martes, noviembre 13, 2018

BOHEMIAN RHAPSODY


 
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Se avecina una oleada de biopics de grandes figuras de la música popular del que esta semblanza de la banda de rock Queen (1970-1991, pese a que dos de sus miembros están empeñados en seguir con el negocio malamente) aunque para ser exactos más de su líder, Fredy Mercury (1946-1991), esta llamada a ser uno de sus reclamos más comerciales a la espera de otras como la de Elton John, que llegará a principios de 2019.Y el resultado de esta Bohemian Rhapsody, se puede decir que ha sido satisfactorio obviando su escaso sentido del riesgo como biografía fílmica convencional (formalmente se limite a ofrecer lo que se esperaba de un filme sobre un grupo de Pop Rock) y las múltiples licencias que se toma con la historia real de los acontecimientos. En realidad, como hemos dicho antes, la película está más centrada en la figura de Fredy Mercury que en la propia banda, y es que Queen, excelente grupo de hard rock y art rock que en los 70 se embarcó todo tipo de experimentaciones con la ópera y otros sonidos y que en los 80 bajó considerablemente la calidad de su obra- cultivando eso si todos los estilos del rock y el pop habidos y por haber- aunque no su enorme tirón comercial, no tenía una biografía demasiado excitante que digamos salvo los avatares y circunstancias de su lider, un personaje contradictorio, esquivo detrás del escenario por rey del mismo una vez salía a escena y cuya existencia se vio marcada por su bisexualidad y la tortuosa relación con muchos de sus seres más cercanos. La vida de Mercury- y su personalidad y la influencia en su obra- era la baza que debía jugar la película y la aj jugado magistralmente aunque tanto cambio forzado de fechas y orden de los acontecimientos en el guión lastran la credibilidad de esta biografía en donde el actor angloegipcio Ramy Malek calca un Fredy Mercury con continuos cambios de imagen en diferentes épocas y siempre tratando de emular el magnetismo de showman del personaje en un tour de force interpetativo en donde Malek actúa, se mueve sobre un escenario, canta en algún momento (aunque la mayor parte de lo que oímos en las canciones es la verdadera voz de Mercury) y conmueve dramáticamente. El resto de los miembros de Queen Brian May, Roger Taylor y John Deacon (interpretados respectivamente por Gwilym Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello) son meras comparsas en la historia, aunque nada debe hacer estar méritos al joven y talentoso (aunque experimentado en algunos casos) elenco de actores.

Los problemas con el primer director del filme Bryan Singer, que finalmente abandonó el rodaje y fue sustituido por Dexter Fletcher, quien pese al parecer haber dirigido la mayor parte de al cinta no la ha firmado, puede que haya influido en el resultado final aunque no sabemos hasta que punto. El ritmo de la película es ágil y envolvente aunque la velocidad con al que narra los acontecimientos no parezca la más adecuada para describir una carrera musical ya que son bastantes los agujeros que el guión tiene. La inserción de canciones de Queen y sobre todo la magistral reproducción de los conciertos de la banda (desde sus primeros bolos en los 70 hasta el multitudinario Live Aid, que es el momento más emotivo y espectacular de la película) es más que correcta y constituye el fuerte de una película que si bien se desenvuelve con soltura describiendo las circunstancias vitales de Mercury y todas sus concomitancias dramáticas, falla algo en la coherencia del conjunto, lastrada principalmente por la perenne sensación de que muchas cosas que se nos cuentan no han sido así realmente (el caso más evidente el exagerado en este filme distanciamiento de Fredy con el resto del grupo a mediados de los 80). Con todo la peli gustará tanto a fans del grupo como a no iniciados y sobre todo hará las delicias de los amantes de la música, con dos horas por delante de un muy bien presentado trabajo cinematográfico y musical.

