miércoles, julio 02, 2008

El aparatito de Lumiere - LOS CRONOCRÍMENES


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Ha resultado una grata sorpresa el debut en largometraje de Nacho Vigalondo, el director cántabro formado cinematográficamente en Euskadi que en 2003 logró una nominación al oscar a mejor cortometraje de ficción por 7:35 de la mañana. A lo largo de cuatro años, el joven director y también actor ha cultivado cierta presencia mediática auspiciada por su condición de gran promesa del cine español, lo que le ha otorgado cierto renombre en los círculos cinéfilos y eso realizando solo un cortometraje más, Choque. Este su primer largo, rodado principalmente en Cantabria pero con un equipo técnico mayoritariamente vasco, ha ido pululando antes de su estreno en varios festivales internacionales, Sundance entre ellos, y con muy buena acogida, por cierto. La verdad es que los halagos están justificados: Los Cronocrímenes es una original e interesante película de ciencia ficción, que pese a la falta de medios para abordar un filme de estas características, tiene como principal virtud un guión inteligente y muy bien cimentado, que vuelve a dar una vuelta de tuerca a uno de los temas más apasionantes y arquetípicos de la ficción científica: los viajes en el tiempo.

El antiguo guionista de al serie de culto de ETB Vaya semanita sabe sacar tajada de una historia fantasiosa enmarcada en un contexto realista, a lo M. Night Shyamalan, aunque sin las pretensiones trascendentales del director hinduamericano, y escorándose más la aventura, el thriller y el entretenimiento. Hay que aclarar que pese a lo que la gente puede pensar, la peli tiene poco de comedia, inclinándose a veces por el drama. Los Cronocrímenes tiene como principal referencia la trilogía Regreso al futuro, en lo que respecta sobre todo a los mejunjes temporales y la aparición de paradojas que ponen en peligro a los protagonistas, los cuales se ven en una lucha incesante contra el tiempo para cambiar ciertos acontecimientos. Todo el planteamiento de traslado temporal, que en realidad solo supone unas cuantas horas de adelanto para los personajes, esta muy bien presentado, conformando un puzzle en el que todo encaja sin fisuras pero que muchas veces puede resultar complejo, por ello es importante prestar la máxima atención durante toda al película, pese a que, como historia, el guión en realidad no puede ser más simple.

Solo hay cuatro personajes en esta película. El protagonista, Héctor (un eficaz Karra Elejalde), es un cuarentón del que apenas sabemos nada a parte de que acaba de trasladarse junto con su mujer (Candela Fernández), de la ciudad al campo. Desde su nueva casa, Héctor contempla lo que parece un intento de violación o agresión a una joven (Barbara Goenaga) por parte de un inquietante personaje con el rostro cubierto de vendas con una extraña tonalidad rosácea. Héctor, huyendo del individuo, llega a parar accidentalmente a una especia de centro de investigación en pleno campo regentado por un joven científico (Nacho Vigalondo), quien le ofrece esconderse en una cápsula rellena de líquido blanco que es en realidad una máquina del tiempo, con la cual Héctor viajará a principios de ese mismo día. Una serie de acontecimientos alucinantes y de digresiones temporales se sucederán en una trama tan apasionante como descabellada. Poco importa que no sepamos que pinta un laboratorio y una máquina del tiempo (de la que tampoco sabemos casi nada) en pleno paisaje rural cántabro o cual es la intención de los personajes en ciertas acciones. La magistralidad narrativa es tal, que lo simple de al historia y la falta de detalles resultan irrelevantes, como el hecho de que prácticamente todo el filme se desarrolle en dos o tres escenarios muy próximos espacialmente entre ellos.

Sin efectos especiales de relieve y con un muy buen manejo del suspense y de los tópicos de los viajes temporales y su vertiente más científica e intelectual-filosófica, la película triunfa en el intento de hacer una serie B a la española totalmente creíble. Puede resultar rudimentaria para algunos amantes de al ciencia ficción o deficiente para seguidores del cine de acción (que a su manera, tampoco falta en al película), pero la irrupción de este filme en cartelera, para el cine español resulta enormemente oportuna. Ya han comprado los derechos para hacer un remake en Hollywood, por cierto.

martes, junio 24, 2008

El aparatito de Lumiere - 12


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Perfectamente logrado remake adaptado libremente de 12 Angry Men (12 hombres sin piedad), uno de los mejores guiones de la historia del cine, obra de Reginald Rose que dio lugar a la obra maestra de Sydney Lumet de 1957. La peculiaridad de esta nueva versión de nacionalidad rusa es que la acción se traslada a la Rusia actual, con el conflicto Rusia-Chechenia como telón de fondo; aunque el McGuffin de la historia se conserva (la deliberación del jurado en el juicio popular a un adolescente acusado de homicidio y que parece clara e irrefutablemente culpable para 11 de los 12 miembros del jurado hasta que el que disidente comienza a hacer ver al resto que el chaval puede que no sea culpable) la película consigue reinventarse en un historia con un tratamiento propio y totalmente original merced a la singularidad de su traslado a otras coordenadas espacio-temporales, como es la dubitativa y empobrecida Rusia actual, cuya situación- mejor dicho, la de sus habitantes- se nos muestra en varios matices y modalidades a través de el variado muestrario humano que constituyen los 12 miembros del jurado (todos hombres, que políticamente incorrecto), y sin salir apenas del espacio donde estos se reúnen a deliberar, el gimnasio de un destartalado colegio, ya que los locales del juzgado están en reforma.

