jueves, febrero 11, 2016

LA GRAN APUESTA (THE BIG SHORT)





** y ½  

La sensación que deja este ingenioso aunque algo irregular filme es de un empacho de pretensiones bastante notable: tratar de hacer un filme de ficción sobre el origen de la crisis económica actual desde su vertiente financiera y su estallido en la década de 2000 es un ejercicio tan valiente como cinematográficamente incierto y en ese sentido el resultado final ha sido más bien discreto y farrragoso desde el punto de vista artístico. Adam Mckay, un director de productos comerciales escorados al exceso y la comedia ha intentado hacer una película entre irónica, divulgativa crítica y desmitificadora apoyado por una elenco de conocidos intérpretes y un guión en donde el lenguaje y los conceptos económicos lo copan casi todo sumiendo en el despiste a los espectadores menos puestos sobre el tema y aunque se traten de explicar no pocos de dichos elementos mediante ingeniosos trucos metacinematográficos y una tendencia casi omnipresente a romper cuarta pared.

Pese a que The Big Short funciona como crónica dramatizada de acontecimientos históricos y su estilo entre documental, videoclipero y, digámoslo, tarantininano, resulta efectivo sobre todo por su tono irónico rayando con la comedia esperpéntica (aunque se describan hechos totalmente dramáticos) lo árido de su temática y la profusión de tecnicismos económicos no le confieren precisamente el estatus de filme ameno. Ryan Goslin, Brad Pitt, Steve Carell y un tremendo Cristian Bale junto con intérpretes menos conocidos se esfuerzan y mucho en mostrar las motivaciones, las taras, las ambiciones y sobre todo la doble moral de unos personajes reales que en su afán de lucro y codicia abocaron a la sociedad occidental a una crisis económica sin precedentes. Está excelentemente plasmado todo el mundo bursátil y bancario, pero la explicación (bastante compleja) de cómo los diferentes elementos se combinaron para llegar a una situación aparece excesivamente detallada para un filme de ficción. Una película necesaria pero excesiva.

jueves, enero 28, 2016

LOS OCHO ODIOSOS (THE HATEFUL EIGHT)



 
*****

Tenían que ser directores mitómanos y tendentes al metacine (además de sobradamente talentosos, por supuesto) como  Quentin Tarantino los que de algún modo mantuviesen el western como un género capaz de seguir proporcionando obras maestras del séptimo arte aún y cuando las apariciones en la pantalla de dicho género sean más que esporádicas en los últimos tiempos. Y es que tras haber firmado su obra maestra con otro western, Django Unchained (2012), Tarantino vuelve a sorprender con un filme sólido y degustable que demuestra la maestría del director de Knoxville      en el arte de contar historias y su sólida cultura cinematográfica además de hacer un display una vez más de sus innatas habilidades como realizador. Si en Django Tarantino hacia una revisión del Spaghetti Western de Segio Leone con elementos del cine blaxploitation, en esta ocasión se toma como referencia más que evidente a Sam Peckinpah, otro de los más notables maestros de Quentin, y cierto tono de thriller y drama-comedia de personajes en un filme en donde la violencia tarantiniana adquiere tintes cuasi pariodico-manieristas y un tono que pese al principio del filme parece más contenido por no decir ausente termina estallando de una manera tan curiosa como insólita. En realidad, parece que la violencia más notable reside en los diálogos de unos personajes pendencieros, desagradables, antiheróicos, equívocos y llenos de matices que se escapan oportunamente de los tópicos de los personajes tradicionales del western. El buen plantel actoral reunido para la ocasión se compenetra a las mil maravillas en una puesta en escena insólitamente focalizada y teatral que requiere la atención y la entrega del espectador.


