella tienda por medio de vendedores de toda clase y procedencia y que a su vez hacían llegar a compradores de todo tipo, edad y condición, aunque no tantos como en una librería “normal” . A ella desde pequeña cuando le preguntaba en que trabajan su abuelo o sus padres  ella contestaba que “en una librería” porque no estaba del todo segura si la gente entendería que su familia se dedicaba a comprar y vender libros antiguos y viejos de los que había personas que incluso nunca habían oído hablar.  Marina a los 31 años llevaba varios meses sin trabajo, y entonces sus padres el propusieron entrar a trabajar en la tienda de libros de ocasión, algo que ella nunca se había planteado. No era que despreciase aquel negocio, era simplemente que ella siempre había considerado que aquella peculiar ocupación desaparecería cuando sus padres se jubilasen porque a la gente cada vez le gustaban menos los libros. Estudió económicas y tras trabajar varios años se vio en la calle; aquel lugar llamado por su abuelo Rojo y Negro - Libros de Ocasión era la única salida que se vislumbraba.    
       
Había pasado casi año y medio desde que Marina entró a trabajar en Rojo y Negro y aquello que no le parecía tan fascinante como a muchos de sus amigos, amantes de la lectura como ella, que la envidiaban por tener una ocupación tan peculiar e inusual; tal vez porque ella lo había vivido desde pequeña como una parte consustancial de su vida, pero tampoco podía negar que sentía un especial placer por aquel empleo que le facilitaba el trato con el público -algo que a ella le gustaba- y estar en contacto con aquellos objetos tan entrañables que eran los libros en una sociedad que parecía haberse olvidado de la letra impresa en favor de los últimos inventos digitales: esa era la parte mala del asunto, no sabía cuanto podía durar eso y si iba a ser su propio negocio cuando sus padres se jubilasen. Desde algunos años atrás sus padres decidieron que el establecimiento tuviese una página web; era uno de las escasas librerías de ese tipo en aquella capital de provincia y pese a ser ampliamente  conocida entre clientes de la zona y lugares limítrofes, así como de todo el país e incluso de aficionados extranjeros a libros antiguos (Rojo y Negro era una tienda con más de 50 años) era necesario ampliar el público y entonces comenzaron a hacerse compras por internet. Ya antes de entrar a trabajar allí, Marina había ayudado a sus progenitores a poner en marcha esa web y seguía con interés todas las compras que allí se realizaban. Una vez comenzó a trabajar allí, el comprar y vender por internet era ya algo rutinario, pero seguía teniendo su pequeño gramito de interés, sobre todo cuando había en venta ejemplares más raros de lo habitual, aunque verdaderamente pocas veces en la historia de Rojo y Negro se había puesto en venta algún libro especialmente raro o inusual, de esos que atraen como un enjambre de moscas a coleccionistas de todo el mundo. Pero un mensaje turbó un día lo que era el día a día sin sobresaltos de la librería, o al menos desde el punto de vista de Marina.

El mensaje decía así:
  
I have seen you have a book in your bookshop that is of my interest, but I can´t say to  you now which is; I´m afraid you didn´t know you were in possession of this book. I will tell you why when I´ll arrive to your city in a few days.

Nicholas Carmichael
Liverpool, UK

(He visto que ustedes tienen en su librería un libro que es de mi interés, pero no puedo decirles ahora cual es; me temo que ustedes no sabían que estaban en posesión de ese libro. Les explicaré por que cuando llegue a su ciudad en unos días.

Nicholas Carmichael
Liverpool, UK)


Marina no tenía ni idea a que libro se refería este tal Nicholas Carmichael. Había en ese momento unos 400 ejemplares en la tienda, todos ellos listados y reseñados en la web. Aunque ya casi se sabía todo el catálogo de memoria, lo repasó aquella noche en su casa por si había algún ejemplar incunable que se le había pasado, pero corroboró algo que ya sabía, que no había ningún libro raro o incunable. Entonces solo cabía pensar que el interés del comprador inglés sería sobre algo más normal y ordinario,  como podía ser el Para nacer he nacido de Pablo Neruda en una de sus primeras ediciones, El coronel no tiene quien le escriba en la edición de una conocida editorial española ya desaparecida, o un Quo Vadis de Sienkiewicz parte de una colección sobre escritores premios Nobel; o, por que no, aquel ejemplar tan curioso de una libro de Tintín en francés, en formato apaisado, que ella jamás vio de tal guisa en ninguna librería, puede que fuese aquel, ya que los cazadores de tebeos, aunque no eran muchos (de hecho en Rojo y Negro nunca tuvieron muchos libros de cómics) eran bastante fanáticos e insistentes y eran capaces de recorrerse kilómetros y kilómetros tras la pista de alguna rareza. Pero sea lo que fuese, nada justificaba  secretismo y misterio.