domingo, noviembre 04, 2018

EL ARBOL DE LA SANGRE




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Algo más que una vuelta a las raíces. Julio Medem vuelve a ser un cineasta desbordante, narrador más que excepcional y con un discurso que no deja a nadie indiferente con su nuevo largometraje en donde recupera el cine poético-simbolista centrado en los sentimientos y en las relaciones humanas de sus inicios. Y es que tras las relativas decepciones consecutivas de Caótica Ana, Una Habitación en Roma y Ma Ma parecía que le habíamos perdido, pero El Arbol de la Sangre redime al mejor Medem desde Los Amantes del Círculo Polar aunque sea a costa de autoplagio y remezcla de momentos, temas e incluso escenas de filmes anteriores como Vacas, Tierra, La Ardilla Roja o Los Amantes. Un proyecto que ya llevaba varios años en la cabeza del director donostiarra planteado inicialmente como una plasmación de la lucha cainita entre las dos Españas (la progresista y la conservadora) pero que finalmente se ha desprendido de todo componente ideológico y político (sus protagonistas lo recuerdan a lo largo de la película) manteniendo eso si un fresco deslumbrante sobre el odio, los conflictos entre clanes y la rivalidad injustificada en general con un escenario que abarca diferentes puntos de la geografía ibérica desde la Andalucía señorial y de cortijos hasta la Euskadi campestre y de caserío pasando por la luminosidad de la costa levantina y la magna presencia capitalina madrileña más referencias a la magia del pirineo aragonés como lugar de retiro. Un reparto nutrido y más que competente escenifica un complejo drama de enfrentamiento familiar con varias  difíciles historias de amor de fondo con una que vertebra la historia, la de sus narradores, la pareja formada por Marc (Álvaro Cervantes) y Rebeca (Úrsula Corberó), los jóvenes descendientes de las familias que retirados en un caserío cercano al Anboto- en el que algunos de los personajes de la historia pasaron allí parte de su vida- se disponen a escribir conjuntamente la historia de sus vidas y de sus familiares, con la imponente presencia de un árbol que fue testigo de algunos de los episodios que se cuentan.

Así, con un estilo metanarrativo, la película va tejiendo una indudablemente hispánica pero también universalmente humana saga-crónica intergeneracional, trufada de pasiones, amoralidades, situaciones límite y sobre todo de un desdibujamiento de los límites entre el bien y el mal que las últimas generaciones se esfuerzan en combatir decantándose decididamente por el amor y la concordia. Son los diferentes personajes de la historia, cada uno con sus traumas y vicisitudes heredadas del pasado, los que van tejiendo el sentido de la narración mediante actitudes, diálogos, silencios y cartasis. Se arranca con la historia de la catalana Nuria (María Molins) la madre de Marc, cuya fugaz relación con Olmo (Joaquín Furriel) un valenciano de origen ruso todo testosterona y con demasiados secretos marca el devenir trágico de la narración; mientras tanto, la vertiente mediterránea de la historia no tardará en encontrarse con otra mesetaria a partir de la persona de la madre de Rebeca, Macarena (Najwa Nimri) una antigua de cantante punk rock madrileña de origen andaluz de buena familia que lo deja todo por Víctor (Daniel Grao) un enigmático joven que resulta ser el hermano de Olmo. Actuando como vértice, Amaia (Patricia López Arnáiz) una escritora vasca hija de caseros que termina impulsando (o mejor dicho, catalizando) la relación entre la familia de “Maca” y la de Víctor y Olmo, ambas unidas por un oscuro secreto.
                                                                                               