Los ocho odiosos del título son un peculiar grupo salvaje (los ocho titulares y otros de los personajes, sin que el espectador sepa a ciencia cierta cuales son exactamente los ocho hasta que ve el cartel de la película) de cazarrecompensas, convictos capturados y sentenciados a muerte, hombres de ley (teóricamente), forajidos, pistoleros errantes y hasta un viejo militar retirado en unos EEUU con la guerra de secesión recién terminada y aún supurando unas heridas mal curadas causadas por la misma. Unos personajes con principios harto peculiares y cada uno con su particular código de justicia con resonancias poco o nada éticas: una parábola nada edificante y muy crítica sobre la herencia ideológica y moral que dejó la esclavitud y la guerra civil americana. El mayor Marquis Martin, el exmilitar afroamericano reconvertido en cazador de recompensas que interpreta Samuel L. Jackson actúa como catalizador de una trama estructurada en diversos capítulos y en realidad dividida en dos grandes actos: uno que transcurre en una diligencia (claro homenaje a John Ford) liderada por otro cazarrecompensas de dudosa moralidad John Ruth (Kurt Russell) que se dispone a entregar a la peligrosa asesina Daisy Domenergue (Jennifer Jason Leigh) a la horca, y el otro desarrollado en una posada en donde sus ocupantes tratan de resguardarse de una cruda nevada. Lo que parecía al principio un western crepuscular tradicional poco a poco se va convirtiendo en un thriller de personajes como resonancias detectivescas a lo Agatha Christie y termina con una explosión de pasión, violencia y un curioso mensaje a la historia y la cultura americana. Toda una galería de personajes inolvidables y situaciones muy logradas gracias al soberbio manejo del director de la anécdota y la parodia-homenaje aunque aquí adquiera unos tintes autorreferentes muy peculiares. Bruce Dern, Demian Bichir, Michael Madsen, Tim Roth, Walton Goggins  James Parks o Channig Tatum- en su mayoría actores que han trabajado antes con Tarantino- componen un bestiario humano sin desperdicio con unas excelentes interpretaciones. Una vez más, Quentin se cubre de gloria y demuestra que es, sencillamente, un director sin límite. 

domingo, enero 24, 2016

PALMERAS EN LA NIEVE





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Estaba en deuda España con su pasado colonial en el siglo XX en cuanto a argumento cinematográfico, un episodio en la historia de la península ibérica tan efímero como desconocido. Es por ello de agradecer esta vistosa y lograda aproximación a la historia de Guinea Ecuatorial, la antigua Guinea Española que durante gran parte del régimen de Franco fue la colonia africana por excelencia de España. No obstante, lo que más se potencia en este filme es el elemento melodramático trufado eso sí de visión histórica cargada de crítica político-social frente al colonialismo, además de varios aspectos de thriller y de drama intimista. Basada en una exitosa novela de Luz Gabás, esta película sin tener excesivas pretensiones podría quedarse corta si su propósito fuese mostrar un tópico melodrama intertemporal e histórico o una suntuosa producción de época, pero afortunadamente su tono comedido y su aparente honestidad a la hora de mostrar situaciones y personajes reflejo de una época, una situación y un lugar consiguen un filme degustable y muy interesante pese alguna irregularidad y algunas concesiones a los cánones del melodrama comercial cayendo en algún momento en la sensiblería fácil. Fernando González Molina (Tres Metros bajo el Cielo) dirige con tino y clase una película técnicamente muy bien realizada y que parece apostar por historias de regusto internacional dentro de un panorama de cine español demasiado ensimismado en su propio entorno.

Rodada en Canarias y Colombia, ya que el Gobierno de Guinea Ecuatorial prohibió el rodaje en su territorio, Palmeras en la Nieve cuenta la crónica familiar de dos hermanos aragoneses Killian (Mario Casas) y Jacobo (Alain Hernández) que en lso años 50 abandonan su aldea en los pirineos para reunirse con su padre Antón (Emilio Gutiérrez Caba) en la isla guinenana de Fernando Poo en donde este se dedica  al lucrativo negocio del cacao, en el que ambos hermanos se imbuyen. Medio siglo más tarde, Clarence (Adriana Ugarte), la hija del recién fallecido Jacobo pretende conocer todo lo que realmente hicieron su padre y su tío en el país africano, intrigada al descubrir una pensión que uno de pasó durante años a una mujer guineana y su hijo. El viaje de Clarence a la Guinea Ecuatorial de hoy vuelve a traer los recuerdos de la Guinea Española donde su familia descubrió el placer de sentirse un ser superior, rico y todopoderoso como blancos en un país de población negra, a la que trataban despótica y cruelmente. No obstante, las contrapuestas personalidades de ambos hermanos les llevarán por caminos diferentes: mientras que Jacobo es un ser amoral, orgulloso, egoísta e interesado, Killian es un hombre intrigado por el misterio que ofrece al África negra y poco a poco irá comprendiendo las motivaciones, los miedos y en fin la indignación  de sus habitantes, arrinconados por la soberbia de los colonos europeos. La aparición de una joven del lugar llamada Bisila (Berta Vázquez), cambia definitivamente la relación de Killian con el exótico país de acogida.  

