lunes, septiembre 25, 2017

DETROIT





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Siempre tiene un cierto riesgo la amalgama géneros en el cine, tal vez por ello una película que ya desde sus primeros compases de metraje se presenta como una mixtura de crónica histórica contemporánea, cine social con elemento de denuncia, relato policial y pinceladas de acción hace temer al espectador lo peor. Sin embargo, en el caso de Detroit, nuevo filme de la hábil Kathryn Bigelow se ha conseguido una soberbia película que, efectivamente, con algunos recursos propios de la violencia cine de acción- que la directora ha demostrado dominar en filmes anteriores como En tierra hostil dejando además una original impronta autoral - y pequeñas concesiones a la intriga policial narra de un modo realista, descarnado y con escasa comercialidad un oscuro hecho de la historia norteamericana de los últimos 50 años. El caso del Motel Algiers de Detroit, Michigan, que tuvo lugar en julio de 1967 y en donde unos policías blancos ejecutaron a tres jóvenes negros inocentes en una noche de malentendidos y odio racial en plena revuelta de la población negra en esta ciudad, además de ser un excelente material cinematográfico era una manera muy ilustrativa de tirar las orejas a un país en donde la discriminación racial ha sido durante muchos años- y sigue siendo ahora en no pocos casos- un quebradero de cabeza y aunque EEUU siempre haya presumido de su apertura democrática. Lo cierto es que Detroit, que da su propia (y posiblemente muy aproximada) interpretación sobre los trágicos hechos que ocurrieron en las habitaciones de aquel motel  es una película más efectiva que efectista  y que demuestra además como en un contexto espacio-temporal muy reducido se puede contar una historia tan apasionante como realistamente sobrecogedora que atrapa y angustia al espectador desde el primer momento.

Con la utilización de algunas imágenes de la época de archivo- principalmente fragmentos de informativos y escenas reales de las revueltas raciales de Detroit- la película está perfectamente ambientada en el Detroit de finales de los 60 y no renuncia al habitual estilo semidocumental de la directora que esta vez se ha esforzado no solo en trasladar magistralmente la opresiva atmósfera de la tensión del momento histórico de altercados varios sino en presentarnos el espíritu de la época  de una ciudad que fue un símbolo de esperanza, orgullo y libertad para la población negra ya que allí se gestó el célebre sello discográfico Tamla Motown, la primera compañía de cualquier sector hecha principalmente por y para negros y que en este film cumple un papel significativo y tangencial además de ser objeto indirectamente de homenaje. Con un estilo narrativo muy verista, un ritmo que trata de oal tiempo real (un recurso muy acertado en una historia como esta) y unas interpretaciones desgarradas por parte un grupo de muy competente y en su mayoría jóvenes intérpretes, Detroit consigue ser un filme tan cautivador como desasosegante que puede que incomode a los espectadores más sensibles con su violencia a veces desatada. Y es que su elemento de denuncia, en este caso de la brutalidad y corrupción policial en un caso que no quedó resuelto como es debido, trata de imponerse en todo momento y un vehículo efectivo para esto ha sido el mostrar los engranajes psicológicos del odio y de la intolerancia en los personajes de los policías blancos. Y por el otro lado un grupo de chavales afroamericanos idealistas y con ambiciones artísticas algunos de ellos que se encontraron inesperadamente con un infierno que nosotros revivimos por obra y gracia de la genialidad de su directora. Tal vez la excesiva duración del filme con un epílogo judicial tosco y tedioso sea un cierto lastre, pero lo cierto es que Detroit es una de las mejores películas de lo que llevamos de año.               

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