En palabras del director, la película versa sobre la culpa y los errores y faltas del pasado y la necesidad de redimirlos. No es casual que el sentido de la historias hunda sus raíces en algunos episodios de la historia de España -las consecuencias de la Guerra Civil en los personajes de los padres de Olmo y Víctor o que toque aunque sea de soslayo el terrorismo de ETA – o que el tema de la memoria individual tenga una importancia significativa en la historia, ejemplarizada en el personaje de Macarena, al que una recuerdo en un principio estar llevando a la más absoluta locura  o en el de su suegra Julia (Ángela Molina), que lo ha olvidado todo no se sabe si a consecuencia de una enfermedad o voluntariamente: todo está entrelazado cuando los destinos se cruzan a través del tiempo y se establecen lazos de sangre. Rebeca y Marc descubren precisamente el sentido de sus vidas y su destino cuando desgrana y entienden la historia de sus familias. Como siempre espectacular fotografía, preciosa puesta en  escena y una increíble habilidad para presentar momentos emotivos y dramáticos trufados con un halo poético que esta vez se presenta con una madurez no antes vista ene l cine de Medem. Del trabajo del reparto simplemente diré que es soberbio. Puede que no se trate de la obra maestra del director, pero será sin duda uno de sus clásicos.            

jueves, noviembre 01, 2018

QUIEN TE CANTARÁ


 
**** y 1/2

Sin duda alguna Carlos Vermut ya es un cineasta de referencia dentro del cine español. Tras la premiada y críticamente aclamada Magical Girl- una de las mejores películas españolas de la década de los 2010-  el director madrileño (de verdadero nombre Carlos López Rey) vuelve a dar en la diana con un drama-thriller que reincide estética y conceptualmente en varios elementos de Magical Girl, como son imágenes poderosas y turbadoras, parquedad narrativa, momentos simbolistas desconcertantes y cierto trasfondo irreal y fantástico. En este tercer largometraje de Vermut es de nuevo evidente la influencia de David Lynch, aunque para esta ocasión con algunas gotas de Hitchcock – otra admiración confesa del director- , el Brian de Palma de sus mejores años y, por que no, el Iván Zuleta de Arrebato que también estaba presente en Magical Girl. Es cierto que Quien te cantará no supera a aquella película, pero de nuevo resulta un film de bandera al que su cripticismo y alguna irregularidad menor le impiden ser una obra maestra al cien por cien. Llevando a cabo una sui generis deconstrucción del género musical, la historia nos muestra hasta donde puede llegar una crisis de identidad así como a costa de que sacrificios se puede alcanzar el éxito al tiempo que se pregunta que es exactamente eso y si en realidad merece la pena.

Quien te cantará gira en torno al mundo de la música- el negocio musical, más concretamente- y de las  mujeres. Por un lado se encuentra la cantante Lila Cassen (soberbia Najwa Nimri), una estrella de la canción retirada 10 años atrás que cuando precisamente va a volver a los escenarios pierde la memoria en un accidente, y por el otro su inesperado alter ego, Violeta (Eva Llorach, también magnífica) una camarera que vive modestamente con su hija de 23 años (Natalia de Molina) -a la que tuvo de muy joven y que literalmente la somete- y que es una fan absoluta de Lila y gran imitadora suya; por iniciativa de Blanca (Carme Elías), la manager y amiga de Lila; Violeta será contratada para volver a enseñar a cantar y a actuar sobre un escenario a una desnortada Lila, quien parece no ser la misma en todos los sentidos tras el accidente pareciendo rebelarse contra su propia persona y su status. Un juego de identidades y desdoblamientos comenzará entre las dos mujeres, quienes parecen dispuestas a dejar atrás sus respectivas vidas pasadas al tiempo que un múltiple y perverso juego de dependencias vitales y emocionales a cuatro bandas parece urdirse entre Blanca, Violeta, Lila y Marta, la hija de Violeta. Tanto la dirección interpretativa como la deslumbrante puesta en escena que combina los sugerentes y luminosos exteriores de la costa gaditana con los modernos y fríos interiores de la mansión de Lila y su asaz irreal mundo hecho al modo de un escenario artificial ayudan a elevar al filma a una experiencia visual y narrativa de enormes magnitudes en donde sus protagonistas femeninas se comen la historia haciendo fascinantes los muchos giros de guión y los momentos más inquietantes del relato.