Tres días más tarde, Marina recibió un nuevo mensaje de Carmichael, cuya dirección remitente estaba oculta. Iba a personarse en la ciudad el próximo martes, dentro exactamente de cinco días. No daba más explicaciones, ni ninguna dirección de  email de contacto, ni ningún teléfono, ni tan siquiera señalaba donde y como se produciría el encuentro cuando llegase. Marina pensó que esos detalles los señalaría en mensajes sucesivos, aún así le inquietaba tanto oscurantismo. Estuvo buscando por internet algo sobre ese Nicholas Carmichael de Liverpool, no encontró nada. También miró en Facebook, había demasiadas personas con ese nombre y muy pocas pistas para conocer si era  el Carmichael que buscaba. Decidió finalmente no darle demasiada importancia a todo aquello, el asunto a pesar de todo no merecía preocupación: ese tío llegaría en avión, tomaría un autobús o taxi hasta la ciudad y después daría con al tienda, aunque Marina esperaba que la dijese la hora en la que iba a aparecer en el establecimiento o al menos tratase de concertar una cita.

Al día siguiente Marina recibió otro mensaje de Carmichael. Quería acudir a la tienda después de que esta cerrase y preguntó si eso era posible, adjuntando para la respuesta una dirección de correo electrónico que tenía bastante aspecto de haber sido creada uno o dos días antes y que lo más probable es que no se tratase de su dirección email habitual. Marina le contestó que no veía la razón para hacer eso y que si deseaba comprar o mirar algo que acudiese durante el horario normal del establecimiento. La respuesta de Carmichael llegó pronto:

It´s very important to do the deal without anybody else watching us. I beg you to do an exception with me, I will appear shortly after you have closed the bookshop. I want to arrange an appointment with you in some place near there, please choose yourself the hour. Yours sincerely.  Nicholas Carmichael.
        (Es muy importante hacer el negocio sin que nadie más nos vea. Le ruego que haga una excepción conmigo, me presentaré nada más haya cerrado la librería. Quiero citarme con usted en algún lugar cercano a ella, por favor escoja usted la hora. Suyo atentamente. Nicholas Carmichael). 




II


Eran las ocho y diez minutos de la tarde y Marina estaba esperando en el mayor parque de la ciudad. Aún era de día y se veía bastante gente paseando en un día no muy soleado pero cálido, propio de la zona en el mes de junio. La cita con Carmichael era junto a una de las estatuas más típicas del parque y por extensión de la ciudad; no tenía pérdida habiendo visito alguna fotografía por internet y con un buena guía o plano de la localidad. Marina supuso que el comprador inglés habría llegado al aeropuerto por la mañana y que habría pasado parte del día en la ciudad, pero desconocía cuantos días se iba a quedar allí y si había reservado habitación en algún hotel. No sabía nada de aquel hombre ni que era exactamente lo que quería. Ni tan siquiera estaba segura de haber hecho bien accediendo a quedar con el, en horas fuera de trabajo, teniendo que acudir de nuevo a la librería cuando ya había cerrado al público y sin que sus padres, los propietarios del negocio, supiesen nada ya que estaban de vacaciones. Vio aproximarse a un hombre de entre cuarenta y cuarenta y cinco años alto, delgado, de pelo entre rubio y pelirrojo que en la lejanía parecía corto pero que al acercarse comprobó que se trataba de pelo largo recogido en una coleta, gafas, camisa blanca, pantalón marrón oscuro y una especie de macuto colgando de su hombro. Coincidía con la descripción que le pasó dos días antes, era Nicholas Carmichael.

