sábado, octubre 13, 2007

EL CIRCO AMATEUR DEL CLUB DEPORTIVO DE BILBAO (1931-36): MEMORIA DE UNA EPOPEYA ROMÁNTICA

En los días de la República española, en la capital vizcaina un grupo de jóvenes de la ciudad, socios del filobritánico y tradicional Club Deportivo de Bilbao deciden canalizar su habilidad y afición por las acrobacias y las piruetas (y por el mundo del circo en general) y deciden montar una pequeña compañía circense itinerante sin carpa. Su objetivo: llevar la alegría a niños y personas necesitadas sin obtener ellos remuneración económica alguna, salvo en algunas funciones benéficas. Durante cinco años, sastres, bancarios, profesores de gimnasia, comerciantes y estudiantes se convertían en malabaristas, payasos, acróbatas, magos o contorsionistas en espectáculos que recorrieron toda Euskadi y parte de España. A parte del indudable altruismo de su empresa, artísticamente ofrecían unos números originales y sorprendentemente innovadores pese a la precariedad de los medios con los que disponían.


La comitiva del circo en Madrid (1935). a la derecha, con smokin, J.Echevarría Camarón, alma mater del CACD

En los anales de la historia del espectáculo circense no se registra otro caso parecido al del único circo cien por cien bilbaino del que se tiene constancia. Fue un circo que por tener no tenia ni carpa ni tan siquiera un lugar fijo de representación, como el Circo Price de Madrid. Nació con vocación de ser como los circos nómadas de toda la vida, pero a pequeña escala. Decidieron desde el primer momento de su fundación en los gimnasios del legendario Club Deportivo de Bilbao ser una compañía de espectáculos que trajese la ilusión a colectivos desfavorecidos, preferentemente infantiles, como discapacitados sensoriales, huérfanos, niños enfermos, ancianos…, actuando en las propias instituciones y residencias. Y sin olvidar funciones “de pago” en teatros o plazas de toros con objeto de recaudar fondos para obras benéficas o actuaciones populares gratuitas en las plazas o teatros de los pueblos a los que se iban de gira. Un buen puñado de bilbainitos anónimos amantes del circo y sin vocación inicial de profesionalizar su afición hizo posible en los años 30 un circo diferente y del que -injustamente- poco se conoce en la actualidad


¿Un circo en un Club de deportes? ¡Una bilbainada!

Polo y Nimo

El Club Deportivo de Bilbao (popularmente conocido como “el Deportivo”) nació a principios del siglo XX en la capital vizcaina como un club de deportes multidisciplinar y sin ambiciones profesionales, que primase la práctica del deporte en el ciudadano de a pie más que la alta competición, en una época en la que el deporte comenzaba a profesionalizarse y a adquirir repercusión social. Sus locales (gimnasios, piscinas, frontones) situados en el centro de Bilbao, incluían también el inevitable “club social”, que pronto se convirtió en referencia de la vida social bilbaína, en tanto que no era un club exclusivista y de niños pera si no mas bien popular, aunque por decirlo mejor, “pequeño burgués “. Eso si, la inspiración en los clubs recreativos británicos (una constante en la sociedad bilbaína en al primera mitad del XX) era palpable. Pelota, natación, atletismo, gimnasia, eran algunos de los deportes que se practicaban en los años 30 en la institución. El Club Deportivo aún existe en 2007, circunscrito casi exclusivamente al ámbito de la pelota profesional desde hace ya bastantes años y sin la estructura de club con la que se fundó, por las características federativas de dicho deporte. En 1931 ante la inminente inauguración de un nuevo local del club, un grupo de jóvenes socios y usuarios del gimnasio del Deportivo duchos en las paralelas y las anillas deciden preparar un espectáculo de acrobacias y volatines para la fiesta inaugural. El número obtiene gran éxito entre el público por la habilidad de la troupe que nada tiene que envidiar a los acróbatas circenses profesionales. Julián Echevarria Camarón, periodista, dramaturgo, autor de zarzuelas, y en definitiva, un bilbaino de pro omnipresente en todos los actos sociales que tiene lugar en al capital vizcaina hasta su muerte en los años 80, como socio destacado del club se dirige a los jóvenes que realizaron el número y les comunica que en la institución hay numerosos socios que, como a ellos (y al propio Echevarria) les encanta el circo y que tiene habilidades de sobra como para montar una compañía de circo con variados números.