La música (firmada por Alberto Iglesias) cumple como era de esperar un papel pivotal en el devenir de la historia y los momentos en que suenan las canciones de Lila Cassen, interpretadas por Najwa Nimri en el rol de Lila o por Eva Amaral cuando es el personaje de Eva Llorach el que canta, son fascinantes y una vez más, davidlynchianos. También con referencias un tanto desconcertantes a Blade Runner o al cine de terror, la película captura al espectador sobre todo al final de la misma cuando se da cuenta de la alucinante estructura de espejo recíproco de los personajes y sus vidas y motivaciones. De lo mejor del cine español de 2018.

martes, octubre 23, 2018

VIAJE AL CUARTO DE UNA MADRE




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Esta opera prima en largometraje de Celia Rico supone sin exagerar una de las mejores películas españolas de lo que llevamos de año (y teniendo en cuenta que se está acabando ya). Rodada con un planteamiento argumental  reconocible por muchas personas no ya solo por la cotidianidad de sus premisas (por una parte una hija veinteañera se quiere emancipar del nido familiar con las tiranteces que eso puede provocar en una familia, y por otra, el duelo ante alguien desaparecido), sino por también por lo claramente identificable que resulta el juego psicológico y emocional- magistralmente plasmado en todos los niveles- entre madre recién viuda e hija, que de una relación de interdependencia y en un momento más bien crítico ha de pasar fortuitamente a otra que obliga a reconstruir la visión del futuro personal, especialmente en lo que a la vivencia de la madre concierne. Dos estupendas actrices, Lola Dueñas (Estrella, la madre) y Anna Castillo (Leonor, la hija) hacen posible el apabullante juego emocional de estos dos personajes un tanto perdidos y en busca de un nuevo un sentido a sus vidas, expresado en miradas, silencios, frases de doble sentido y situaciones significativas.

La puesta en escena es minimal y naturalista y el guión, con no muchos diálogos, es sencillo y escueto. Todo el peso recae en los actores- especialmente las dos protagonistas- y en las emociones que tratan de trasmitir. Leonor, una muchacha que pese a la precaria situación anímica de su madre- y es suyo propio-  esta dispuesta a dar el primer paso para independizarse a sus 20 años yéndose a vivir un año a Inglaterra, está realmente preocupada por su madre a la que adora, mientras que Estrella no desea que su hija, su principal sustento afectivo, abandone el nido pero nuevas situaciones vitales le harán comenzar a reconsiderar su posición. Es esta una historia de cariño y ternura contenida y muy atenuada y de tristeza sutil que no se desborda en ningún momento. Una historia con mayúsculas que  demuestra que se puede llegar a conmover con leves pero muy certeras y creíbles pinceladas.       

martes, octubre 16, 2018

COLD WAR



 **** y 1/2

Pawel Pawlikowski ya demostró en su anterior film Ida (2013) una habilidad cinematográfica extraordinaria con su noclasicismo en blanco y negro y sus dotes de narrador minimalista pero imponente y sobrecogedor, algo que traslada a su nuevo filme, también rodado en blanco y negro y con el pasado de Europa del Este en las segunda mitad del siglo XX como telón de fondo consiguiendo un trabajo aún más efectivo que aquel. El director polaco parece empeñado en seguir en su faceta de historiador-fabulador cinematográfico contando en esta ocasión de manera simbólica y fabulística una historia que transcurre durante más de 30 años (entre principios de la postguerra mundial y los años60) entre Polonia, Yugoslavia, Alemania del Este y Francia y que ilustra de manera muy sutil, gélida y esquemática las consecuencias del histórico enfrentamiento entre el bloque socialista y el capitalista (la Guerra Fría del título) en las relaciones humanas y en el propio sentir de las personas. Cold War es además de una historia de amor imposible y desgraciado entre la cantante Zula (Joanna Kulig) y el músico Wiktor (Tomasz Kot) que huyen de su Polonia natal en 1946 para iniciar una nueva vida al otro lado del telón, la crónica de la miseria humana que tanto el comunismo recién implantado como sistema de gobierno en el este de Europa como el airado capitalismo del oeste -totalmente reactivo ante sus incómodos vecinos-,  no ya solo en su absurda lucha encarnizada sino en su (i)lógica interna en ambos casos, implantaron. Pero en lugar de mostrar crudeza realista y de recurrir al drama más descarnado- tal y como reclamaba la ocasión- la película opta por lo sutil e incluso lo delicado dentro de un conjunto frío y pétreo pero bello y deslumbrante al mismo tiempo gracias a unas magníficas imágenes y una excelsa puesta en escena, teatral y manierista que resulta a veces una delicia aunque el esquematismo del relato no logre que la película apasione completamente y por ello no estemos hablando de una redonda obra maestra.