Una suntuosa y bella fotografía y una excelente puesta en escena ensalzan los méritos de una película eficaz y muy bien contada, pero en la que sobran momentos efectistas especialmente en lo tocante al elemento melodramático y en la historia de amor que se cuenta. El reparto se antoja eficaz con unos más que interesantes Alain Hernández, Macarena García, Adriana Ugarte o ese descubrimiento que es Berta Vázquez, además de un buen puñado de competentes actores africanos; en cambio Mario Casas demuestra estar aún muy verde en su registro dramático y se puede decir que es de los más flojo de todo el filme. Sin grandes aspavientos, una película bonita e interesante. 

domingo, enero 10, 2016

MACBETH




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En plena era del Watsapp y del Twitter es más que una buena noticia que un texto de Shakespeare sea convertido en una película ambiciosa y más que solvente a la que parece que no le va del todo mal en taquilla en todo el mundo. Aunque es una obviedad señalar que la obra del dramaturgo inglés sigue siendo una fuente de inspiración de primer orden en el mundo literario y audiovisual, resulta significativo que en muchas de las últimas adaptaciones cinematográficas de obras de William Shakespeare sus responsables se atrevan con planteamientos más o menos insólitos y novedosos con respecto a versiones anteriores. Este Macbeth dirigido por Justin Kurzel, un director británico a tener en cuenta en el futuro, es un filme que sin ser excesivamente ambicioso y sin contar con un enorme presupuesto se perfila como una de las mejores adaptaciones de esta obra a la gran pantalla, tan solo superada por la de controvertida versión de Roman Polanski de 1971. Rodada en paisajes naturales de Escocia y con escenarios austros y estética minimalista adaptada al agreste y aún semibárbaro mundo escocés del siglo XI en donde se sitúa la historia, este Macbeth es una pequeña joya que lleva trazas de convertirse en película de culto con su más que efectiva mezcla de cine independiente, puesta en escena puramente teatral, experimentación narrativa y sobre un atrayente componente visual entre pictórico, naturalista y esteticista puesto al servicio de unas imágenes de calculada composición y cierta inspiración manierista. Digamos que esta es una especie de puesta al día del cine de “arte y ensayo” de los 60 y 70, una especie de ucronía en donde parece que Polanski,, Visconti o Pasolini han rodado en los 2010 aunque eso sí con no pocos elementos del cine contemporáneo, especialmente en cuanto al tratamiento de la violencia y las escenas de guerra, próximas a las coordenadas tarantinianas. Las referencias estéticas y cinematográficas de este filme se completarían con algún elemento de Zeffirelli, Jodorowsky y, por que no, el expresionismo alemán. Pero lo más importante es que el resultado, lejos de ser pedante, es de un filme degustable y relativamente asequible aunque siempre con las reservas que impone su lenguaje clásico y lo árido -desde el punto de vista del público actual- de la temática dramática Shakespeariana.