Lizundia y Orue (Luci & Ero) en el sanatorio sta. Marina (Bilbao)

Echevarría capta a casi una treintena de socios del Club admiradores del mundo del espectáculo y con habilidades para el mismo y les convence para formar un circo aficionado que vaya de gira por Bizkaia sin ánimo de lucro, actando preferentemente para niños desfavorecidos y organizando funciones de recaudación benéfica para instituciones o para los fondos del Club. Existía ilusión en aquellos bilbainos (todos hombres, ya que el club no admitía a mujeres) y la atracción de mostrar sus habilidades artísticas ante el público y lo gratificante de lo altruista y benéfico de la idea harán que el Circo amateur del Club Deportivo se convierta en poco tiempo en una realidad. El circo – que no iba contar ni con carpa ni con infraestructura fija- nacía bajo los auspicios del propio Club Deportivo y fue dirigido hasta 1936, año en que la Guerra Civil acaba con ese circo tal y como se conocía, por Julián Echevarria, Camarón. El circo incluía acróbatas, gimnastas plásticos, clowns, ilusionistas. Un elenco sencillo que remitía más al mundo de los titiriteros y de los cómicos de la legua del siglo XIX que al del triunfante y grandioso espectáculo circense de los años 30, época en al que este mundo gozaba gran aceptación popular con artistas como Charlie Rivel, Grock, los Aragón, los Fratellini. Sin saberlo, el Circo Amateur del Club Deportivo devolvió al circo a sus modestos orígenes y despojó al espectáculo de parafernalia para dejarlo en su estado puro y con su propósito genuino: el de ofrecer ilusiones. Y si el público era alguien que ya la había perdido, y de ese modo se la devolvía, mejor que mejor.


Caravana de ilusiones

Durante sus cinco años de existencia, el CACD actuó en lugares como el Sanatorio infantil de Santa Marina (Bilbao), el Sanatorio de Murgia (Alava), el Colegio de Sordomudos y Ciegos de Deusto (Bilbao), etc., además de funciones para público popular en el bilbaino Teatro Arriaga, en las plazas del pueblo de diversas localidades vascas, las funciones anuales en las sedes del Club (primero en la calle Orueta y después en Alameda Mazarredo), y actuaciones en otras ciudades y provincias como Santander, Burgos, Zaragoza, Coruña, Madrid (se fue de gira la provincia de Madrid en 1935), tanto en teatros como en asilos y siempre con carácter benéfico y altruista.

El personal del circo fue cambiando e incrementándose durante esos años, siempre ofreciendo un espectáculo vistoso, genial y sorprendente a pesar del amateurismo de los artistas. Eran “currelas” que durante algún fin de semana o tarde laboral dejaban sus quehaceres para convertirse en circenses, alguno de ellos con un talento que nada tenía que envidiar a los profesionales, pese a que por motivos de sobra conocidos (recordemos los años en que estamos), vieron truncadas unas posibles carreras profesionales en el mundo del espectáculo.


El predominio en el programa del circo era de las atracciones de acrobacias o de ejercicios gimnásticos plásticos, algo lógico si se tiene en cuenta que los miembros de la compañía eran deportistas aficionados, la mayoría de ellos con horas y horas de gimnasio; pero también había payasos (muy de moda en la época), ilusionistas, y hasta cómicos monologuistas, anticipándose setenta años a la moda en el mundo del humor de comienzos del siglo XXI. Y es que algunos números tenían su impronta surreal vanguardista a lo Ramón Gómez De La Serna.