En la Polonia de finales de los años 40, Zula, una joven dotada para el canto y el baile folklórico polaco, faceta por la cual logra reconocimiento en las esferas institucionales del régimen comunista de su país, se enamora de Wiktor, un músico y compositor también talentoso que empieza a cansarse del gris panorama político en pleno apogeo del estalinismo. Ambos, en una actuación en Berlin Este, planean y logran huir a Berlin Oeste desertando del bloque comunista, y de allí irán a Paris. Las cosas sin embargo, tanto en pareja como por separado no irán tal y como ellos han pensado aunque cada uno emprenderá su camino, no se sabe si exitoso o feliz o no pero al fin y al cabo igual de mediocre y anodino con respecto a lo que dejaron atrás. El claro mensaje de que ambas situaciones geográfico-políticas eran en realidad la misma mierda y que sin una base emocional es imposible conseguir la felicidad planea en una historia que utiliza la afectación del  paso del tiempo en los personajes como metáfora con una explicación de pescadilla que se muerde la cola que es de lo más fascinante de la historia. Excelentemente ambientado y capaz de hacer pensar durante varios días aunque sin llegar a conmover realmente, Cold War es un filme inteligente y necesario con diferentes lecturas (sociales, amorosas, psicológicas, políticas, humanas), complejidad que últimamente se echaba bastante en falta en las pantallas.  


 

lunes, octubre 08, 2018

THE RIDER



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Curiosa, inusual y emocionante, así es esta pequeña película independiente norteamericana rodada con un minúsculo presupuesto y con un reparto entero de actores no profesionales que recrean un episodio real de sus vidas interpretándose a si mismos aunque con algún cambio de apellidos en sus personajes. Estamos pues ante una especie de docudrama- género no extraño en el cine aunque si muy poco explotado- que además de apostar lógicamente por el realismo se entrega a una historia enmarcada dentro del drama cotidiano que muestra con total credibilidad aspectos como la precariedad económica, las (malas) relaciones familiares y sobre todo la lucha desesperada por uno mismo y por lo que uno cree aunque las condiciones no sean las más óptimas. Todo ello con enmarcado en la América profunda de las canciones de Bruce Springsteen, en pleno Oeste en Dakota del Sur: The Rider toma indudablemente los ropajes estéticos (que no temáticos) del western contemporáneo para contarnos una historia perfectamente trasladable a otros contextos. Chloé Zhao, una joven directora que firma con esta su segunda película, se postula como un nombre a tener en cuenta en lo sucesivo.         

Lo que se nos cuenta en este filme es la historia real del joven Brady Jandreau (llamado Brady Blackburn en la película e interpretado como el resto del cast por él mismo recreando su peripecia vital), un jinete de rodeos profesional veinteañero que está retirado de dicha actividad al haber sufrido un aparatoso accidente que le provocó lesiones cerebrales y disfunciones en su mano derecha. El ambiente familiar con un padre viudo que se gasta las pocos ganancias en alcohol y una hermana adolescente autista no le ayuda mucho y Brady sueña con volver a cabalgar potros o bisontes cueste lo que cueste. Mediante trabajos modestos intenta sacar adelante a su familia mientras ve como las cosas en las que el confiaba- materiales o inmateriales- se van desmoronando poco a poco. Su amigo Lane, al que otro accidente en el rodeo le dejó totalmente incapacitado, es al mismo tiempo otra oportunidad para demostrar amor y una señal de que las cosas le podrían haber ido mucho peor pese a todo. Que nadie espere grandes momentos de melodrama ni emotividad fácil, el verdadero mérito de The Rider está en su sencillez y en su verismo además de en una prodigiosa habilidad para convertir en ficción cinematográficamente estilizada lo que no es más que una reconstrucción de hechos reales con sus propios protagonistas que, dicho sea de paso, están impecables pese a ser intérpretes amateurs que por primera vez se encuentran delante de una cámara. Un drama desgarrador como Dios manda que merece la pena ser visto teniendo en cuenta además lo fugazmente que pasará por las salas.