Nikita Mikhalkov, uno de los mejores directores rusos de su generación, es el responsable de esta magistral cinta, en donde consigue imprimir su sello excepcional. Mikhalkov, también un excelente actor, proveniente de una eminente familia de artistas (es hermano del también director Andrei Konchalovsky), fue el director por excelencia del periodo de la Perestroika de la URSS y de su desintegración y paso a la actual Rusia, aunque su carrera como director comenzase a mediados de los 70 y la de actor en su adolescencia, a finales de los 50. Títulos como Pieza incompleta para piano mecánico (1977), le convirtieron en uno de los directores soviéticos con mayor proyección internacional y en carne de premios y festivales, aunque el reconocimiento internacional masivo llegaría bastante después, con films como Ojos Negros (1988), su magistral aventura italiana o Urga, el territorio del amor (1991). En esta ocasión, Mikhalkov vuelve a conseguir una película magistral en al que no deja títere con cabeza en una crítica total a la sociedad rusa actual, sin rumbo, enferma y con bastantes resquemores y rencillas de acontecimientos pasados. El odio de gran aprte del pueblo ruso a los chechenos es en lo que se fija la película, a través de al condición de cabeza de turco del chaval de esta etnia acusado de matar a su padrastro, un oficial del ejercito ruso. Se incluyen antológicos flashbacks bélicos a lo largo de la acción central de la deliberación sobre la culpabilidad del joven, en donde se recrean dolorosos episodios de la infancia del muchacho y del conflicto ruso-chechen, todo crudeza pero también con lirismo. Y es que lo simbólico también impregna la discusión de los 12 miembros del jurado, cada uno portador de diferentes dramas humanos que encarnan diferentes miserias sociales y políticas de la Rusia actual. Sobra decir, que como en el mítico título en el que se basa la peli, el proceso mediante el cual los diferentes hombres van descubriendo las contradicciones y trampas de un caso a priori evidente, es un espectáculo narrativo total, engrandecido esta vez por matices dramáticos de gran emotividad.

El reparto, en cual participa el propio Mikhalkov, esta soberbio, con momentos para cada uno de los actores. El gimnasio donde se desarrolla la práctica totalidad de la trama cumple también su función simbólica y aleccionadora. En definitiva, el filme tiene infinitos matices que se presentan con total sencillez y sin apenas darnos cuenta. Algo más que un remake.

domingo, junio 22, 2008

H.R. GIGER. PESADILLAS BIOMECANOIDES


En lo más recóndito de nuestra mente se esconden los más espantosos temores. Enfrentarnos a ellos es una experiencia tan desagradable como necesaria. Siempre se evita visualizarlos, se huye de ellos, y por eso se ocultan en el inconsciente. Expresarlos, plasmarlos tal y como son, tal y como los sentimos es algo que muy pocas veces se consigue, se necesita ser un genio. Durante mas de 40 años, el suizo Hans Rudi Giger (Chur, Suiza, 1940) ha expresado en pinturas, dibujos, esculturas y objetos decorativos sus pesadillas y las del ser humano en general, en un universo alternativo en donde lo humano y lo creado por la mano del hombre (lo mecánico) viven en una horrenda armonía destinada a producir el espanto, y presidida por el delirio y el terror.


H.R.Giger es sin duda uno de los artistas plásticos más interesantes, geniales y personales surgidos en la segunda mitad del siglo XX, tal vez de todo el siglo. Adscrito al género artístico del surrealismo en su faceta mas avant-garde, ha trascendido el concepto estricto de dicho estilo para crear un subgénero propio a caballo entre el realismo, el manierismo fantástico, la arquitectura, lo surreal y lo grotesco. Perturbar e inquietar al espectador es lo que siempre consigue su basta y prolífica obra, desarrollada desde principios de los 60, mostrar imágenes que solo pueden existir en las pesadillas y en los más ocultos y recónditos terrores de la mente. Monocromáticamente, con el negro, el gris y el blanco como paleta, la obra de Giger ha estado presidida por ese concepto creado por el, el Biomecanismo, la unión monstruosa entre el ser vivo y la máquina, entre lo mecánico y lo biológico, lo humano y lo artificial. De esta unión nace una naturaleza alucinante con criaturas tan fascinantes como bellas y monstruosas, al mismo tiempo, o con paisajes entre naturales y creados por alguien, salidos directamente de una cadena de montaje, cuando no es ese mecanismo industrial el marco de fondo de la obra en cuestión. Y es que las máquinas, los motores, las cadenas de montaje en el universo Giger son casi siempre el paisaje o el lugar en donde surge, como nacido en él, una forma de vida, que no puede ser otra cosa más que un ser perturbador y horripilante. El sueño de la razón de H.R Giger ha producido monstruos contemporáneos, hechos de metal y carne, edificios orgánicos, construcciones de hormigón y hueso, hijos de las miserias y temores del humano contemporáneo convertidas en terrores nocturnos del inconsciente.

Piasaje Biomecánico

La guerra, el hambre, la miseria, la violencia extrema, el sufrimiento y en definitiva, todo el horror que es capaz de crear el hombre ha sido plasmado en su concepción metafísica por Giger como nadie ha sabido hacerlo. Un impresionante catálogo de pinturas, dibujos, esculturas, diseños de interior e incluso mobiliario y diseños de producción cinematográficos es un legado que no ha pasado inadvertido a la sociedad de hoy: la influencia de H.R Giger en multitud de manifestaciones artísticas y estéticas de los siglos XX y XXI es más que evidente; todo diseño gráfico con pretensiones artístico-terroríficas tiende a recurrir al estilo y obra del creador helvético, el resurgimiento de lo gótico y fantasmal en diversas etapas a partir de los años 80 tiene su línea mas arty y vanguardista, el culto a la plástica de inspiración en el mundo de lo fantástico bajo el prisma intelectual de multitud de dibujantes y artistas bebe frecuentemente del mundo biomecánico gigeriano. El mundo de la ciencia-ficción, el ciberpunk, la Nueva Carne, el nuevo arte del tatuaje (que en bastantes ocasiones echa mano de la obra Giger), no podrían ser lo que muchas veces son hoy día sin la existencia de Hans Rudi Giger. En la cultura popular, las vanguardias artísticas, el mundo del rock, el cine, la decoración, la literatura y la creación de mundos fantásticos los rastros de Giger reencuentran por doquier, prueba irrefutable de que el suizo es algo más que un creador, es un forjador de iconos universales.

Los mitos y lo fantástico, en especial todo lo relacionado con el mal y con el horror son el elemento con el que distorsiona una realidad metafísica que el artista deforma hasta lo espantoso. La maldad, representada por el diablo; el miedo, por los extraterrestres y seres monstruosos (biomecánicos o simplemente orgánicos); y la fascinación por la irrealidad y la extraña belleza de esta, representada principalmente por figuras femeninas a medio camino entre hadas, alienígenas, vampiras o demonesas, nos recuerdan que en no pocas ocasiones no nos encontramos en un mundo real, sino en el universo de lo mítico y lo fantástico, que casi siempre termina convirtiéndose en el mismísimo infierno. Un infierno para el hombre contemporáneo, un infierno industrial y mecánico, creado por él mismo, con sus monstruos producidos de su mano. Las colaboraciones de H.R Giger en el mundo del cine, la más famosa la de Alien, el octavo pasajero (1979), viene a confirmar la genialidad del artista como creador de monstruos y paisajes de pesadilla, encarnación absoluta del mal en su estado más puro y metafísico. Y tampoco debe olvidarse otra gran vertiente temática del artista, como es la sexualidad salvaje con connotaciones sadomasoquistas, la cual también ha tenido su cuota de inspiración en el mundo de la imaginería erótica fetichista occidental a partir de los ochenta.

