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Sin resultar excesivamente original en su mixtura de
melodrama de amor y thriller con ambos elementos situados en diferentes coordenadas
temporales El verano que vivimos, segundo
largometraje de Carlos Sedes, es una película con muchos puntos de interés y en
ocasiones deslumbrante principalmente por su acabado formal (excelente fotografía
con vistosos paisajes de los viñedos jerezanos) y su narrativa apasionante y
muy bien estructurada, aunque en ocasiones peque de previsible. Las disputas
amorosas en medio de luchas por el éxito personal son siempre una buena materia
prima para historias que aspiran al más alto nivel y en este sentido el filme
no esconde sus cartas desde el primer momento aunque el tema central sea el del
discernimiento de una historia de amor sucedida en el pasado cuyos
protagonistas supuestamente ya no están presentes. Una joven periodista gallega
Isabel (Guiomar Puerto) que en 1998, fascinada por unas esquelas dedicadas a
una misma persona que cada años desde tiempo atrás llegan al periódico al que
acaba de entrar a trabajar acompañadas de unas apasionadas cartas de amor,
decide investigar sobre el autor de las mismas, un tal Gonzalo Medina, y Lucía,
la mujer a las que están dedicadas, el supuesto amor de Gonzalo. Sus pesquisas
la llevarán a 40 años atrás, en 1958,
a un viñedo jerezano en donde Gonzalo (Javier Rey), un joven
y prometedor arquitecto valenciano va a construir una magna bodega para
almacenar de los vinos del propietario del viñedo, su amigo Hernán (Pablo
Molinero), de cuya prometida Lucía (Blanca Suárez) Javier queda pronto
prendado.
Aunque la mayor parte del metraje lo ocupan las
escenas ambientadas en la Andalucía de finales de los 50, los saltos temporales
y espaciales son frecuentes en esta película sin que se pierda la unidad de la
historia en ningún momento (y pese a que alguna escena de transición pueda
resultar gratuita). El mundo vinícola de Jerez de la Frontera, el ansia de
poder de los señoritos vinateros, la rudeza machista de la época en un entorno en
donde para mucho conseguir poder era aspirar precisamente a poseerlo todo, los
conflictos familiares y sentimentales dentro del prisma intolerante de la sociedad
franquista aparecen muy bien reflejados en al película con el personaje de Hernán como catalizador de la
ambición total frente al idealismo mundano de Javier, un hombre sensible pero
también con ambiciones cuyo amor imposible llevará a desagradables desenlaces
incluyendo un enfrentamiento con su amigo. Pese a que la historia de amor pueda
resultar previsible en cuanto a que reproduce esquemas mil veces vistos esta no
resulta en absoluto ni maniquea ni empalagosa sino más bien sugerente, emotiva
y excelentemente descrita. No obstante, da la sensación de que la historia de
Isabel en los 90 avanza muy deslavazadamente y solamente al final de la película
cuando las dos historias confluyen y los círculos se cierran se logra una
culminación a la altura de las expectativas. La maravillosa música de Federico
Jusid (que incluye una canción con Alejandro Sanz), la poderosa fotografía de Jacobo
Martínez y un eficaz reparto realzan un
filme que gustará a un público amplio.