domingo, septiembre 30, 2018

EL CAPITÁN (DER HAUPTMANN)



 
 
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Pese a que parece que la II Guerra Mundial y más concretamente su transcurso en la Alemania nazi no pueden ya sorprender en el mundo de la ficción- ya bien sea a partir de historias reales o inventadas- se puede decir que aún el filón es inagotable. Y es que aquel fue un contexto en donde se siguen descubriendo historias tan atroces como increíbles, como el caso de Willi Herold, un cabo de las SS que en 1945 en las postrimerías de la guerra y con Alemania a punto de perderla, se hizo con un uniforme de capitán y se hizo pasar unos días por tal cometiendo todo tipo de atrocidades (asesinatos de desertores, escuadrones de la muerte, matanzas de prisioneros en campos de concentración). Una historia truculenta y escalofriante que el realizador teutón afincado en EEUU Robert Schwenke, responsable de olvidables productos de thriller-acción en Hollywood como dos entregas de la serie Divergente- dirige en blanco y negro con clase, tesón y un enorme talento cinematográfico en lo que es su feliz regreso al cine alemán reivindicándose como el prometedor director que era en sus inicios tratando de dejar atrás sus bodrios estadounidenses. El joven actor suizo Max Hurbacher es quien encarna a la siniestra figura de Herold, un muchacho al que la excitación por encontrarse repentina y fraudulentamente en un rango de autoridad mayor junto con la confusión de los últimos días de contienda en Alemania y por supuesto la fascinación por el mal influida por todo lo que contemplaba convirtieron en un auténtico monstruo aunque al fin de cuentas como criminal de guerra hizo básicamente lo mismo que muchos de sus camaradas.

La degradación moral del personaje esta mostrada de manera más bien casual, repentina y anecdótica más allá de cualquier profundo estudio psicológico, ya que esta es una película que trata de ser realista a más no poder con una puesta en escena naturalista y una logradísima ambientación de la época centrada principalmente en el sórdido mundo militar nazi y en sus campos de concentración. De hecho las escenas que se suceden en el campo son realmente escalofriantes por su realismo y por la frialdad de todo su ambiente. La circunstancia de estar rodada en blanco y negro además de añadir dramatismo de carácter atmosférico ayuda de alguna manera a atenuar de manera un tanto inquietante el horror que contemplamos (el rojo de la sangre que se derrama por doquier apenas se percibe) y en ese sentido se ve como la magnífica fotografía de Florian Ballhaus cumple un cometido narrativo además de estético e histórico (las imágenes parecen remitirnos efectivamente a filmes de los años 40). No apta para espectadores sensibles por su crudeza, El Capitán es una lograda descripción de cómo el mal puede destruir roda la humanidad individual de las personas y como cuando lo irracional está en marcha este resulta imparable

viernes, septiembre 28, 2018

LA NOVIA DEL DESIERTO





*** y 1/2

No es sencillo hacer melodramas con material poco dado a ello; léase, como en este caso, una mujer de mediana edad que toda su vida la ha dedicado al servicio doméstico, un entorno anodino como la Argentina rural del sur del país, la búsqueda del sentido de la existencia de personajes de edad a los que la vida no parece darles ya más…Pero con La Novia del Desierto, ópera prima del tandem de directoras argentinas formado por Cecilia Atán y Valeria Privato se ha conseguido un drama inusual y extraño en donde el costumbrismo y la anécdota son el trasfondo de una inesperada historia de amor- tampoco muy convencional- en donde el mensaje de que nunca es tarde para la búsqueda de la felicidad es más que el leiv motiv predominante.