Li I (1973)

Desde el punto de vista técnico, en lo que se refiere a su obra pictórica, Giger popularizó a finales de los 60 el uso del aerógrafo en las pinturas, con el fin de ofrecer una plástica industrial, perfeccionista e hiperrealista. En los últimos años ha redescubierto el trabajo con la tinta. Su extensa y casi inabarcable obra, tanto en pintura como en escultura, diseño y decoración ha sido popularizada masivamente a través de postres, serigrafías, libros, postales, camisetas, joyas, distribución por Internet. Es relativamente fácil encontrarse con la reproducción de una obra de Giger en los lugares más insospechados, por no hablar de infinidad de postres y diseños de otros artistas inspirados en su estética grisácea, maquinal, y metálica. El póster, como soporte artístico de primer nivel, ha sido otra de las aportaciones indirectas de H.R. Giger al mundo del arte.

Giger junto a la versión escultórica de Birth Machine

Hans Rudi Giger siempre ha mantenido una actividad febril, ya tanto en su faceta artística como de gurú de toda una generación de amantes del arte e impartidor de conferencias, simposios, actos públicos varios. Su vida no ha sido excesivamente apasionante, pero que duda cabe que ha resultado interesante y modélica desde el punto de vista profesional. Hijo del farmacéutico local de Chur, su ciudad del Cantón suizo de Grisosns, el pequeño HRG pronto se interesó por el dibujo y la pintura mostrando habilidades innatas. La presencia de una calavera humana en su casa, que su padre había recibido como regalo comercial de una firma farmacéutica con la que trabajaba, inició en el una total fascinación por el cuerpo humano y sus formas mas horripilantes, como para él representaba la calavera. Esto le llevó a un interés en lo oscuro, lo inexplicable y lo inquietante, además de ponerle en contacto con la obra de artistas surrealistas que pronto comenzó a admirar y de los que tomó su trasfondo fantástico, onírico y freudiano: Dalí, Jean Cocteau, Ernest Fusch. Tras estudiar Artes y oficios en Chur, en 1957 se traslada a Lausana donde finaliza su educación secundaria, obteniendo en 1959 un certificado primario en pintura. Inseguro de lo que quería hacer con su vida, HRG duda entre la arquitectura o la carrera militar, así que mientras asiste durante tres años (1959-1962) a la academia militar de Winthertur, entra como aprendiz del arquitecto Venantius Maisen en su Chur natal, sin haber cursado estudios superiores en arquitectura. En 1962, a los 22 años, se matricula en la Escuela de Artes Aplicadas de Zurich, para estudiar arquitectura y diseño industrial y de interiores. Termina sus estudios en 1965.


Las primeras obras de HRG datan de 1964, en su época de estudiante; el primer acercamiento al surrealismo horrendo y macabro son su serie de dibujos Atom-Kinder (Niños Atómicos), en donde aparece pro primera vez un motivo recurrente en su obra, el de los bebés inquietantes y monstruosos. Esta serie se publica en la revista escolar de Chur. Trabajos en tinta o poliéster durante su etapa académica aparecen en varias publicaciones artísticas underground germanohablantes, movimiento en el cual el joven Giger se involucra como canal idóneo para expresar su peculiar concepción artística. El psicoanálisis y Sigmund Freud catalizan el interés del joven creador, especialmente en lo concerniente a los fantasmas del subconsciente y al mundo de los sueños.
Unter Der Erde

En 1966, una vez acabados sus estudios, es cuando comienza la obra artística de HRG con todas las de la ley. La experimentación con técnicas de pintura que serán constantes en su obra posterior, como la pintura con cepillo, comienza. Mientras trabaja como diseñador de mobiliario en una importante compañía suiza, produce sus obras inquietantes y fascinantes y realiza su primera exposición en Zurich. Ese año copnoce a al hermosa actriz Li Tobar, con la que terminará casándose. Li se convertirá en una musa fundamental en las primeras etapas de la obra de HRG.

En 1968 Giger decide dedicarse exclusivamente al arte. Ya por entonces, su insólita obra de fusión orgánica y mecánica comienza a llamar la atención a artistas underground y de vanguardia de varias disciplinas. Es objeto de un primer documental cinematográfico sobre su obra y comienza su obra escultórica. Su habilidad para crear composiciones monstruosas es requerida para la película Swiss Made, en 1969, en donde aporta dos trajes-escultura de extraterrestres, uno de ellos interpretado por un perro. Sus primeras obras comienzan a distribuirse en posters (mercado y arte pop incipiente en aquella época), y su nombre comienza a popularizarse en los círculos artísticos vanguardistas europeos y expone en Austria y Alemania.

LiII (1974), el rostro de Li Tobar en la obra emblemática de HR Giger

En los 70, la obra y la fama de Giger comienzan a adquirir nuevas cotas. Con problemas de terror nocturno, el artista plasma sus pesadillas y obsesiones en sus pinturas, como el mismo dice en una especie de exorcismo. Los temores del ser humano, la sexualidad y el horror producido principalmente por la guerra y la capacidad destructiva del ser humano llevan al concepto desarrollado en esos años de los Lanscapes (Paisajes), en unainquietante mezcal de organismo humano, naturaleza y mecánica. Durante una estancia británica en 1972, se filma un nuevo documental sobre el universo Giger, Passagen. Aunque no era un artista especialmente reconocido por al crítico, por lo desagradable para muchos de su obra, los círculos más modernos y vanguardistas le aclaman, y en ese sentido en el Reino Unido y Alemania comienza a ser un nombre de culto entere jóvenes artistas y creadores transgresores. En 1969 comienza su colaboración con el mundo musical diseñando la portada del disco Walpurgis del grupo suizo de rock progresivo The Shirver. Un año después realiza portadas para los alemanes Celtic Frost y los franceses Magma (Attahk, uno de los mejores trabajos de la enigmática banda de Cristan Vander), y en 1973 da el salto cualitativo en cuanto a popularidad al diseñar la portada (en realidad dos superpuestas) del LP Brain Salad Surgery, de Emerson, Lake and Palmer, uno de los grupos de rock sinfónico punteros del momento. Esta portada esta clasificada hoy día entre las mejores de la historia del rock.

