lunes, febrero 14, 2022

LICORICE PIZZA

 

**** y 1/2

Parece que esto de asomarse a la década los 70 del siglo XX centrando la mirada en el mundo del espectáculo esta siendo una tendencia en el cine estadounidense reforzada por cosas tan acertadas a todos los niveles como Érase una vez en Hollywood (2019) de Quentin Tarantino y en este sentido la nueva película de Paul Thomas Anderson vuelve a incidir en una jugada que no solo se ha revelado como exitosa y rentable sino que también pude resultar, como en este caso, una fórmula para manufacturar un más que estupenda película. No es la primera vez que el director se asoma a la temática del Show Business setentero (su ópera prima Boogie Nights (1997) es ya un ejemplo quintaesencial de la materia), y de hecho ya se puede considerar a Anerson como el director que mejor sabe tratar la pop culture de aquella época, pero en esta ocasión las cotas alcanzadas rozan lo sublime con una comedia-drama inteligente, con múltiples matices temáticos y que sabe adentrarse en géneros- o más bien tópicos- tan “peligrosos” como la historia de un amor complicado o la crónica de maduración adolescente sin caer en absoluto en la ñoñería; todo ello gracias a un soberbio sentido del humor que utilizando dosis justas y estratégicas de ironía y de parodia saca adelante una curiosa historia basada lejanamente en hechos reales en donde además de los elementos antes descritos no falta el homenaje a la industria del cine y la televisión desde una óptica más bien desmitificadora y en cierto modo canalla haciendo mofa y befa de algunos personajes (algunos asaz pintorescos) del Hollywood de principios de los 70.      

La historia esta inspirada libremente en la vida de Gary Koetzman (mutado en este filme como Gary Valentine) un actor adolescente que se reconvirtió en vendedor de colchones de agua y más tarde llegó a ser  un exitoso productor cinematográfico: el jovencísimo pero gran actor Cooper Hoffman le da vida con la intensidad que requiere un personaje más complejo de lo que aparenta en un principio, un chaval de 15 años que en 1973 deseoso de tener más éxito que sus pequeños papeles en la tele y en el cine y contagiado por el cambiante y alocado ambiente del Hollywood de la época se aboca a aparentemente descabelladas ideas y negocios que solo pueden salir de una cabeza adolescente. Pero su relación de amistad-intento de amor con Alana Kane (Alana Haim), una decidida pero poco afortunada joven de 25 años que al igual que Gary trata de aspirar a mayores cotas en su vida personal, dará un considerable vuelco a su percepción existencial y al de ella. La química entre la joven pareja de protagonistas es total y regala no pocos momentos memorables, la mayoría al borde de lo tragicómico o patético pero con un poso de ternura y esperanza, tratados con buen hacer y con original comicidad. Sería injusto omitir que el componente melodramático -especialmente en sus protagonistas-  juega aquí un papel fundamental que la película muestra en momentos clave y sin almíbar impostado.     

Paul Thomas Anderson sigue demostrando que sabe retratar los 70 como nadie - una vez más la ambientación de 1973 es perfecta- y que es un guionista fuera de serie además de un supertotadísimo director de actores, sacando partido de un eficaz cast que incluye a veteranos como Sean Penn interpretando a un trasunto de William Holden con bizarra escena motorizada, el polifacético Tom Waits como un excéntrico cineasta basado en Rex Holden o un descacharrante Bradley Cooper como John Peters, aquel peluquero novio de Barbra Streisand que se convirtió de la noche a la mañana en un peso pesado en la industria del cine y que en este filme tiene alguno de los más memorables momentos del mismo. Más allá de los homenajes y a guiños que se hacen a gente legendaria del showbiz como Lucille Ball (cuya figura pronto será objeto de un filme que se estrenará entre nosotros) o efímeras estrellas infantiles  como Lance Kerwin, y a todo el elemento comediático, Licorice Pizza es todo un canto a las relaciones humanas, a la amistad, al amor y a la superación personal. No se trata de la obra maestra de Anderson, pero termina resultando una de los mejores películas de 2021.     

