domingo, abril 18, 2010

LA MIRADA DE ALFANHUI (I)


Industrias y Andanzas de Alfanhuí
(1951) de Rafael Sánchez Ferlosio, es una de las más grandes obras maestras de la literatura en castellano. Una novela sorprendente, huidiza, evocadora, alucinante, que aún hoy día sigue constituyendo una prodigiosa rareza en las letras españolas. Fantasía vista desde el realismo, o realismo atravesado por la fantasía, un delicioso compendio de palabras que para el lector se convierten en imágenes de fantasía desorbitada y sobre todo en colores, vivos colores. Un protagonista infantil que se resiste a vivir en un mundo normal acometiendo un fabuloso viaje iniciático que le llevará por tierras de Castilla, La Mancha, y Madrid. Alfanhui, erróneamente considerada una novela para niños, es y será siempre un libro al que en más de un momento de la vida haya que aproximarse por vez primera o volver a él. Como señaló su genial autor, una historia llena de mentiras verdaderas.


Cuando en 1951 apreció Industrias y Andanzas de Alfanhíi, primera novela del joven Rafael Sánchez Ferlosio (1927) nada parecía haber cambiado demasiado en la literatura española desde el comienzo del franquismo. La censura, siempre presente, era una amenaza para la creatividad, pero ello no impidió que en la postguerra española surgiese una gran generación de literatos que de alguna manera marcaron el devenir de la literatura española en la segunda mitad del siglo XX: Antonio Buero Vallejo, Camilo José Cela, Torrente Ballester, Miguel Delibes, Carmen Laforet, fueron las figuras señeras en el género de la narrativa de los años 40 y 50, mientras que en poesía la cosa estaba en crisis, una vez y separados (o fallecidos) los miembros de la generación del 27, aunque ya empezasen a despuntar Hierro, Aldecoa, Martín Gaite o Bousoño.


No era el comienzo del franquismo un marco precisamente idóneo para innovaciones literarias, pero la tradición vanguardista española (que en literatura floreció en los años 20 y 30) había sido un legado con una impronta bastante fuerte, y aunque aletargado en aquellos años, su resurgimiento podía darse en cualquier momento, siempre teniendo en cuenta las restricciones “políticas, morales y religiosas” que imponía el régimen franquista. Alfanhuí- como se conoce abreviadamente al largo título de la novela de Sánchez Ferlosio- fue un libro extremadamente singular en un contexto como el español principios-mediados del siglo XX en donde rara vez el atrevimiento experimental podía discurrir de manera normalizada (salvo en la época del apogeo de los “ismos” que diría Ramón Gomez de la Serna, a principios de siglo), y en donde ni crítica ni público estaban preparados para algo de carácter tan rompedor, con respecto a ciertas convicciones estilísticas y de género en las letras castellanas. Alfanhuí, una historia con muchísimos elementos fantásticos y protagonizada por un niño, no era en ningún modo una novela infantil. ¿Podía ser para adultos un relato en donde seres inanimados cobran vida, se describen paisajes casi de cuento de hadas, se narra la sucesión de imposibles prodigios de la naturaleza, y en donde todo el esquema de la narración esta estructurado como si de un relato para niños se tratase? A ojos de la crítica y los lectores de entonces la respuesta sería no, pero a todo esto habría que añadir claros indicadores que a cualquiera, incluso en aquel entonces, le disuadiría de pensar que estábamos ante literatura infantil: elegante lenguaje barroco y rebuscado, uso permanente de metáforas y estudiadas imágenes poéticas (de difícil comprensión incluso para el lector adulto), un tono muchas veces taciturno y melancólico, y sobre todo, un elaborado mensaje humanista que señalaba que Alfanhuí no era decididamente un cuento para niños. La primera novela de Sánchez Ferlosio pronto fue aclamada por la crítica, pasando a convertirse en una de las novelas fundamentales de la literatura española en los años 50, y con el paso de los años, será considerada una obra maestra de la narrativa hispana del siglo XX. Los años transcurren, e Industrias y Andanzas de Alfanhuí, la extraña pero bellísima historia del niño de los ojos color amarillo y obsesionado por los colores, que decide ser disecador, continua siendo un libro con total poder de fascinación, una increíble experiencia única para todo lector de cualquier generación. Un libro único y singular con el que su genial autor- aún vivo y en activo- será siempre recordado, junto con su otra obra maestra, El Jarama.