Brain Salad Surgery (1973), doble portada abrible parael albúm de EL&P

A lo largo de los 70, las exposiciones del artista se suceden al tiempo que su prestigio artístico aumenta. Comienza a trabajar en un ambicioso proyecto que aúna arte y libro, como el Necronomicon, un libro de ilustraciones fantástico-terroríficas inspirado en el concepto creado por H.P Lovecraft y que marcará un antes y un después en el impacto popular de al obra de HRG. El proceso de creación de la obra se recoge en el documental Giger´s Necronomicon (1975) que aparece 2 años antes de la publicación del libro. En 1975, su esposa y musa Li Tobar se suicida, dejando al pintor en un estado de depresión durante largo tiempo. HRG se casará otras dos veces.


Portada de Necromicon (1977) , con fragmento de Spell IV

En 1975 HRG recibe su primer gran encargo de trabajo en el mundo del celuloide cuando el polifacético Alejandro Jodorowsky le propone participar en su adaptación de la novela de ciencia ficción Dune, diseñando el mundo de los malvados Harkonnen. (para mas información sobre este tema, ver en este blog Dune de Alejandro Jodorowsky, un film de culto que no existe), aunque el proyecto se cancela poco tiempo después. En 1977, HRG, visita EEUU donde inaugura una exitosa retrospectiva en Nueva York y comprueba que es un nombre de culto entre los amantes de la fantasía y la ciencia ficción. El Necronomicon es publicado con éxito en varios países e idiomas. Algunas de las creaciones que allí aparecen llaman la atención del joven guionista de cine Dan O’ Bannon, involucrado también en el fallido proyecto de Dune de Jodorowsky, quien propone al director Ridley Scott que HRG trabaje en el diseño del monstruo extraterrestre de la película Alien, el octavo pasajero. El artista accede diseñando a un monstruo sin ojos de cabeza fálica, boca vaginal y cuerpo crustacéico muy parecido a una de las creaciones aparecidas en el Necronomicon. Además, HRG diseñará paisajes extraterrestres, huevos alienígenas, aliens embrionarios (los face huggers) y el gigantesco jinete espacial petrificado de la primera parte del filme. El resultado final es un éxito: este clásico de al ciencia ficción no tendría su fascinante aspecto visual por el que hoy es recordado por los amantes del cine sin el trabajo del artista suizo. Hoy en día, Alien sigue siendo la creación más popular de Giger, además de todo un icono de lo fantástico de la Ci-Fi, y del cine. HRG gana el oscar (junto con otros profesionales que trabajaron en el film) a los mejores efectos especiales por Alien.

Trabajando en Alien, en 1979.


En los 80, Giger continúa con su actividad pictórica y comienza a trabajar con fruición en el diseño de mobiliario, el cual tendrá las mismas características biomecanoides que su obra pictórica y escultórica. Al mismo tiempo, tras el éxito de Alien, el cine continúa requiriéndole, aunque al mayor parte de sus proyectos se frustran, como es el caso del filme fantástico The Tourist para los que el artista creó en 1981 unos alucinantes diseños de criaturas extraterrestres. El artista no abandonara su inconfundible estilo, aunque cada vez incide más en el tema del horror metafísico por la guerra, inspirado por al amenaza atómica de la guerra fría en aquellos años. Más artista de culto que nunca, Giger es toda una inspiración de las nuevas generaciones de ilustradores, pintores, diseñadores e incluso arquitectos de vanguardia, al tiempo que su obra se populariza en postres, catálogos y serigrafías. En el campo del diseño, Giger realizará trabajo memorables, como la portada del LP Koo Koo de Deborah Harry en 1981, además de carátulas de otros discos. Con esta artista, HRG colabora en el diseño de producción de los videoclips de ese álbum. Los libros sobre la obra del artista se suceden, al tiempo que consigue alguna colaboración para al cine, cuyo resultado final no es de su agrado, caso de algunas criaturas para Potergreist II; por el contrario sus diseños para el resto de la saga Alien no se llevan a cabo y el artista suizo no volverá a trabajar en su criatura cinematográfica por excelencia y su creación mas popular.


En 1985 aparece una nueva edición ampliada de Necronomicon (Necoronomicon 1 and 2). En Japón, a finales de los 80, su figura recibe un culto de divo y colabora en el diseño del monstruo del filme Tokio: The Last Megalopolis, en 1989 y un año antes se inaugura en Tokio el primer bar temático H.R Giger con arquitectura, decoración y mobiliario claramente gigerianos. En los 90, más artista de culto que nunca y considerado todo un clásico, HRG es objeto de infinidad de documentales y programas de televisión sobre su vida y obra. Amantes de lo siniestro, forofos de la fantasía terrorífica, admiradores del surrealismo y fanáticos de la ciencia ficción en todos sus campos reconocen el magisterio estético del artista.

Modelos de sillas, inpiradas en un diseño inicial para el film Dune de Jodorowsky.

Aunque HRG fracasa a principios de los 90 en su proyecto de realización de un filme de ficción propio, The Mistery of San Gottardo (que finalmente aparecerá en formato libro), en 1995 realiza su última gran creación para el cine: la extraterrestre Sil del filme Species, de 1995. Varias de las obras del artista aparecen en 1992 en el video juego gigeriano Dark Seed. Ese mismo año se inaugura en Chur el primer Giger Bar europeo (el de Tokio terminará cerrando). A finales de la década decide la creación de un gran museo monográfico, el Giger Museum, inaugurado en 1998 y cuya sede es el castillo St. Germain, en Gruyeres, el cual cinco años después tiene su propio bar al estilo de los existentes anteriormente sobre el artista. Este museo, a parte de contener gran aprte de la obra de HR Giger, muestra también la colección privada del arista del trabajo de otros creadores.

Interior del Giger Bar del Giger Museum

Es en la década de 2000, con el auge de Internet y de la comunicación global cuando los objetos de merchandising sobre la obra del artista se multiplican: joyería, llaveros, coleccionables, modelos de tatuaje. En 2005, la compañía de guitarras Ibanez lanza la serie de guitarras HR Giger Signature Series, con serigrafías de algunas de sus creaciones.