Nicholas Carmichael solo chapurreaba el castellano, aunque decía dominar el alemán y el francés, además de conocer algún que otro rudimento de otras lenguas. La presentación y el resto de la conversación se desarrollaron en la lengua de Shakespeare. Dijo dedicarse a la enseñanza secundaria en un instituto de Liverpool, y que el coleccionismo bibliográfico era para el un hobby desde hacía años. Había viajado a varios países en busca de libros, pero desde hacía tiempo andaba buscando uno en concreto.  Hablaba tranquila y pausadamente pero Marina también le denotaba cierta ansiedad e incluso entusiasmo contenido, aunque parecía querer guardarse de mostrar sus sentimientos semi eufóricos o más bien parecía querer reservarlos para otro momento. No quiso a adelantar a Marina anda hasta que llegaron a la librería, que no se encontraba lejos del parque y a la cual pudieron llegar andando.

    El coleccionista nada más llegar a Rojo y Negro empezó a ver y ojear algunos de los ejemplares del establecimiento, antes de que Marina pudiese hacerle alguna pregunta. Esto le puso bastante tensa a la joven, que observaba entre enojada e intrigada a Carmichael agarrando libros por aquí y por allá y ojearlos, a veces con rapidez y otras veces con parsimonia. Pasaron así unos tres o cuatro minutos, hasta que el coleccionista de cabello pajizo dejó de ensimismarse con los libros dirigió su mirada a Marina:     
- Le voy a decir que es lo que deseo, el libro que llevo casi tres años buscando. Es un libro que usted no sabe que tiene en su tienda, pero sé perfectamente que esta aquí
Marina preguntó como sabía que había en la librería un libro del que ella misma ignoraba su existencia, siendo además imposible que hubiese algún libro no catalogado e identificado. Se trataba de un libro escondido, según la respuesta del coleccionista. Un libro adquirido allí hace más de cincuenta años y cuya última pista conocida se perdió precisamente en esa misma ciudad. Para él estaba claro que ese libro se encontraba en esa librería, escondido, como había estado siempre. Habían sido para Carmichael tres años de búsqueda en diferentes librerías de ocasión de Francia y España, y todo hacía indicar que aquel libro se encontraba en la librería Rojo y Negro.  “Así lo decían las pistas”. Marina no sabía a que se refería con las pistas y cada vez le parecía más enigmático aquel sujeto
-  Es el único libro de Sir Guy Covington, el genio incomprendido del siglo XIX.  Solo imprimió una copia y no lo tituló ni nadie sabe que es lo que contenía exactamente, salvo la vaga noción de que describía sus viajes por las maravillas del mundo, desde Europa al lejano oriente. Siempre se ha dicho que pudo ser  como una guía de viajes o algo por el estilo, pero nunca se ha sabido a ciencia cierta. A mi el caso, que algunos califican como de patraña o leyenda, me lleva fascinando desde mi adolescencia, pero solo hasta hace relativo poco tiempo decidí emprender su búsqueda seriamente, cuando tuve la convicción de que el Covington Book existía   


Según Nicholas Carmichael mucha gente en Gran Bretaña cree que aquel libro, de existir, no fue leído por nadie, pero otros muchos aseguraban que varias personas, cerca de una decena llegaron a leerlo antes de que desapareciese cinco años después de ser impreso en Manchester en 1877. Se dice que en aquel libro una nota en la primera página avisaba a los lectores que no revelasen a nadie lo que habían leído. Se decía también que aquel libro sin título era tan hermoso que todo aquel que le leía caía en un estado de alteración del ritmo cardiaco, vértigo, confusión y cuasi éxtasis: era el síndrome de Stendhal. El propio Covington lo hizo desaparecer en 1882 aprovechando uno de sus frecuentes viajes por Francia, temiendo que muchos editores le solicitasen otras entregas de aquel supuesto libro sobre las maravillas del hombre, el arte y la tierra a lo largo de milenios de historia. Sir Guy, tal vez no queriendo verse envuelto en tanta responsabilidad, como lA que vivió con su libro cuya preparación le consumió bastantes años de su vida se deshizo del libro. Poco después fallecería con solo 35 años.