Dentro de los artistas gimnásticos destacaron sobre manera un dúo, Los Farolez, y un trío, el Trio Barmahuth. Los primeros eran dos acróbatas de saltos mortales y pino sobre los piel del otro. Felipe Fernández, el profesor de gimnasia del club, y Apolonio Hernández “Polo”, trabajador de una imprenta, eran los dos componentes. Polo era un atleta realmente ágil y habilidoso quemas tarde formó una nueva pareja artística Polo y Nimo, de carácter mas gimnástico y contorsionista. Los Barmahuth realizaban ejercicios de “estatuas humanas”, y estaban formados por tres Swartzennagers bilbainos de los años 30, Emiliano Bárcena, Sabino Mardaras y Pablo Huth. En lso últimos años delc circo el Trio Barmahuth se fusionó con los Farolez y junto con tres nuevos artistas formaron el dream team 8 White and Red 8 (llamados así por el color rojiblanco de sus maillots), centrado en los ejercicios en paralelas, una modalidad traída del mundo del deporte e inédita en el circo de entonces (el CACD, ¿precursor del Cirque del Soleil?). Hobo otros acróbatas en los programas, como los Dos Fergel o Simbad el Marino (Juan Duñabetia), un profesor de la Escuela de Náutica de Deusto que vestido de marinero daba espectaculares saltos mortales sobre una hilera de personas sentadas en sillas.

Los Barmahuth

Aunque no era acrobático, el número de Mariano Laita, si que tenia que ver también con lo físico. Era una curiosa combinación del tradicional forzudo rompedor de mesas, porcelana, loza y otros enseres con la cabeza o con las manos, y de contorsionista. Al finalizar sus actuaciones se “replegaba” y era introducido en un pequeño barril que el ayudante de turno llevaba rodando. Laita, según las crónicas, era un formidable artista que pudo llegara ser profesional de circo, pero al que la guerra se lo impidió. Fue discípulo de dos artistas de variedades profesionales que durante un tiempo “entrenaron” a algunos miembros de la troupe del CACD, concretamente un contorsionista bilbaino y un polifacético showman de origen egipcio, cuñado de este. Este último artista encontró su pupilo en Pedro Martínez, un comerciante propietario de una sastrería fascinado por el mentalismo y el fakirismo, que en el escenario mutaba en el Mago Zeny, con turbante y vestuario oriental de rigor. Martínez, con la ayuda de su asistente Zelín (Antolín Velez) efectuaba adivinación de cartas y de números, prestidigitación y un número tan impactante como el de “tragafuegos”, que tardó meses en aprender del artista egipcio.

Mariano Laita, el hombre de goma y acero

Hubo también un cuadro que mezclaba la acrobacia ciclista con el clown, como era el de Pepito Lizundia y Leonardo Orue, Luci and Ero, dos estudiantes que hicieron de su número uno de los mas populares del circo, gracias principalmente a Orue y su comicidad, caracterizado de personaje chaplinesco y haciendo gracietas inspiradas en las leyendas del cine mudo cómico con total credibilidad.

El Mago Zeny en "inquietante" foto promocional

También estaban los payasos, elemento fundamental en cualquier circo que se precie. Y los hubo de todo tipo. Los principales fueron Ponos, Quiquito y Chirlorita/Mr. Edward cuyas indumentarias, vocabulario, chistes y gags remitían a la legendaria familia Aragón (Pompoff, Teddy y Emig era la generación de los años 30) o a otros míticos clanes de payasos como los italianos Hermanos Fratellini. Ponos (Jesús Quintanal) era el payaso listo o clown de cara blanca, y Quiquito (Rafael Enrique, legendario locutor de Radio Bilbao durante muchos años) era el augusto. Junto a ellos estaba el regisseur o presentador de los payasos - figura en la actualidad desaparecida dentro del mundo del clownismo- Jose María Leguina, y otro rol extinto, el niño vestido de botones, que interpretaba Eduardo Leguina, hijo de Jose María, con el nombre alterno de Chirlorita o Mr. Edward. El pequeño Leguina, con no mas de 10 años fue el miembro mas joven del circo, cuando lo del trabajo infantil aún noe staba regulado. Otro payaso genial fue Miguel Orio, que hacía una imitación perfecta del genial payaso madrileño de la época Ramper. Su popularidad fue tan grande en el mundo del circo que el auténtico Ramper quiso compartir escenario con el en una de las visitas del legendario payaso a Bilbao, con un gran éxito entre el público que los vio actuar.