La obra H.R Giger continúa siendo una fascinante generadora de imágenes icónicas y de inspiración de la modernidad. Más allá de las artes plásticas, H.R Giger ha sabido crear y ofrecer todo un universo propio de pesadilla, horror y belleza. El hombre como creador de aberraciones humano-maquinales, el siguiente estadio evolutivo al que la irracionalidad mecánica y destructiva esta llevando al ser humano, es lo que durante más de 40 años postula su obra. Un creador genial que merece mayor reconocimiento, un hacedor de pesadillas que habitan en todos nosotros. Enfrentarnos a nuestros temores es una experiencia tan desagradable como necesaria, y gracias a H.R Giger hemos tenido la oportunidad de vivirla.

domingo, junio 15, 2008

El aparatito de Lumiere - EL INCIDENTE (THE HAPPENING)


***y 1/2


El nuevo filme de uno de los realizadores con más tirón del Hollywood de los últimos años, M. Night Shyalaman, confirma que, efectivamente, el americanohindú es un director de talento y un genial embaucador de audiencias, pero también demuestra que el ya identificable estilo del realizador (generalmente, suspense con elementos fantásticos insertados sorpresivamente en una trama pretendidamente realista), si bien no resulta previsible, si que es ya demasiado estándar. Este The Happening vuelve a ser un thriller fantástico con facilonas connotaciones intelectuales y existenciales, que por desgracia no termina de despegar a pesar de la muy interesante premisa argumental y los primeros y apasionantes compases de la peli. Una pena, por que con este film Shyalaman da muestras de madurez (que ya aparecían en El Bosque (2004), pero que se disipaban en la joven del agua (2006)) que hacen pensar que en un futuro inmediato el director y guionista logrará superar el autoencasillamiento al que parece estar sometiéndose. Lo que podía ser su mejor filme, se queda en una buena e inteligente película fantástica, sin más.

Recurriendo astutamente como en otros filmes suyos a elementos de Hitchcock y Spielberg, Shyalaman presenta una inquietante fábula apocalíptica que recuerda tremendamente a Los Pájaros, de uno de sus maestros. Aquí, la naturaleza (las plantas concretamente) parecen llevar a cabo una siniestra, retorcida y alucinante contra la humanidad maltratadora de la vida natural, que comienza en la Costa Este norteamericana. Primero en Nueva York y después en Philadelphia (de donde proceden los protagonistas de esta historia) una especie de epidemia se esta extendiendo entre los habitantes de las grandes ciudades y después en los de las ciudades pequeñas: en momentos dados, personas aglomeradas en parques de ciudades o zonas naturales pierden la movilidad y la orientación permaneciendo quietas, para luego expresarse incoherentemente por medio de frases apocalípticas, y finalmente todas ellas buscan su propia muerte suicidándose de la manera más alucinante que concebirse pueda. Lo que en un principio las autoridades nortemericanas atribuyen a un virus propagado por terroristas, pronto revelará su verdadera condición. Elliot (Mark Wahlberg), un joven y racional profesor de biología en un instituto de Philadelphia, su mujer Alma (Zooey Deschanel) y su amigo y también profesor de secundaria Julian (John Leguizamo) y la hija de este, Jess (Ashlyn Sánchez), son los personajes en los que se centra la trama, una huida terrorífica ante el ataque de un enemigo incierto que aparece en el momento más inesperado ante la atónita mirada de los protagonistas y de los espectadores. La historia es además una crítica a las teorías conspiratorias, a al histeria colectiva y al manejo del miedo por parte de las autoridades y de los gobiernos, con situaciones en las que mucha gente en un momento de total, total desconcierto puede verse identificada. Una estupendísima dirección de actores en escenarios casi siempre de espacios abiertos da una total credibilidad a una historia descabellada, como nunca antes Shyalaman lo había conseguido. Las escalofriantes escenas de los suicidios son de lo mejor que el cineasta ha rodado hasta la fecha.

Por desgracia, el enorme interés que el film muestra al inicio va decayendo poco a poco hasta un desenlace bastante previsible y light. No obstante, algún momento de crítica a la paranoia contra el enemigo invisible (y por ende a la mentalidad de muchos americanos) se destaca en una segunda parte del filme un tanto farragosa y sin pretensiones claras. Y es que Shyalaman a veces es un poco pedante y autocomplaciente, tal vez ni el mismo tiene claro lo que quiere decir en algún momento (por cierto, esta vez como actor tiene un papel casi de figuración). La película engancha, apasiona a veces, y aunque puede que no sea plato para todos los gustos, tiene el sello de uno de los directores que mejor saben combinar calidad y comercialidad en los últimos años.

sábado, junio 07, 2008

CUADERNO DE NOTAS DE UN PREHISTORIADOR INFANTE

La formación de la tierra, los fósiles, las cavernas, el Hombre de Cromagnon, el Pleistoceno, los pterodáctilos, los homínidos, las hachas de mano, el brontosauro, el Homo Erectus, las pinturas rupestres, mamuths…Todo esto formo parte de le educación sentimental de la infancia de este que suscribe, cuando a los 5 o 6 años descubrió aquellos albores de nuestro planeta en los que habitaban monstruosos reptiles, y en donde simios llegaron a transformarse en seres humanos cubiertos de pieles que vivían en cuevas y cazaban para subsistir. Durante esos años, muchos libros sobre el tema cayeron en mis manos y llegué a convertirme en un fanático en la materia. Aunque ha pasado el tiempo, y muchas otras cosas irrumpieron en mi vida captando mi interés, siempre me ha quedado cierta impronta paleontológica y prehistoriadora, no tan fuerte como antes, pero la suficiente como para seguir fascinándome por todo lo relacionado con la época anterior a la Historia.