Sobre el autor: el extraño caso de Rafael Sánchez Ferlosio


Rafael Sánchez Ferlosio es casi un personaje tan extraño como el pequeño Alfanhuí, ya en sí una rara avis dentro de la galería de inmortales personajes de ficción de la literatura española. La producción literaria narrativa de este verdaderamente excelente y sorprendente escritor durante casi sesenta años ha sido escasísima, tan solo tres novelas, y algunos relatos, concretamente los que conforman su colección El Geco (2005), y otros dos escritos a principios de los 60, cuando ya había recibido años antes el Premio Nadal y el Premio de la Crítica por su segunda novela, El Jarama (1955). El resto y grueso de su obra literaria comprende ensayos y artículos, y tampoco es excesivamente extensa, estando casi toda escrita a partir de la segunda mitad de la década de los 80. Sánchez Ferlosio, huraño y huidizo, lúcido ensayista y crítico literario, no ha sido de los que se ha dejado ver mucho desde que su figura, antes de tener cumplidos los 30 años, se convirtiese en una referente de la cultura española. Una especie de JD Salinger español al que tan solo le faltaría tener el mismo reconocimiento popular en nuestro país que el mítico creador de El guardián entre el centeno.


Ferlosio nació el 4 de diciembre de 1927 en Roma, hijo del político y escritor extremeño Rafael Sánchez Mazas y de la italiana Rafaela Ferlosio. En aquel 1927 su padre era corresponsal del periódico ABC en la capital italiana. Años más tarde vuelve con su familia a Extremadura y estudia con los jesuitas en Badajoz para luego cursar Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid. Con el doctorado en el bolsillo, se establece en Madrid donde en 1950 conoce a la escritora Carmen Martín Gaite, con la que se casa en 1953, matrimonio que durará hasta su separación en 1970. En esos primeros 50, Sánchez Ferlosio y Martín Gaite se integraron en un círculo de jóvenes escritores nacidos a finales de los 20 y principios de los 30, en donde se encontraban Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre o Agustín García Calvo. Con este último autor y con otros forma el Círculo Lingüístico de Madrid. Tmbién fue por esos años fundador y colaborador de la Revista Española, junto con Aldecoa o Sastre. En 1951, con 24 años publica Industrias y Andanzas de Alfanhuí, insólita novela con mezcla de elementos realistas y fantásticos de extraño estilo metafórico. La novela obtiene gran éxito y coloca a su autor como uno de los narradores más prometedores del momento y al más claro exponente de la nueva literatura española. En 1955 aparece su segunda novela, El Jarama, muy diferente a Alfanhuí ya que se trata de una novela costumbrista en donde lo insólito de su factura es el papel totalmente primordial de los largos diálogos, escritos casi como si fuesen transcritos al pie de al letra de grabaciones de conversaciones. La aparentemente intrascendente historia de un grupo de jóvenes que hacen una excursión campestre en las orillas del río Jarama en donde conversan sobre todo tipo de temas cotidianos, fue revolucionaria por su magistral empleo del lenguaje coloquial y de todos sus tics y derivaciones, además de en la particularidad de que el narrador en ningún momento juzga acciones o personajes. Una novela completamente diferente a Alfanhuí en tono, estilo y temática que venía a demostrar que Sánchez Ferlosio era un escritor fuera de serie, capaz de acometer y dominar registros literarios y narrativos opuestos. La novela obtiene el Premio Nadal y el Premio de la Crítica y durante muchos años superó en popularidad a Alfanhuí, pero desde hace algún tiempo se puede decir que la ópera prima de Ferlosio es su obra más conocida y gustada.