A Marina aquella historia le sonaba a cuento barato, a argumento de best seller de intriga histórica como muchas otras de nulo valor literario pero enormes ventas. Francamente, tampoco se imaginaba como ese libro hubiese ido a parar a la librería de su familia y de existir, donde se encontraría. Le estaba entrando la tentación de mandar a la mierda a Nicholas Carmichael, pero se contuvo. No habría recorrido tantos kilómetros para nada.



CONTINUARÁ

martes, septiembre 13, 2011

Mís 50 discos que te cagas (33): THE CLASH – LONDON CALLING (1979)



Pocos discos gustan y entusiasman a gente tan dispar como London Calling: amantes del rock and roll, punks de la vieja escuela, nuevaoleros clásicos, seguidores del funk y de los ritmos bailables americanos surgidos a finales de los 70, viejos rockeros, adolescentes, rockeros duros, skin heads, fortofos del reggae y el rock tropical, skatalíticos, puristas del pop rock de calidad, macarras, pijos, moradores de casas okupas, obreros, ejecutivos…y así año tras año desde hace más de 3 lustros. Y es que London Calling, obra maestra de The Clash y uno de los mejores discos de la historia fue un LP que solo pudo ser parido una sola vez, concebido por un grupo que era consciente de que su encasillamiento en un estilo tan hermético como el punk les iba a perjudicar tanto artística como comercialmente y que por ello decidieron abrirse a diferentes estilos dentro de un mismo álbum, un doble LP con 19 temas (que se vendió a precio de un único LP) que constituye un magnífico y maravillosamente delirante cajón de sastre de sonidos de diferente pelaje (reggae, rock americano, rockabilly, rock and roll, rythm and blues, pop rock new wave, funk o ska) pasados por un versátil tamiz punk de guitarras insistentes y voces histriónicas que resultó totalmente efectivo y creó escuela para muchas bandas punks (y no punks) en la década de los 80. Y todo ello además con canciones de letras comprometidas al más puro estilo The Clash que fluctuaban entre la crítica social, la denuncia y la ácida e irónica crónica costumbrista. Una suerte de Sgt. Pepper´s del punk que no ha perdido un ápice de frescura.    

The Clash grabaron en verano y otoño de 1979 todas las canciones de su tercer LP bajo la atenta mirada del controvertido productor Guy Stevens, una elección al final acertada. Finalmente se incluyeron 16 nuevas canciones del grupo más tres versiones de otros artistas, aunque todo el álbum mantiene una perfecta coherencia como pocos álbumes en la historia han tenido. Joe Strummer compuso la mayor parte de las letras y Mick Jones la mayor parte de la música, y ya fuera del tándem compostivo principal del cuarteto, el bajista Paul Simonon se estrenó como cantante y compositor con un tema.  London Calling, la canción que da título al álbum fue el único single británico del mismo, ya que The Clash estaban acostumbrados a editar uno o dos sencillos por LP además de gran cantidad de singles no pertenecientes a  álbumes, aunque para el mercado USA extrajeron un segundo single Train in Vain y en otros países editaron sin pena no gloria Clampdown. No obstante, el LP esta repleto de otros singles potenciales: Rudie Can’t Fail, I´m Not Down, Lost in The Supermarket, Revolution Rock, Lover´s Rock o Spanish Bombs son un buen ejemplo cada uno de comercialidad bien combinada con calidad. El tema que sin embargo se llevó la palma del éxito en listas fue London Calling, nº 11 en las listas de UK (el mayor puesto conseguido por The Clash en activo), un enérgico himno-torbellino que creó el punk pop con esta especie de canto apocalíptico sobre los cambios sociales en el RU envuelto en compases semi reggae y reminiscencias cabareteras británicas: hoy en día es todo un estándar rock y la canción mas conocida de The Clash, además de ser una de las canciones de combate preferidas por la peña año tras año.  Similar tono vehemente y musicalmente taquicárdico tiene Hateful  rockabilly-punk  con efectivos compases guitarreros americanizantes, como también mira al otro lado del atlántico el rythm and blues con arreglos de metal jazzísticos The Right Profile y sobre todo el Funk Rock Train in Vain (Stand by Me,) la mejor de las canciones con Mick Jones como vocalista principal y que llegó a entrar en las listas AOR yankis: como si una banda norteamericana de rock adulto la hubiese grabado. Verdaderamente,  The Clash eran musicalmente  unos chicos hábiles y geniales, más que los de cualquier otro grupo punk de la época.  