Dinosaurios y cavernícolas

Hacia los cuatro años de edad, cuando ni siquiera sabía leer, descubrí en uno de los tomos de una especie de enciclopedia dirigida a la gente menuda, El Mundo de los Niños, una publicación americana editada en España por Salvat a comienzos de los 70 (y que mis padres compraron poco antes de que yo naciera), vistosos dibujos de varias especies de dinosaurios, los gigantescos lagartos que habitaban en la prehistoria. Fascinante, lagartijas del tamaño de un camión que ya no existían. En aquella infancia preescolar la Prehistoria era para mi aquella época pasada en al que los hombres iban en plan Tarzán, en taparrabos y cazaban con lanzas y garrotes, tal y como mostraban los tebeos y los dibujos animados. Era la Prehistoria un mundo fascinante para un niño que a los cinco años ya se interesaba por la Historia, a través de libros que ya empezaba a saber leer o imágenes de la televisión. Series como la francesa de animación Eráse una vez en hombre hicieron aumentar ese interés, especialmente en lo que a la Prehistoria se refiere, con aquella mítica cabecera en donde se mostraba algo alucinante: la evolución, del mono al hombre. El hombre primitivo, descubriendo el fuego y viviendo de utensilios de palos y piedras. Era la edad de piedra, cundo el hombre no sabía nada y andaba por el mundo como un recién nacido, recién aparecido en la tierra.

Poco después sabría, que al contrario que lo que decían algunas películas, cómics o dibujos animados, el hombre primitivo y los temibles dinosaurios jamás coexistieron, ya que los primeros desaparecieron mucho antes de que el hombre hiciese acto de presencia en el planeta. Pequeño desengaño, el hombre primitivo nunca cazó diplodocus a garrotazos, aunque no importaba, ya estaban los Mamuts, como, esta vez sí, objeto real de las cacerías del hombre prehistórico, y luchar contra elefantes lanudos, quieras o no, era muy impresionante. Había también por mi casa un libro sobre Prehistoria que mostraba un antiguo grabado (con el que me he vuelto a encontrare n bastantes más ocasiones) de la evolución de los primeros homínidos hasta el Homo Sapiens, que me fascinaba: efectivamente, veníamos del mono. Luego, con siete años aproximadamente recibí un regalo navideño que me marcó: un librillo infantil muy completo para críos de mi edad sobre el hombre primitivo, de la editorial SM. Allí aprendí los nombres de los primeros homínidos (Dryopithecus, Ramapithecus, Australopithecus), y de las diferentes especies que se sucedieron del género Homo (Homo Habilis, Homo Erectus, Neandertal, Cromagnon), y me familiaricé con las herramientas de piedra, las pinturas rupestres, el descubrimiento del fuego, el nacimiento de la agricultura, los primeros rituales funerarios. Ya conocía términos como paleolítico, neolítico, glaciaciones, edad de bronce, antes de darlos en la escuela.

Todo lo relacionado con el hombre prehistórico desplazó de alguna el interés por los dinosaurios como materia de la prehistoria preferida (ya conocía los nombres y las apariencias de varios de ellos), pero poco después me compraron un libro sobre dinosaurios de la misma colección que el de los hombres primitivos, mediante el cual “profundicé” en la fauna prehistórica anterior al hombre reactivando mi interés diniosáurico. Pero no solo en lo que a dinosaurios se refiere, sino también respecto a la primera fauna marina: trilobites, primeros gusanos, peces primitivos, etc. Claro que era mucho más interesante el tema de los dinos: los que eran herbívoros y los que eran carnívoros, los que podían volar, los que vivían en el mar, el tiranosaurio, el dimetrodon, el Iguanodon, el triceratops. Todo molaba.


A la caza del fósil

Otra cosa que también me atraía enormemente, era el hecho de que se encontrasen hallazgos de restos prehistóricos, tanto de homínidos u hombres primitivos, como de bestias prehistóricas, además de cuevas con pinturas rupestres, hachas de mano, monumentos megalíticos de la edad de hierro. Los restos animales y vegetales se convertían en piedra y eran los fósiles, de los que había a tutiplén en museos y que se podían hallar en aparatosas excavaciones por parte de paleontólogos, la primera profesión realmente me parecía que molaba la leche. Me quedaba obnubilado pensando como sería contemplar la osamenta petrificada completa de un dinosaurio, como las que había en el Museo de Historia Natural de Nueva York, o que se sentiría al encontrar un cráneo de Homo Erectus. Luego me di cuenta que esto de encontrar fósiles no era tan difícil como parecía, ya que a mis oídos llegaban relatos de gente más o menos cercana que aseguraba haber hallado fósiles de plantas, de helechos prehistóricos o de caracoles en excursiones campestres. Con ocho o nueve años, amigos míos tan locos con la Prehistoria como yo me enseñaban fósiles, algunos auténticos y otros más dudosos, de trilobites, conchas, arena petrificada… (pero vete a saber si serían de la Prehistoria). No, no era tan difícil encontrar fósiles de especies marinas prehistóricas si acudías al lugar adecuado, léase riberas, playas, costas.

En el patio del colegio, o en el campo, siempre había algún chaval que veía una mancha o una marca en una piedra y decía que era un fósil. Yo recuerdo haber adquirido y coleccionado, con mas o menos diez u once años, fósiles varios de especies marinas y de puntas de lanza del hombre primitivo, halladas por gente dedicada a esos menesteres de manera amateur en abrigos prehistóricos (dícese de cavidades en rocas (que no cuevas) en donde el hombre primitivo se resguardaba en algún momento de las inclemencias del tiempo o donde pasaba la noche). Hasta una vez recuerdo haber participado en una expedición “paleontológica” a lugares de este tipo en Cantabria, de donde conseguí un buen botín, por cierto.

No hice por aquel tiempo demasiadas visitas a museos arqueológicos o de prehistoria, pero guardo un grato recuerdo de ellas: ver puntas de armas, buriles de piedra, raspadores, restos de vestimenta o restos óseos de hombres primitivos y homínidos era fascinante para mí, aunque ya había visto y leído tanto del tema que casi me parecía tan normal. También hubo en mi época de escolar visitas a cuevas que fueron habitadas por hombres prehistóricos, que estimulaban tanto mi afición a la prehistoria como mi interés por las cuevas y lo relacionado con la espeleología. Pero sobre todo, eran muy especiales para mí porque me ponían en contacto con algo que siempre me fascinó y que sigue siendo una de mis debilidades en el estudio de la vida del hombre de la Prehistoria: las pinturas rupestres.


Altamira, Santimamiñe

Como muchos otros, la primera referencia del arte rupestre que tuve - por medio de libros- fueron las cuevas de Altamira, en Santillana del Mar, Cantabria. Los legendarios bisontes fueron una imagen asociada para siempre con las cuevas prehistóricas. Siempre quise visitar Altamira, pero claro está, la restringida política de visitas a la llamada capilla sextina del paleolítico impidió tal deseo. Si que estuve con 11 o 12 años en Santillana visitando el museo de las cuevas, y conociendo más a fondo la historia de Satuola, el descubridor de las cuevas, cuyas pinturas fueron descubiertas por su hija de pocos años.