La historia de Macbeth, paradigma de la ambición desmedida y de las ansias irracionales de poder y gloria, aparece aquí como un relato etéreo e irreal con una ambientación que trata de trascender su pureza teatral con el componente fantasmal y fantástico que su propio autor le imbuyó (jamás las Tres Fatídicas han estado aquí tan inquietantes y sugerentes) íntimamente ligado aquí con los torturados remordimientos de su protagonista excelentemente interpretado por Michael Fassbender. Sus soliloquios y los de Lady Macbeth (curiosamente interpretada por una francesa, Marion Cotillard, que hace un estupendísimo trabajo) se encuentran entre los momentos más logrados del filme, siempre apoyados en deslumbrantes y turbadoras imágenes. El otro tema de la obra, el del uso despiadado de la violencia, como era de esperar ocupa también su lugar central con una dosis de sangre menos abundante que en otras adaptaciones aunque tal vez algo más explícita. Un Macbeth extraño y un tanto diferente que sin embargo cuenta la historia de siempre con prácticamente los mismos recursos eso si tratados de una forma peculiar y original. Recomendable a los amantes de la literatura de Shakespeare y a los cinéfilos exigentes  

domingo, enero 03, 2016

EL VIAJE DE ARLO (THE GOOD DINOSAUR)




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Un nuevo producto menor de Pixar mientras se espera al blockbuster de turno limitándose a cumplir el expediente. Pese a se trata de un filme de animación con un adecuado y estimulante mensaje (el valor del esfuerzo y de la ayuda a los demás así como la importancia de las amistad en el proceso de autorrealización) y algún momento inspirado, The Good Dinosaur no consigue ser en ningún momento un buen filme y se sitúa bastante pro debajo de las mejores obras de la compañía de John Lasseter. Esta claro que el concepto de partida del filme era el de ser un filme modesto  y por lo tanto tampoco se le puede exigir mucho a una película que sin embargo gustará a los más pequeños con su mezcla de aventura, humor y melodrama familiar todo ello enmarcado en una prehistoria imposible en donde - como se ha hecho muchas otras veces en diferentes obras de ficción- dinosaurios y humanos conviven, siendo los dinos unos seres racionales y parlantes que hasta construyen casas y se dedican a la agricultura y ganadería mientras que los humanos son primitivos viviendo en estado casi animal.  Hay una explicación para esa prehistoria alternativa: el meteorito que supuestamente alcanzó la tierra en la era de los dinosaurios pasó de largo.

Arlo, el personaje central del filme, es un joven brontosauro, torpe y miedoso, traumatizado por no llegar a la altura de los logros de sus padres y de sus dos hermanos en los muchas veces titánicos quehaceres de la granja. Tras perder a su padre – su principal referencia-en una inundación, Arlo deberá abandonar momentáneamente a su familia en busca de la realización de alguna hazaña a lo largo del valle, viaje en el que le acompañará inesperadamente un niño humano al que llama Spot y que se convertirá en poco menos que su mascota. La pareja se encontrará con diferentes personajes y vivirá curiosas situaciones que harán madurar a Arlo y su percepción del mundo y de si mismo, todas ellas descritas en el filme muy caótica y esquemáticamente en una unidad narrativa poco consistente. El humor tampoco está muy conseguido en un filme donde eso sí los sentimientos están muy bien descritos y perfectamente adaptados a la mentalidad infantil con algún instante emotivo interesante. Y desde el punto de vista técnico, la película aunque atesora imágenes vistosas de paisajes (la mayor parte de imagen real, no infográficos) y tiene secuencias impresionantes como las de las riadas, no se sale de lo previsible y en algunos momentos esa combinación de fondos y elementos reales y realizados por ordenador recuerda inapropiadamente a las películas de Francisco Macián y Ralph Bakshi de los 60 y 70 con aquellos efectos que en esas época podían resultar impactantes pero ahora quedan un poco estrambóticos. Pero pese a todo, este filme puede resultar un acierto a al hora de llevar a los enanos al cine.

sábado, diciembre 26, 2015

STAR WARS: EL DESPERTAR DE LA FUERZA (STAR WARS: THE FORCE AWAKENS)