Esta coproducción entre Argentina y Chile anuncia a dos directoras que se postulan como unas cineastas a tener en cuenta gracias su habilidad no ya solo por captar unas imágenes tan sencillas como al mismo tiempo significativas especialmente cuando capta con tino los sentimientos y tribulaciones de sus protagonistas- con la ayuda de un excelente trabajo de los intérpretes- sino por hacer una narración perfectamente planteada, salpicada con multitud de pasajes tanto anecdóticos como explicativos y con una emotividad muy contenida y fría que refuerza la credibilidad de la historia más allá de lo que podría llegar a ser un drama estomagante, algo a lo que afortunadamente este filme no llega. La actriz chilena Paulina García encarna a Teresa, una mujer de cincuentaitantos que ha decidido abandonar su profesión de asistenta y a al familia a la que servía desde prácticamente toda su vida tras una peregrinación al célebre santuario de la Difunta Correa (una mujer a al que se venera como una santa)  en el árido sur del Argentina cerca de la frontera con Chile. Esa ruptura con la única vida que conocía parece un auténtico salto al vacío para una humilde mujer de provincias con pocas o nulas perspectivas vitales, pero el encuentro fortuito con un vendedor ambulante apodado el Gringo (Caludio Rissi) añadirá un inesperado plus a la existencia de Teresa. Muy centrada en su protagonista, esta película más que apostar por el drama psicológico se inclina por el melodrama existencial y generacional en donde resulta sencillo empatizar con su protagonista, una antiheroína a su pesar que lucha por un nuevo estadío vital y contra una herencia vital condicionada por las penurias de un país especialmente lamentables para ciertas clases sociales. Paulina García es la película cien por cien con un trabajo realmente notable. El desértico paisaje es un protagonista más del filme aunque cuando la película trata de convertirse en una road movie se cae en los tópicos. Otro nuevo acierto del cine sudamericano.  

jueves, septiembre 20, 2018

UN OCÉANO ENTRE NOSOTROS (THE MERCY)



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Una historia real poco conocida fuera del Reino Unido es la base de una película interesante aunque irregular que sustentada básicamente en el enorme trabajo interpretativo de Colin Firth trata de mostrar el otro lado de la gesta épica con una crónica de fracaso absoluto. La trágica crónica de Donald Crowhust, un pequeño empresario británico que en 1968 decidió tomar parte en la competición de circunnavegación solitaria alrededor del mundo Sunday Times Golden Globe Race con escasa noción de náutica y que termino con el navegante prácticamente perdido y con un supuesto trastorno mental es un material tan apasionante como difícil de moldear a la hora de hacer una buena película y pese al buen hacer de Firth y la esforzada dirección de James Marsh (La Teoría del Todo) la película no pasa del discretismo más absoluto por su sinuosidad y lo poco estimulante que resulta una descripción de los acontecimientos más bien desmañada.

La película no parece apostar claramente ni por el drama familiar en todo lo concerniente a la espera de la necesitada económicamente familia de Crowhurst con una Rachel Weisz muy fría como la esposa del protagonista, ni por el drama psicológico – que en esta historia se antojaba clave- cuando muestra el progresivo proceso de deterioro mental de Donald, un navegante atormentada por la soledad en su viaje y sobre todo por el sentimiento de culpa al estar mintiendo a la sociedad británica- por medio de la prensa- y a su familia sobre los logros de su viaje haciéndose ver como un héroe que no es: al final todo queda demasiado pobre y esquemático reduciendo drásticamente cualquier hallazgo dramático de primer orden. Tampoco ayuda demasiado una morosidad supina a la hora de mostrar escenas marinas y el cambio constante de escenarios en un conjunto que al final no llega a convencer plenamente. Buenas intenciones pero poca eficacia.