Pero a falta de Altamira, en dos ocasiones visite en excursiones escolares las cuevas de Santimamiñe en Kortezubi, Bizkaia. El vivir allí hizo que las visitas a las inmediaciones de la gruta (entrando o sin entrar) fuesen relativamente habituales durante mis años de infancia. Las de Santimamiñe fueron las primeras pinturas rupestres que visité en mi vida; bisontes y caballos perfilados en negro, sin cromar, que lejanamente recordaban a los de Altamira o los animales pintados en otras cuevas. Mas tarde, se fueron sucediendo visitas a otras cuevas prehistóricas en Cantabria o en Asturias (Covalanas,Tito Bustillo), aunque todavía aguardan las cuevas levantinas y sus figuras humanas, por que no, Lascaux, el otro gran exponente del arte rupestre junto con Altamira.

Y bueno, que decir de los monumentos megalíticos. La edad de los metales no fue santa de mi devoción al principio, pero a fuerza de ver más y más imágenes de Stonehenge y su imponente y mágica estampa, el gusanillo de las culturas megalíticas y los pueblos preindoeropeos me fue picando, picando hasta explotar en mi adolescencia, superando a la afición a la edad de piedra (aunque con el tiempo se han ido equilibrando)


La eterna búsqueda del origen

Con el paso del tiempo, otras eras de la historia de la humanidad me han ido interesando más, pero la Prehistoria ha seguido ejerciendo en mí una especial fascinación. Una etapa en al que aún se siguen descubriendo más y más cosas y de la que jamás el ser humano lo conocerá todo. Multitud de publicaciones, investigaciones, artículos, programas de televisión, documentales siguen ocupándose de la Prehistoria, tal es la fascinación que esa época ejerce en todos nosotros, admitiéndolo o no e independientemente del interés por al historia que tenga cada uno. Es la emoción por ir descubriendo lo desconocido, que se hace aún mayor cuando todas esas lagunas de conocimiento nos dicen algo tan fundamental como nuestro origen, el origen de la humanidad, el origen de nuestro planeta. En definitiva, quienes somos, por que estamos aquí, por que todo lo que conocemos de la naturaleza es así. Esos interrogantes fueron los que me llevaron a ser un precoz aficionado a esa Era, y hasta hoy día, con dichos interrogantes intactos, mi amor por la Prehistoria siempre descubre algo con que reafirmarse.

martes, junio 03, 2008

El aparatito de Lumiere - -ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO (BEFORE THE DEVIL KNOWS YOU´RE DEAD)


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Es una pena que esta extraordinaria película, que esta siendo de lo mejor del año, este pasando con mas pena que gloria por las pantallas, aunque la crítica parece coincidir en sus múltiples excelencias. Sydney Lumet, legendario y octogenario director con algunos clásicos inmortales en su vastísima filmografía, del calibre de 12 hombres sin piedad (1957), ha venido desarrollando sin interrupción desde aquella su opera prima un filmografía muy variada y con títulos excelentes como Serpico (1973) o Veredicto Final (1982); en los 90, ya sin mostrar el brillo de épocas anteriores, algún titulo interesante como La noche cae sobre Manhattan (1997) o más tarde su, hasta el momento última, Declaradme culpable (2006) evidenciaba que a pesar de no estar tan en plena forma como en sus mejores días, Lumet seguía siendo en su vejez algo más que un maestro del séptimo arte. Pero es que en esta ocasión de ha ido más allá: el mítico director ha filmado uno de los mejores trabajos de su carrera.

Este filme de largo título es una magistral mixtura de cruel drama humano y thriller en donde el director de Philadelphia muestra una desenvoltura propia de cineastas más jóvenes, y echado mano de un recurso tan en boga en el cine de calidad de los últimos años como es el del puzzle temporal, ofrece un filme emotivo, intenso e interesante de principio a fin. Un espectáculo narrativo de fuerza devastadora que hace pensar y reflexionar en todo momento al espectador, más allá de lo que se ve en la película.

El excelente guión de Kelly Masterson presenta una serie de personajes de una misma familia divididos inconscientemente en dos bandos: por una parte, los que viven una vida apacible y sin sobresaltos, como son los ancianos patriarcas del clan Hanson, Charles (Albert Finney) y su esposa Nanette (Rosemary Harris), mientras que al otro lado se encuentran dos de los hijos, Andy (Philip Seymour Hoffman) y Hank (Ethan Hawke), el primero un profesional cualificado y aparentemente honrado, pero desorientado por su adicción a las drogas, y el segundo un joven irresponsable y dejado, amargado por su divorcio y sus problemas económicos. Andy y Hank, no parecen haber seguido la educación moral que les dieron sus padres; su comportamiento como personas incluye la hipocresía (Andy), y la falta total de criterio (Hank), y no dudarán en solucionar conjuntamente sus respectivos problemas de una manera tan terrible como atracar la joyería regentada por sus propios padres. Sentimientos de culpa varios, pasos en falso y concatenaciones lógicas de situaciones pintan un fresco en donde se pone en evidencia las fatales consecuencias de la falta de moral y la ambición por ir por libre sin tener en cuenta a los demás.

Una puesta en escena impecable y un sorprendente juego de planos, en donde en diferentes momento una misma escena filmada desde diferentes ángulos, sirve para ofrecernos la misma historia desde el punto de vista de Charles, Andy y Hank. Y por si fuera poco, las interpretaciones son excelentes; Albert Finney esta soberbio, como siempre, Hoffman borda su papel con una intensidad dramática desgarradora, y Hawke logra hacer uno de los mejores papeles de su carrera. Una película desasosegante, algo incómoda y dura, pero con el poder de atracción que solo las obras maestras atesoran.

lunes, mayo 26, 2008

El aparatito de Lumiere - INDIANA JONES Y EL REINO DE LA CALVERA DE CRISTAL (INDIAN JONES AND THE KINGDOM OF THE CRYSTAL SKULL)

