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Adoptando apariencia y ropajes de cine occidental (más concretamente hollywoodense), este filme japonés (en realidad coproducción estadounidense-nipona) consigue ser un trabajo serio, solvente y con bastantes argumentos cinematográficos, además de muy atractivo para el espectador medio. Un drama-comedia que yace argumental y contextalmente en la difícil relación cultural entre oriente y occidente, más por aspectos psicológicos, comportementales y de valores que de costumbres y que se zambulle de lleno en su historia concreta en el mundo de las relaciones familiares, por una parte, y en el juego entre la verdad y la mentira, entre lo real y el simulacro todo desde la perspectiva del mundo de la interpretación. Pudiera parecer que la directora y guionista Hikari peque de demasiado ambiciosa, pero decididamente logra convocar todos estos elementos de manera magnífica y para ello ha contado con la inestimable ayuda de ese gran actor a veces infravalorado que es Brendan Fraser, quien hace su mejor trabajo desde la oscarizada ballena. Philip, su personaje, un actor norteamericano residente desde tiempo atrás en Japón, es una persona perdida en un país y una cultura que no ha llegado a comprender después de siete años y que además arrastra un fracaso personal (principalmente por falta de trabajo) que encuentra una inesperada redención y un nuevo sentido a su vida de la amnera más estrambótica e inesperada. Un mundo escasamente conocido para la sociedad occidental, el de las empresas japonesas de familias de alquiler, aparece ante nosotros ofreciendo momentos de metaficción con su discurso sobre el binomio realidad/ficción realmente impagables que constituyen uno de los fuertes de esta cinta.
En la historia, Philip accede reluctantemente y con reservas a trabahjar en una empresa de Rental Family en donde uno de sus cometidos (el principal) será fingir ser el desaparecido padre norteamericano de un niña mestiza japonesa, Mia (Shanon Mahina Gorman) para que su madre, Hitomi (Shino Shinozaki) consiga que sea aceptada en una prestigiosa escuela privada; aunque lo que Philip no imagina es que pronto se sentirá el verdadero padre de la niña al sentirse aceptado y querido por ella. Al mismo tiempo, el actor americano deberá interpretar a un periodista que entrevista a un veterano actor retirado con demencia senil, Kikuo (Akira Emoto), con quien llega a establecer una relación paternofilial. Una desencantada actriz trabajadora de la empresa, Aiko (Mari Yamamoto) y el dueño de la compañía, Shinji (Takehiro Hira), son los otro dos vértices de la nueva odisea del protagonista, marcando aspectos negativos y ambiguos en el relato. Hay una gran variedad de sensaciones en la película y una excelente mezcla de elementos dramáticos con cómicos, siempre con un mensaje de superación y de esperanza con solidez y que va más allá de una Feel Good movie impostada. Un filme bonito y honesto que merece más que la pena verlo,

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