jueves, julio 04, 2019

ESTO NO ES BERLIN



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La mezcla de crónica costumbrista con trasfondo histórico (o al menos ambientado en épocas pasadas) y el drama es algo que suele funcionar bien en el cine, pero este no ha sido el caso de esta esforzada producción mexicana que pese a lo fallido de su propuesta viene a reivindicar la progresión y modernización del cine azteca con realizadores que siguen la estela González Iñarritu, Cuarón y compañía y huyendo de  copiar el cine yanki y de anclarse en modismos de la idiosincrasia mexicana en el séptimo arte, parecen abrazar los cánones del cine europeo aunque eso si atravesados por parámetros estilísticos independientes anglosajones. Hari Sama, un director desconocido fuera de México pero con reconocida trayectoria en su país demuestra ser un realizador competente y un narrador con recursos, pero este filme no consigue llegar a altas cotas en ningún momento a causa de un mensaje poco claro y bastantes altibajos debidos principalmente a unos personajes poco explotados. No obstante el principal pero de esta película es su empeño en parecer un producto europeo aunque esto esté justificado por su temática: el anhelo de cierto sector de la juventud mexicana de mediados de los 80 por tener un estilo de vida similar al de Londres o Berlin y la aspiración de convertir a México DF en un epicentro cultural alternativo basado en las capitales europeas en la época. En ese sentido, sólo se ha conseguido una cierta sensación de pastiche que parece beber con poca fortuna de Danny Boyle o Dennis Villeneuve.

Con el siempre rico filón de las vivencias de la adolescencia, Esto no es Berlin, nos traslada al México DF de 1986, en donde un chaval estudiante de un colegio privado, Carlos (Xabiani Ponce de León) trata de evadirse de la mediocre realidad de su empobrecido país y de su tradicional familia primero por medio de la rebeldía violenta y más tarde por medio de la vida nocturna que descubre en una discoteca mal vista en la ciudad en donde toma contacto con la música postpunk y new romantic de la época (la chica por la que bebe los vientos, Rita (Ximena Romo) canta en un grupo), el sexo y las drogas en un ambiente muy liberal poblado músicos y artistas que aspiran a ser transgresores dentro de un país enormemente tradicional pero también de charlatanes, oportunistas y gente de dudosa moral. Su mejor amigo, Gera (José Antonio Toledano), hermano de Rita, el acompañará en esta nueva experiencia pero las consecuencias serán diferentes para ambos. Jugando con la nostalgia ochentista y la denuncia histórica de un entorno que por entonces estaba más preocupado en otras cosas que en alcanzar la modernidad cultural- y en donde la droga como ocurrió en otras tantas partes sacudió a una generación- la película transita insegura en su vertiente dramática y no logra sacar partido de la complejidad de sus protagonistas, quedando al final en un producto raspadamente aceptable pero sin relieve. Como punto fuerte se puede mencionar su montaje dinámico muy adecuado para este tipo de historia y la estupenda fotografía que realza la atmósfera de un muy bien recreado ambiente de discos marginales ochenteras. Puede que Hari Sama nos sorprenda en  el futuro con un gran filme, pero en esta ocasión no ha sido el caso.       



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