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El estreno del año llegó. El inesperado regreso a la pantalla grande de la franquicia cinematográfica más célebre y exitosa de la historia ocasionó desde su anuncio hace ya algunos años, como era de esperar, una inmensa expectación alimentada especialmente por la incertidumbre ante la nueva e insólita situación de la marca Star Wars y de la productora Lucasfilm, adquiridas por Disney en una operación que  suponía que casi 40 años después George Lucas ya no tendría ningún control ni propiedad sobre la franquicia (ni tampoco sobre otras creaciones suyas como la saga Indiana Jones). J.J Abrams, hombre de moda en el show bussiness estadounidense forjado principalmente en la televisión y que ya hizo sus pinitos en el reboot del otro gran universo ci-fi cinematográfico (Star Treck) será el encargado de comandar la nueva trilogía cuyo principal cometido es - tanto para la crítica como para los fans de Star Wars- superar la mediocridad de la trilogía precuela de 1999-2005 y claramente a tenor de lo visto en este filme acercarse a las entrañables y sugerentes coordenadas de las tres primeras películas, todo un estándar universal del entretenimiento y del imaginario colectivo de la humanidad, por muy rimbombante que suene. Lo cierto es que esta The Force Awakens, que dirige y coescribe (junto con Lawrence Kasdan, que participó en el guión de El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi) el propio Abrams además de superar las entregas I-III (algo no muy difícil) resulta un estimulante aunque bastante premeditado y maquiavélico retorno a las esencias de aquellos primeros filmes con naves sucias y desgastadas y mundos interplanetarios más bien terrenales en contraposición con la impoluta imaginería infográfica de las precuelas; pero eso no es todo: un guión pleno de la acción, el sentido del humor y  la impronta de aventura de los cuales los tres anteriores filmes carecían (se nota la mano maestra de Kasdan) colma las exigencias del seguidor de la franquicia, algo que era principalmente lo que se le exigía a esta cinta. Y aunque se suceden en la historia no pocos remedos y casi autoplagios de la primera trilogía tanto en personajes, trama, trasfondo del argumento e incluso situaciones concretas (especialmente de la película de 1977), El Despertar de la Fuerza hará disfrutar y mucho a seguidores de La Guerra de las Galaxias y a amantes del cine fantástico y de aventuras aunque se nos ofrezca al fin y al cabo más de lo mismo, esta vez envuelto en un oportuno y convincente tamiz contemporáneo destinado a conectar con una nueva generación de espectadores, algo en lo que esta saga sigue triunfando año tras año y ya llevamos casi cuarenta.

Con una mezcla de decorados naturales y efectos especiales mecánicos y otros efectos y escenarios generados por ordenador, The Force Awakens descansa como hemos dicho sobre una historia que suena a deja vú pero que sabe como resultar interesante, emocional y sobre todo muy Star Wars. El hecho de la existencia de una nueva trilogía cinematográfica que iba a obviar los múltiples productos en forma de novelas, cómics y videojuegos que continuaban la historia de los míticos Luke Skywalker, Princesa Leia Organa y Han Solo después de El Retorno del Jedi (conocida como Universo Expandido y que abarca una magnitud de material increíble) ya dejó un tanto desconcertados a los seguidores de la serie creada por George Lucas y se nota por ello que este filme trata de resultar respetuoso con todo el legado de su creador aunque ha puesto el protagonismo de estas entregas en nuevos personajes, tanto héroes como villanos, que llevaran el peso específico de la historia de las mismas y aunque aquí nos encontremos 32 años después con Leia (Carrie Fisher) despojada de su realeza y convertida en una autoridad militar en el planeta Takodana, a Han Solo (Harrison Ford) que ha vuelto a sus quehaceres de contrabandista espacial después de una ruptura con Leia a causa de una desgracia…y al maestro jedi Luke Skywalker (Mark Hamil) cuya desaparición ha propiciado una búsqueda por parte de sus amigos. Rey (Daisy Ridley), una joven chatarrera huérfana que vive en el desértico planeta Jakku se convierte en la nueva protagonista cuando se decide unir a la Resistencia, una célula de lucha surgida en la nueva república galáctica que trata de hacer frente a la Primera Orden, un movimiento totalitario nostálgico del imperio liderado por el monstruoso Líder Supremo Snoke (Andy Serkis) y que tiene como principal apoyo al General Hux (Domhnall Gleeson) y al misterioso Kylo Ren (Adam Driver) un enmascarado caballero de la nueva Orden de Ren cuya principal inspiración es el lado oscuro de la Fuerza …y Darth Vader. A Rey se une Finn (John Boyega) un Stormtrooper de nuevo cuño desertor ante las atrocidades de la Primera Orden, Poe Dameron (Oscar Isaac), el mejor piloto de la Resistencia, y el androide BB8,  un curioso robot esférico que tiene un mapa que puede dar con el paradero de Luke. Chewbacca (Peter Mayhew), C3PO (Anthony Daniels) y R2D2 vuelven a aparecer todos dispuestos a colaborar con la Resistencia y hacer frente a la base Starkiller, una nueva Estrella de la Muerte construida por la Primer Orden mucho más grande y destructiva que aquella.