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Parecía imposible, pero al final se ha hecho una nueva entrega (la cuarta) de la serie Indiana Jones, aunque se la friolera de 19 años después. El Doctor Henry Jones JR., más conocido como Indiana Jones, catedrático de arqueología y heroico cazador de reliquias en parajes exóticos y ante todo tipo de riesgos y aventuras descabelladas, se ha convertido por derecho propio en uno de los personajes de ficción mas legendarios de la historia del séptimo arte, tal vez el más famoso de los surgidos los últimos 30 años. George Lucas, productor de la saga y creador del personaje y su concepto, y Steven Spielberg, director de los cuatro filmes y responsable junto a su amigo Lucas de no pocos elementos argumentales de las historias y del personaje (pese a que los guiones siempre los han desarrollado otras personas) y de la factura visual de la serie, durante toda su larga y exitosa carrera se han visto en la obligación de rescatar al arqueólogo aventurero del sombrero fedora y el látigo en diversas ocasiones para ofrecer a un público que ya se entregó sin remisión desde En busca del arca perdida (1981), brillantes espectáculos de aventura, acción, humor, persecuciones, luchas entre buenos y malos, lugares exóticos, selvas, huidas increíbles, búsqueda de tesoros e intriga propia del folletín de aventuras. La saga Indiana Jones pretendía ser un homenaje a la “mitología” de la infancia de los sus creadores: los seriales de aventuras de los años 30, las novelitas baratas, el cine épico de David Lean, los cómics ambientados en parajes remotos, el Humphrey Bogart de El tesoro de Sierra Madre, Errol Flynn; pero al final ha conseguido ser un fenómeno cinematográfico por derecho propio, una celebración de la aventura y del cine de evasión que ha conseguido cautivar a un público de diferentes generaciones y que en los 80 consolidó el cine espectáculo, relanzando el concepto de superproducción que en aquella época parecía olvidado.

En realidad, con un Harrisond Ford de 65 años y un Spielberg con bastante miedo a atarse a una serie de películas, todo el mundo daba por finalizada la saga tras el cierre de la trilogía inicial en 1989 con Indiana Jones y la última cruzada, pero el poder de atracción del personaje sigue siendo tan gran que ni Spielberg, ni Lucas ni Ford han podido sucumbir a al tentación de volver a echar andar al aventurero por excelencia del cine. El hecho que durante el largo periodo de tiempo de ausencia de Indy en las pantallas haya proliferado multitud de videojuegos, libros, tebeos telefilmes y una serie de televisión sobre el personaje, indica hasta que punto Indiana Jones ha permanecido vivo en nuestra sociedad occidental. Así, tras varios años reintentos fallidos y guiones desechados, un Indiana Jones sexagenario pero aún en forme vuelve para hacernos vibrar y disfrutar una vez más, con un nuevo filme ambientado en los años 50 (como no podía de ser de otra forma transcurriendo las entregas anteriores en los 30), y que sin grandes alardes ni novedades cumple su cometido, que no es otro que emocionar y entusiasmar al público.

Este Reino de la Calavera de Cristal parte con la premisa de que Indy ha envejecido y que ya no es el de antes, aunque sigue en plenitud de facultades. Es más sabio y prudente y esta mas centrado en su actividad académica que en la búsqueda de reliquias por el mundo adelante. Con los rusos como malos de la función en vez de los nazis (estamos en plena guerra fría y en la paranoia nuclear), el Dr. Jones sobrevibe a un secuestro de los soviéticos en el desierto de Arizona, comandados por la pérfida agente de la KGB Irina Spalko (interpretado por una demasiado caricaturesca Cate Blanchett) y a una explosión nuclear en el prólogo del filme, aunque no logra evitar que los rusos se lleven un misterioso sarcófago que se encontraba en un almacén del gobierno USA. Un requerimiento de un joven greaser, Mutt Williams (Shia LeBouf) le vuelve a poner en acción para competir con el ejército de la URSS en la adquisición de las calaveras de cristal, unos objetos sagrados presuntamente tallados por civilizaciones precolombinas que se encuentran en el Perú y que una vez pertenecieron al mítico El Dorado. Hasta la selva del Amazonas se trasladará Indiana Jones con el joven Mutt, dispuesto a vivir una nueva y trepidante aventura en su tercera edad.

El reino de la calavera de cristal no esta a la altura de En busca del arca perdida y de El templo maldito, pero supera a La última cruzada, pese a ser un filme con menos escenarios que aquel y con más concreción de personajes. Sigue la estela de la saga de mezclar realismo, aventura desaforada, ocultismo y algunos elementos fantásticos, y en ese sentido, todo sigue igual. No hay mucho elemento sorpresa ya que cuando este intenta aparecer, resulta totalmente previsible a tenor de lo que el espectador puede deducir. Esta deja vu no logra sin embargo ensombrecer un filme Indiana Jones 100% en donde tanto los fans de al serie como los que no lo son tanto disfrutarán de lo lindo con situaciones inesperadas, sustos, lugares inquietantes, persecuciones automovilísticos y paisajes espectaculares, todo dispuesto de una manera tal vez demasiado perfecta y con poco margen a la espontaneidad. El regreso del personaje de Marion Ravenwood, interpretado por Karen Allen en En busca…es una buena noticia para los fans de Indy, ya que el personaje cumple con todas las expectativas. En caunto a nuevos personajes, hay aciertos, como el desequilibardo profesor Oxley que encarna el gran John Hurt, y fallos, como George McHale (Ray Winstone), un arqueólogo colego de Indy fatalmente desarrollado en el guión. La inclusión de elementos de ciencia ficción en al historia no debe espantar a los seguidores de al saga, ya que están bien insertados (aunque de manera muy simplona), lo que resulta en cambio poco perdonable es que el final del filme, supeditado precisamente a ese elemento, sea tan tópico y vago.

Referencias a filmes anteriores de al saga y curiosas bromas a costa de estos constituyen pequeños e inofensivos atractivos, a los que se une la presencia simbólica de las efigies de Sean Connery, como un ya fallecido profesor Henry Jones Sr, y del fallecido en la vida real Denhom Elliot, el inolvidable Marcus Brody de los filmes anteriores. No faltan tampoco referencias a la serie de Las Aventuras del joven Indiana Jones (otro guiño a fanáticos). Mención aparte merece la interpretación de un Harrison Ford que se esfuerza por seguir dotando de vitalidad al ya maduro personaje (incluso ha rodado algunas escenas de acción sin especialista). Presencia mayoritaria de efectos especiales tradicionales en detrimento de los digitales y acción y emoción por un tubo en un retorno que responde a las expectativas, minimamente, es cierto, pero que nos quiten lo bailao: Indiana Jones es un icono demasiado grande como para defraudar a nadie.