Tras El Jarama, Ferlosio, abandona la novela y se centra en sus colaboraciones con revistas y prensa en artículos, en donde sigue mostrando su dominio del lenguaje y su calidad literaria. Tras dos relatos escritos en 1961, su actividad en la ficción narrativa es inexistente hasta finales de los 80. En 1966 publica su primera obra de ensayo, Personas y animales en una fiesta de bautizo y en los 70 solo publicará un ensayo, sobre tema literario, Las semanas del jardín (1974). 12 años después publica su siguiente obra, su tercera y última novela hasta el momento, el relato fantástico El testimonio de Yarzof. A partir de 1986 amplia el rítmo de su producción ostensiblemnte y publica varios ensayos. En 1993 obtiene el Premio Nacional de Ensayo por Vendrán más años malos y nos harán mas ciegos. Hasta el momento ha publicado varias recopilaciones de ensayos cortos y artículos, además del libro de relatos El Geco, de 2005. En sus últimos ensayos, el viejo Rafael Sánchez Ferlosio muestra un carácter ampliamente crítico con la sociedad actual y todas sus miserias: La globalización, el mundo del espectáculo, la guerra y al violencia, la publicidad… En 2004 se le concede el Premio Cervantes y en 2009 el Premio Nacional de las Letras Españolas. Sánchez Ferlosio en 2010, sigue siendo recordado como el creador de una de las más maravillosas novelas españolas de los últimos siglos, Alfanhuí.

Ilustración original de Jesús Gabán


Sinopsis de la novela


Alfanhuí abarca unas 200 páginas y está estructurado en 3 partes, la primera de 18 capítulos, la segunda de 10, y la tercera de 13. Los capítulos son muy breves y sus largos y explicativos títulos evocan irremediablemente a los de obras antiguas como Lazarillo de Tormes (ejemplo: “De las cosas que había en el jardín del sol y de cómo Alfanhuí bajó al pozo y encontró allí muchas novedades”).


Primera parte


La novela comienza en una aldea del sur de Castilla con la fabulosa historia del “gallo de la veleta”, una típica veleta en forma de gallo, que una noche cobra vida y se va a cazar lagartos, los cuales una vez muertos son tendidos al aire libre por el gallo. La lluvia hace desteñir a los reptiles, y el niño hijo de la propietaria viuda de la casa donde se encontraba la veleta recoge el “tinte “de los lagartos el cual al poco tiempo se solidifica y forma una especie de polvillo de cuatro colores con el que entre otras cosas fabrica una tinta sepia con al cual escribe en la escuela en un extraño alfabeto por el inventado ante la extrañeza de su madre. El gallo de la veleta, por el cual el niño no sentía al principio mucha simpatía, decide enseñarle sus sorprendentes conocimientos, como el de cómo atrapar el color rojo (“la sangre”) de la niebla del rojo de los ponientes. En una jornada en la meseta, el niño y el gallo consiguen teñir blancas sábanas de rojo ocaso que lavadas en un río originan increíbles prodigios como el de volver transparente a un yegua preñada que bebió en él. Ese mismo día, el niño decide que quiere ser disecador y su madre le envía a Guadalajara de aprendiz de un viejo maestro taxidermista.


El maestro es un hombre solitario, sabio e inquieto que parece esconder en su casa auténticas maravillas y todo tipo de cosas extrañas. Al igual que el niño, muestra una enfermiza obsesión por los colores; al ver los ojos amarillos del pequeño protagonista le comunica que son del mismo color que los ojos de los alcaravanes, por lo que decide apodarlo Alfanhuí, ya que según el viejo maestro “es el nombre con el que se gritan los unos a los otros”. Alfanhuí duerme todas las noches en una cama custodiada por varias especies de pájaros disecados, y antes de acostarse, el maestro cuenta a su aprendiz historias que se desarrollan y transcurren conforme el ardor de la leña en la chimenea. Una de esas historias es una que le ocurrió al maestro en su adolescencia, cuando tratando de buscar una imposible “piedra de vetas” para su padre fabricante de lámparas de aceite, conoció a un mendigo con barba de hierba, pelo de musgo y piernas donde trepaban madreselvas que tocaba una flauta de silencios que en cada nota hacía desaparecer el ruido de la naturaleza. La casa del maestro taxidermista estaba atendida por una criada disecada pero capaz de desplazarse a voluntad propia en un carrito con ruedas y de avivar el fuego de la chimenea. Tras ser atacada y “destripada” por un gato y expuesta por descuido a la lluvia, comienza a enfermar y a enmohecerse y se termina muriendo
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Derecha: ilustración original de Roberto Bergado