Hay muy buenos momentos de acción y una trama trepidante y bien construida aunque, insistimos, con cosas básicamente ya vistas, y unos convincentes efectos visuales en que afortunadamente no logran colapsar el elemento épico más rudimentario (y degustable) del filme. Algún instante emotivo, luchas a sable de luz tan vistosas como siempre y los combates galácticos de turno (demasiado reminiscentes a Star Wars: A New Hope) pintan un fresco totalmente disfrutable para los amantes de la saga que verán redimido el sabor agridulce de las tres anteriores entregas y aunque la historia sea aún demasiado enigmática y no tengamos datos sobre todos los personajes. El reparto cumple, con unos Ridley y Boyega que, vaya, no lo hacen nada mal resultan totalmente creíbles como los héroes de la nueva generación de la saga o un Harrison Ford que devuelve a aquel personaje tan irrepetible que fue aquel granuja intergaláctico de chaleco negro que al final se ligo a la princesa. También nos encontramos con personajes generados por ordenador y animados por los movimientos de sus intérpretes como el mismo Snoke o la pirata Maz Kanata (Lupita Nyon’go), que tiene trazas de convertirse en la nueva Yoda de esta recién inaugurada trilogía. De acuerdo, sobra algún homenaje pueril, la historia puede resultar algo poco clara y el autoplagio a veces es cantoso hasta decir basta, pero nos hemos reencontrado de nuevo con el cine-espectáculo  de los 70 y 80, y eso es una auténtica gozada

martes, diciembre 15, 2015

PAULINA (LA PATOTA)






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No desentona en absoluto con la problemática social actual este remake de un clásico del cine argentino como fue La Patota (1960) de Daniel Tinayre, película con claras influencias neorrealistas con un tema bastante atrevido y controvertido para su tiempo. Santiago Mitre, un joven director que está llamado a hacer cosas más que interesantes en la cinematografía argentina, ha convertido en aquella historia tremebunda pero con intrincado mensaje sociopolítico en un más que esforzado drama entre lo psicológico, lo humano y lo social con alguna dosis de intriga y sobre todo mucha capacidad de hacer pensar al espectador en las razones motivacionales de su protagonista, Paulina (Dolores Fonzi, vista en Truman, excepcional), un personaje complejo y contradictorio en pleno conflicto ideológico y de conciencia interno, algo que apenas se verbaliza en la película pero que se capta en todo momento mediante situaciones, diálogos, gestos y silencios. Es inevitable posicionarse a favor o en contra de la decisión final de la protagonista, un personaje que come toda la película pese a que como dijimos, apenas expresa su ideario –clave para el devenir y la resolución de la historia- salvo en los impagables momentos iniciales en donde asistimos a una acalorada discusión dialéctica con su padre (Oscar Martínez) que además ejemplariza el conflicto entre el idealismo de justicia social del siglo XXI, cargado a veces de buenismo naïf y el izquierdismo socialista revolucionario de la vieja escuela ya demasiado repetitivo y en algunos casos con ideales vendidos: esta escena es clave para entender el resto de la película.