Ponos, Leguina, Chirlorita y Quiquito. Bilbao, tradición de payasos

Pero no solo actuaron payasos digamos que “tradicionales”. En el programa de actuaciones se introdujeron números cómicos que rompían con los límites del clown y se adentraban en terrenos del humor adulto o del absurdo con connotaciones incluso dadaístas, preparando terreno a… ¿Faemino y Cansado? Puede ser una bilbainada, pero ¿Quién sabe? Pepe Gansy (Jacinto Lopez) era un showman que hacía de de payaso, reggiseur , monologuista y cuentacuentos cómico. Zenón Garramendi, era la voz principal del cuarteto musicovocal Los Chimbos, grupo de bilbainadas, rancheras y canciones populares que actuaba en los cambios de escenario y tenía un alter ego de cantante humorístico y monologuista, Juan Crus Porrusale, un aldeano de Lekeitio que hablando mitad en castellano mitad en “vascuense” hacia tirarse por los suelos al respetable con sus anécdotas y sus coplas satíricas. Claro que para humor vasco estaba Ramón Varela y su personaje del aldeano vasco Seledón, que irrumpía en medio de las actuaciones como si de un espontáneo del público se tratase comentando los números o interrumpiéndolos, soltando sus monólogos repletos de vivencias del mundo rural vasco. Varela fue muchas veces amonestado por la guardia civil confundiéndole con un espontáneo de verdad, y cuentan que algunos chistes suyos eran para mayores de 18 años. Otro peculiar humorista era el popular dibujante y escritor bilbaino K-Toño Frade, quien con el sobrenombre de “El As de garabato”, tenía un número basado en el humor gráfico basado en los dibujos que hacía en un caballete colocado en el escenario.

La función no termina aún. En 1933 se incorpora un número de ventriloquia que en realidad no era tal. Pedro Martínez, el Mago Zeny, se convertirá en un proto Bergen bilbaino y su Charlie McCarthy será Kiriki, un muñeco que representaba al niño contestón y pillastre que suele traer de cabeza al ventrílocuo. Pero Kiriki no era un muñeco, sino una persona real, Rafael Enrique, el payaso Quiquito. Curioso el número. Y no solo hubo estrellas humanas, a falta de fieras y sus domadores, el CACD de conformaba con los inevitables perros amaestrados, los de Emilio Jerez. La diva canina del cuadro era la perrita Neska. Tampoco merecen ser olvidados los grupos musicales (conjuntos, que se decía entonces ) que amenizaban en los cambios de escenario como los citados Chimbos, que llegaron a hacer carrera en los años 40 dentro de la música actuando incluso en películas de Hollywood, y el Trio Olmar.

El falso ventrilocuo, Pedro martínez y el falso muñeco, Kiriki

El espectáculo debe continuar

El CACD recibió durante sus cinco años de andadura el reconocimiento y los elogios por su labor de prensa, clase política, crítica especializada y el público en general. Su altruista labor por llevar la esperanza a aquellos que mas la necesitaban puede ser vista también como percusora de la risoterapia, que esta tan de moda, y del concepto de los “payasos sin fonteras”. La compañía recibió también galardones por su actividad y elogiosas reseñas en la prensa. La Guerra Civil truncó la existencia del CACD y tras la contienda bélica el Club Deportivo tuvo que olvidarse de su circo, preocupándose más en reorganizar la estructura de la institución en los difíciles tiempos de la posguerra. Posteriormente, en los años 60, el Club Deportivo reorganizó su Circo Amateur, pero ciñéndose sus actuaciones al ámbito interno de los socios del club mas alguna actuación pública, pero todo ello de manera muy esporádica y sin ningún afán de llevar a cabo el tipo de actuaciones que llevó el circo bilbaino en los años 30. Ha mantenido su actividad de manera prácticamente anecdótica hasta la actualidad, sin que ya nada recuerde a aquellos gloriosos años. En 1974 se inauguró en el bilbaino barrio de Txurdinaga la calle Circo Amateur del Club Deportivo, en reconocimiento de la ciudad a esta peculiar e insólita institución.

Fue una pequeña gota de ilusión de al mano de unos ciudadanos que jugando a ser artistas circenses pusieron su granito de arena en la felicidad de una generación, y sobre todo de aquellos que no podían disfrutar en sus condiciones de un espectáculo semejante. Fue el sueño de unos saltimbanquis románticos que conscientes de sus limitaciones de infraestructura adaptaron el concepto de circo a una economía de medios que convirtió a este mundo en una especie de improvisación sublime e innovadora que mantenía intacto el encanto de lo que algunos llamaban “mayor espectáculo del mundo”. Una cruzada. Una cruzada sin parangón; el más difícil todavía se vivió en Bilbao en los años 30.

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