El jardín de la casa del maestro tenía dos zonas diferenciadas, la de la luna y la del sol. En la de la luna, la favorita de Alfanhuí, el jardín estaba presidio por un castaño y un olivo plateados. Todo allí, hierba, agua del estanque e incluso los pequeños animales moradores, era blanco o plateado. Alfanhuí advierte de que una culebra de plata vive en el jardín de la luna y decide cazarla empleando tres anillos de oro. El jardín del sol, por su parte, tenía un pozo que despertaba poderosamente la curiosidad de Alfanhuí. Los días en el taller del maestro van transcurriendo y Alfanhuí pronto es testigo de hechos extraordinarios, como una noche en la cual las aves disecadas de su habitación cobraron vida y bailaron enloquecidas o cuando descubre en el desván una silla hecha de cerezo que había echado raíces y en donde crecían cerezas. Otra noche tienen un hallazgo más ordinario, encuentra a dos ladrones escondidos en el pajar, quienes le regalan una moneda de oro al haber prometido silencio por su presencia.


Alfanhuí descubre que el interior del pozo del jardín del sol lleva a una gruta subterránea en donde cuelgan desde arriba las raíces del castaño del jardín de la luna, las cuales transmiten la luz del jardín hacia una extraña araña verde luminosa que iba chupando la luz y alimentándose de ella. Alfanhuí y el maestro decidieron aprovechar el asombroso descubrimiento y lograron teñir las blancas hojas del castaño de diversos colores al colocar tintes en las puntas de las raíces, además de otros alucinantes experimentos con el árbol y con los colores que en el se producían. Poco tiempo después, Alfanhuí consigue el título de oficial disecador y entonces el maestro y él deciden llevar a cabo la industria definitiva: fabricar pájaros vegetales injertando ovarios de aves el castaño. Los pájaros, nacidos tiempo después de diminutos huevos que crecían en el interior de las castañas, comienzan a volar libres por el jardín y por los campos del pueblo mostrando su colorido y su extraña forma plana de hoja. Pero esto es demasiado para los habitantes de la aldea, que ya no pueden tolerar más todas las cosas extrañas y desconcertantes que ocurren el taller y vivienda del maestro disecador. Una noche, una multitud de vecinos entra por la fuerza en casa del maestro destrozando todo lo que allí se encuentra, agrediendo al taxidermista y prendiendo fuego a la vivienda. Alfanhuí y el maestro consiguen huir al campo, pero el anciano muere de tristeza en brazos del niño. Alfanhuí entierra a su maestro en el campo de Guadalajara y decide volver con su madre. De nuevo en su pueblo, Alfanhuí se dedica a tareas del campo, pero se siente desesperadamente triste y melancólico hasta que un día “la nieve despeja su melancolía”.


Segunda parte


Alfanhuí decide marchar a Madrid, viaje que hace a pie. Nada más llegar a las afueras de la ciudad, Alfanhuí entra en una venta donde conoce a Don Zana, apodado en el Madrid castizo “el Marioneta”. Don Zana es un hombrecillo diminuto, un carismático chulapón petimetre de impecable vestimenta que en ese momento no tiene ni oficio ni beneficio, pero que en su día tuvo varios. El personaje es conocido en todo Madrid por su tendencia a bailar sobre mesas y tejados y por su carácter vivaracho; se asemeja a una marioneta de madera (Alfanhuí advierte que su mano no es humana) y parece comportarse como tal. Don Zana invita al niño a hospedarse en la misma pensión done él vive, regentada por Doña Tere, y a partir de ese ejercerá de su tutor oficioso en la villa y corte.


El Madrid donde vive ahora Alfanhuí es un escenario artificioso e irreal, como un decorado de teatro o el guiñol de títeres: las prostitutas parecen estar pintadas desde hace “siglos” en las paredes de las casas, los incendios de los edificios transcurren casi como una pantomima con los bomberos y las víctimas siguiendo cada uno su papel, y todo el mundo parece comportarse de manera exagera y compulsivamente ridícula. No obstante, Alfanhuí encuentra fascinante la pensión de Doña Tere, la peculiar forma triangular de su edificio y todo lo que allí se encuentra, así como la curiosa historia del padre de la dueña de la pensión, un hombre que se durmió mientras araba con bueyes y estos continuaron caminando, atravesando valles y montañas hasta llegar a dentro del mar. Otro de las experiencias con las que Alfanhuí disfrutó en Madrid fue la visita a una vieja casa abandonada, en donde había un piano con una colmena en su interior.