La patota a la que hace referencia el título original de la película y de su fuente original de la que es remake – burdamente cambiada en la versión española con el nombre de la protagonista tal vez por lo abrupto que suena esta palabra en España y el temor a que de lugar a malentendidos- es como se  denomina en dialecto popular argentino a una pandilla de gamberretes que en esta película son un grupo de adolescentes del medio rural argentino residentes en una aldea a la que llega Paulina (hay que advertir por otra parte que muchas veces es imposible comprender el argot argentino rural con el que hablan muchos de los personajes) una joven abogada de prometedora carera, para ejercer de maestra de escuela rural con el fin de ayudar a los colectivos más desfavorecidos. Pronto Paulina se dará cuenta de lo difícil que es su impresa y todo dará un terrible vuelco cuando es violada por el grupo de chavales, algunos de ellos alumnos suyos. A partir de ese momento Paulina se verá en un tour de force emocional que se hará cada vez más intrincado. No es este un filme ideológico ni tampoco un drama desgarrado ni explícito, pero si un evidente comentario social sobre las contradicciones del pensamiento humano y su influencia en el entorno y en la vida y sobre todo en la situación de los más vulnerables, a menudo paganos de la estupidez de los más favorecidos. Muchas aristas temáticas en una película muy bien conseguida como drama y que en algunos momentos puede resultar sobrecogedora por su veracidad y su honestidad.

viernes, diciembre 11, 2015

EL PUENTE DE LOS ESPIAS (BRIDGE OF SPIES)



 
****  y1/2

La larga y prolífica carrera de Steven Spielberg como director ha presentado varios picos de obras maestras en determinados momentos (Tiburón, E,T, La Lista de Schindler, A.I, Munich), tal vez menos de los que podía esperarse de un director de su valía y demasiado espaciados en el tiempo, pero sin duda muestra       de su profesionalidad, oficio y maestría a la hora de contar historias. Este es el caso de Bridge of Spies, que pese a que no llega a obra maestra por un pelín es un filme más que sólido que triunfa en su propósito de humanizar el relato de espionaje político en la época de la Guerra Fría reduciendo al máximo el componente de intriga internacional- que sin embargo y como es lógico ocupa el lugar central de la historia- y focalizando el devenir de la trama en las relaciones personales, el elemento psicológico y humanista y el drama de personajes. Inspirada en un hecho real y perfectamente ambientada en los EEUU y la RDA de finales de los 50 y principios de los 60, la película es un más que interesante y emotivo documento de una época en la que el enfrentamiento entre dos grandes superpotencias con el terrible trasfondo de la amenaza nuclear amenazaba no solo la estabilidad mundial sino que influyó poderosamente en el comportamiento y valores tanto de la población norteamericana como de la de la URSS y el esto de países del este adscritos al bloque comunista. Lo que se nos cuenta precisamente es la historia de cómo un hombre normal y sin cargo político ni diplomático alguno se vio inmerso en 1960 en unas negociaciones al más alto nivel en un capítulo más del enfrentamiento del bloque capitalista con el comunista. Tom Hanks, en su cuarta colaboración con Spielberg, da vida al abogado James Donovan, un prestigioso letrado especialista en seguros que en un primer momento ha de defender a un espía soviético-británico en suelo norteamericano con lo que se gana una enorme impopularidad y más tarde tendrá que intervenir a instancias del gobierno USA en un canje de prisioneros con la URSS (y con la RDA) en suelo de la antigua República Democrática Alemana en pleno levantamiento del muro de Berlín. Tal vez lo acomodadamente idealizado con que lo que se presenta a este personaje resta credibilidad a la historia en algunos aspectos, pero Hanks como de costumbre sabe otorgar al personaje de una enorme capacidad de empalizar con el espectador.