No se veía ningún atisbo de incomodidad en el abordaje de estilos que la banda acometía por vez primera, más bien todo lo contrario; así Rudie Can´t Fail era rock latino-tropical (con metales a lo mariachi y todo) pero era también una vehemente canción de punk rock comercial sobre un tío ridículamente violento; Clampdown  estaba más cerca del rock urbano americano que de la New Wave, pero no perdió ni un ápice del característico sonido (y actitud) Clash. Similares pretensiones a los de este tema tiene también Death or Glory, aunque el sonido de este tema era más nuevaoleramente británico. El rock semibailable por sus connotaciones disco  y funky (estábamos en plena época de la night fever) de Lover´s Rock parecía anticipar el sonido que The Clash cultivarían en los 80 y que también figura en I´m Not Down ,esta vez mucho más estilizado y con guitarras entre el hard y el funk.

Un par de temas se metían de lleno y con convicción en los sonidos reggae: la versión del reggae purista de Danny Ray Revolution Rock  y el estreno de Paul Simonon como cantante principal y compositor The Guns of Brixton, patibulario y sombrío reggae rock blanqueado de rítmica mortecina sobre la brutalidad policial (tema casi estrella en la época dorada del punk). Y si había que hacer pogo, hay estaban los sonidos skatalíticos de Wrong’ Em Boyo , divertida y eficaz versión de un clásico ska con una genial interpretación vocal de Joe Strummer y la aún más veloz Koka Kola, una feroz crítica clashiana al consumismo occidental que combinaba este ritmo jamaicano con el rock and roll. El pegadizo estribillo del pop rock a lo Elvis Costello de Spanish Bombs es otro de los momentos cumbres de London Calling, una particular visión de Strummer de la guerra civil española y de la cultura hispánica -que él conocía y admiraba por su frecuentes estancias en Granada- cantada con pintorescos insertos en un sui géneris spanglish. Y en fin, Lost in the Supermarket, excelente tema de pop comercial, es otra de las pequeñas joyas que Mick Jones, el segundo de abordo en la banda, compuso e interpretó como voz principal dejando patente que Joe Strummer no era el único líder del cuarteto.

The Clash nunca estuvieron tan geniales en todos los sentidos como en este disco. Sin London Calling, el punk rock hubiera muerto en los 80 y cosas como el postpunk, el pop rock alternativo británico de los 80, el nuevo punk o incluso el rock radical vasco no hubiesen existido. Más allá de que estemos hartos de ver en camisetas o en posters la inmortal foto de la portada con Paul Simonon machacando el bajo y las letras calcadas de la tipografía del primer disco de Elvis Presley, hay que ser conscientes de que London Calling es toda una joya, de esas que hay que tener en la discoteca particular por narices si se es un amante de la música, y si no se tiene, pues hay que comprarla. Palabra, no te arrepentirás.   


FICHA TÉCNICA

Géneros: Punk, New Wave, Rock and Roll, Reggae, Funk Rock, Pop Rock, Rock Tropical, Ska, Jazz Rock, Rhythm and Blues, Rockabilly
Publicación: diciembre 1979
Sello original: CBS
Producción: Guy Stevens y Mick Jones
Duración: 65:07 (doble Lp)
Músicos:
Joe Strummer: voz, guitarra rítmica, piano, coros
Mick Jones: voz, guitarra principal, piano, harmónica, coros
Paul Simonon: bajo, coros, voz principal en The Guns of Brixton
Topper Headon: batería, percusión
Mickey Gallagher: órgano
The Irish Horns: sección de metal

Track listing

1- London Calling
2- Brand New Cadillac
3- Jimmy Jazz
4- Hateful
5- Rudie Can´t Fail
6- Spanish Bombs
7- The Right Profile
8- Lost in The Supermarket
9- Clampdown
10- The Guns of Brixton
11- Wrong ’Em Boyo
12- Death or Glory
13- Koka Kola
14- The Card Cheat
15- Lover´s Rock
16- Four Horsmen
17- I´m Not Down
18- Revolution Rock
19- Train in Vain