La inmortal novela de Victor Hugo, Los Miserables (1862) esta metida hasta el tuétano en la cultura francesa, es habitual que de vez en cuando se revise allí en cualquier medio este clásico literario del romanticismo teñido de realismo (significativa mixtura para la época en la que las dos grandes tradiciones culturales decimonónicas se fusionaron) Las adaptaciones cinematográficas, televisivas y teatrales de la extensa novela han sido numerosas y no solo desde Francia- lo del musical ha terminado desvirtuando algo la significación de la historia- y en esta ocasión se ha querido hacer algo un tanto diferente, a priori poco fértil más que arriesgado, pero que ha terminado siendo una propuesta fundamentada y con sustancia: contar de manera expandida los primeros capítulos de Los Miserables centrándose en la caída y primer intento de ascensión de su protagonista, Jean Valjean, presentado aquí de una insólita manera como un antihéroe con pocos principios pero con sus primeros conatos de ascenso moral gracias a su relación con el bondadoso (y astuto) obispo Myriel: Es decir, un estudio psicológico del joven Valjean que resulta muy entonado y sugerente en un filme que apuesta por la parquedad de diálogos, la fuerza de las imágenes, un look de periodo intencionadamente tosco y naturalista y un cierto aire de clásico europeo de arte y ensayo de antaño con ecos de Pasolini o Buñuel.
El director Eric Besnard hace un trabajo muy digno que no traiciona el espíritu de la novela de Victor Hugo pese a el tono aparentemente poco amable de una historia donde Valjean es más amoral y canalla que nunca. En donde los trabajos forzados del campesino y los otros convictos son representados tal vez de la manera más cruda y salvaje que hemos visto en cualquier adaptación de los Miserables, y en donde los personajes secundarios como el obispo, su hermana y su ama de llaves aparecen expuestos de una manera muy poco agradable, siendo el personaje del clérigo la clave en esta historia como guía moral del protagonista proponiéndole retos intencionados para su evolución de exreo forzado a un ser mínimamente respetable. Puede que toda esa intencionalidad introspectiva y su ambientación minimalista -en donde los paisajes campestres y naturales cumplen un papel fundamental- no resulten del gusto de un público amplio y que su cierto embarullameinto narrativo alargándolo todo hasta la exasperación reste muchos enteros al filme, pero este ha sido un experimento que aunque con algunos fallos ha salido bien y es de agradecer. Las interpretaciones de Grégory Gadebois (Jean Valjean) y Bernard Campan (el obispo) son muy buenas y se adueñan del filme. Otra forma de releer un clásico inmortal aunque sin muchos alardes.

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