Un generoso presupuesto permite reproducir magistralmente vestuario, escenarios y atrezzo de la época en localizaciones muy variadas y que llega a su cenit en el Berlín dividido de la Guerra Fría con los primeros intentos de huída del muro -aún en construcción- por parte de los ciudadanos de Alemania Oriental con unas escenas magistralmente rodadas que cumplen excelentemente su función contextualizadota de la historia, aunque tampoco se puede obviar las escenas de los interrogatorios tanto norteamericanos como soviéticos, el trepidante vuelo y derribo de aviones americanos sobre la URSS o los tensos encuentros de Donovan con las autoridades de la RDA y soviéticas en medio de unas rocambolescas negociaciones. Todo ello además muy bien captado por la fotografía del gran Janusz Kaminski, que ya puso su cámara al servicio de Spielberg en la lista de Schindler y que se postula como un gran plasmador de imágenes de épocas pretéritas. Esta historia, hay que tenerlo claro, no es un relato tradicional de espionaje, un filme político y ni mucho menos un filme de acción, es un drama histórico que trata de contar los increíbles avatares de un momento clave en la historia como fue la política de bloques del siglo XX y sobre todo es un canto al triunfo del tesón humano frente a cualquier adversidad y frente a cualquier barrera. Personaje clave es el espía ruso Rudolf Abel (Mark Ryalance, un actor teatral británico que resulta todo un descubrimiento), un hombre también sencillo que en un momento dado hizo algo que él creía que era correcto y que poco a poco se convertirá en el alter ego de Donovan. Un nuevo acierto de Steven Spielberg que en esta ocasión ha dejado el guión en manos de Matt Charman y de los mismísimos hermanos Coen, quienes han dado su impronta en su vertiente más dramática y menos habitual pero también efectiva (Muerte entre las Flores). Un buena opción para ir al cine estos días     

miércoles, diciembre 02, 2015

UNA PASTELERÍA EN TOKIO (AN)





*** y 1/2

¿Cine asiático europeizado? ¿Un drama japonés de gusto totalmente occidental? (aunque en absoluto nada comercial)? Puede, pero ese más que notable estilismo de drama europeo (francés o alemán, concretamente) no resta un ápice de la presencia y el peso específico en la película de la peculiar idiosincrasia artística y narrativa oriental así como de su filosofía vital, además de cumplir también un papel fundamental la cultura nipona, en este caso la culinaria, en un original melodrama intimista que con hechuras poéticas trata de aunar un ajuste de cuentas hacia injusticias del pasado de la historia social japonesa con un canto a la vida a través de el retrato intergeneracional de tres personajes cuyos destinos se funden por una meta y objetivo común. Muy bien dirigida por Naomi Kawase, esta coproducción entre Japón, Alemania y Francia como ya dijimos bebe del cine europeo más intimista y gustará al público amante de los dramas humanos con su poso filosófico-poético bien templado aunque a veces algo excesivo y forzado.


La pastelería de Tokio a la que hace referencia el título es un pequeño establecimiento de venta rápida (el concepto de pastelería es diferente al occidental) propiedad de Sentaro (Masatoshi Nagase), un hombre taciturno del que a la largo de la mayor parte de la película apenas sabemos nada y que tras algunas reticencias accede a contratar a una afable anciana llamada Tokue (Kirin Kiki) como fabricante de dorayakis (pasteles de judía dulce) algo en lo que es una consumada maestra. Los excelentes dorayakis de Tokue pronto cogen fama y la clientela crece, al tiempo que el carácter de Sentaro se va haciendo más aperturista por el influjo de la viejecita, una mujer que ama ante todo las cosas bellas de la vida llegando a contagiar a su jefe y a la adolescente Wanaka (Kyara Uchida) una muchacha cliente habitual que termina trabajando para la pastelería en parte gracias al encanto de Tokue, plasmado en  la suculencia de sus pasteles elaborados con sumo mimo y cuidado. Los tres personajes establecen una curiosa e invisible alianza sin saber que comparten situaciones más bien angustiosas, pero la revelación sobre el verdadero estado de salud de Tokue y la posibilidad de que esto influya en sus dorayakis puede hacer que todo se vaya al garete. A base de imágenes sugerentes y utilizando la mayor parte de las veces la metáfora de la “transformación” de judías en pasteles la película nos dice que la vida pese a todo merece la pena vivirla. Un canto a la esperanza que puede que algunas veces no esté muy atinado y que se pierda en medio de los abundantes soliloquios del personaje de Tokue que salpican toda la película, pero el buen acabado del filme y su compromiso con presentar una historia coherente además de cautivadora y con mensaje de reproche a ciertas injusticias y prejuicios sociales, terminan por hacer a esta Una Pastelería en Tokio un filme más que interesante.