El día de carnaval, Don Zana decide organizar un improvisado desfile de máscaras junto con gente disfrazada que va reclutando casa por casa. Recorriendo la ciudad, la grotesca comitiva se encuentra frente a Alfanhuí, y tras haber huido el resto de máscaras, Alfanhuí se abalanza furioso sobre Don Zana, destrozándolo como si fuese un muñeco, con su cabeza de madera rodando por los suelos. Alfanhuí ha matado a Don Zana, en sus manos hay sangre (él no pensaba que Don Zana la tuviese), y durante un buen rato no puede ver nada. Vagando ciego por las azoteas de Madrid, Alfanhuí poco a poco va recobrando la vista y decide abandonar Madrid.


Tercera parte


A través de la sierra y la meseta, Alfanhuí se dirige al norte buscando retornar a Castilla, volviendo a realizar todo el trayecto a pie. Su destino es Moraleja, el pueblo de su abuela paterna, en donde piensa pasar una temporada. En el camino conoce a Heraclio, el gigante del bosque rojo, un gigantesco cantero que vive solitario en una cabaña y al que sus vecinos le desterraron tras serle conmutada una pena de muerte por una simple disputa. Alfanhuí pasa la noche con él y este le explica su visión de la amistad y de las cosas a las que se les da importancia. El niño se muestra conmovido por la bondad del gigante y a la mañana siguiente parte para llegar a Moraleja a casa de su abuela Ramona.


La abuela de Alfanhuí- a la que no había visto nunca- era una anciana de provincias sencilla y de fuerte carácter al estilo rural, enormemente longeva y muy popular entre los niños de la aldea por ser capaz de incubar huevos de pájaro en su regazo que los chiquillos le traían para quedarse ellos después con los pollos. Alfanhuí y ella congenian enseguida, ya que a la anciana le hacía bastante ilusión conocer por fin a su único nieto. Alfanhuí encuentra la felicidad en su nueva vida en Moraleja trabajando de boyero y siendo testigo del alegre y plácido discurrir del día a día en las sencillas gentes del pueblo, en el cual permanece varios meses. Nuestro protagonista pronto de da cuenta de que la abuela tiene en su casa varios arcones, pero no quiere revelar a su nieto el contenido de estos. Un día, la abuela le regala a Alfanhuí unas botas que habían sido propiedad del abuelo, las cuales se encontraban en una de las arcas.


Por vez primera, Alfanhuí es testigo en Moraleja de un suceso verdaderamente extraordinario: Caronglo, el más viejo de sus bueyes, muere en el pasto y el resto de los bueyes del rebaño organizan una especie de cortejo fúnebre en el medio del cual surge la sombra de Caronglo, la cual termina sumergiéndose en el río. Llega el verano, Alfanhí decide despedirse de la abuela y se encamina hacia por norte de castilla hacia Palencia. En al capital palentina Alfanhuí se coloca como aprendiz de mancebo en la herboristería de Don Diego Marcos, en donde aprende las propiedades de las diferentes hierbas y plantas y realiza experimentos por su cuenta. En su afán por conocer los secretos de los vegetales y sus diferentes gamas de verde, Alfanhuí llega a obsesionarse y su carácter y su mirada se hacen pasivos y ausentes. Tras días y días de estudio, Alfanhuí comprende que por fin ya ha aprendido todo lo debía saber, y entonces su carácter “vegetal” vuelve a la normalidad. El niño decide entonces abandonar Palencia y comienza a caminar sin rumbo explícito por los campos castellanos. Llegado a la ribera de un río, bandada de alcaravanes sobrevuela su cabeza mientras grita “Al-fan-huí”. Alfanhuí se acuerda entonces de su maestro con emoción y del momento en el cual recibió de él su actual nombre, mientras el arco iris surge en el cielo.


CONTINUARÁ

1 comentario:

  1. Anónimo4:08 p. m.

    ¿con el doctorado en el bolsillo?

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