martes, febrero 08, 2022

BELFAST

 

 


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Entre la crónica nostálgica y el apunte histórico navega el nuevo filme de Kenneth Branagh, dispuesto a reivindicarse como director tras una larga carrera en la que no ha respondido a las magnas expectativas que un día se depositaron en él y apostando por una película de tinte autobiográfico que constituye su mejor trabajo dentro de si irregular filmografía. Ambientada en el Belfast de 1969, Branagh muestra la situación límite en la que se encontraba su ciudad natal en aquella época: los conflictos político-sociales-religiosos entre las comunidades católicas y protestantes en Irlanda del Norte que derivaban en el más puro crimen organizado, las violentas revueltas (troubles) al orden del día, la situación de pobreza de muchas familias de los barrios obreros de la capital norirlandesa y todo ello con la mirada de un niño de 9 años, Buddy (Jude Hill, un descubrimiento), alter ego del propio director. El chaval, inquieto, despierto y soñador es feliz pese a todo en su humilde barrio y siente devoción por sus progenitores pese a que su situación no sea la mejor. El padre (Jamie Dornan) pasa largas temporadas fuera de casa la trabajar en Inglaterra y está acosado por las deudas y la madre (Catríona Balfe) trata de lidiar con las decisiones de su marido  y cuida de que Buddy y su hermano no caigan en el poco edificante ambiente que se vive en Belfast. Por si fuera poco, la familia, de religión protestante, está presionada por los líderes republicanos del barrio para que tome partido en los conflictos. Los abuelos del pequeño (Judy Dench y Ciarán Hnds) son la principal referencia de felicidad y despreocupación en un entorno que irá cambiando a peor por momentos y que para Buddy se hará cada vez más complejo y problemático: la pérdida de la inocencia.

El recurso de rodar en blanco y negro a priori es un acierto, pero por desgracia el realizador no sabe sacar todo el partido necesario y la imagen bicolor parece aproximarse más a un caprichoso ejercicio estético (a veces la textura visual es de videoclip o de publicidad) que al de un homenaje a tiempos pretéritos fotografiados y filmados en esas tonalidades (no es baladí, empero, que imágenes de películas antiguas o incluso de obras de teatro aparezcan en color). El elemento costumbrista, que es el que preside la historia, aunque está muy bien manejado sólo a veces resulta verdaderamente entrañable con unos recuerdos de infancia que pueden resultar tópicos (primer puppy love) y con un homenaje a la cultura pop de finales de los 60 a veces demasiado avasallante en donde no faltan, eso si, tributos a clásicos del sétimo arte como Sólo ante el Peligro o Chitty Chitty Bang Bang o series como Thunderbirds o Star Treck.  Pero donde más entonada está Belfast es en los momentos dramáticos, con una inquietante perspectiva de cambio vital que el pequeño protagonista no quiere asumir y que es la calve de esta historia, sin olvidar unas muy bien rodadas secuencias de revueltas callejeras reflejadas en toda su crudeza  y que demuestran la versatilidad de un director con más valor del que parece como es Kenneth Branagh. También se podría citar como un desacierto una banda sonora que casi parece un previsible Greatest Hits de Van Morrison con canciones posteriores a la época que relata el filme (hay además una nueva canción suya), pero las virtudes del filme, que son bastantes, obvian los deslices y encumbran a Belfast como una estupenda película que tal vez haya sido menos de lo que prometía pero en líneas generales resulta una gratificante experiencia cinematográfica.      

lunes, enero 31, 2022

LA ABUELA

 


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La alianza entre Paco Plaza y Carles Vermut prometía y efectivamente, no ha decepcionado. Plaza, cada vez mejor realizador, ha vuelto a dar en la diana en su regreso al género terrorífico tras su magistral Quien a hierro mata (2019), que sigue siendo su mejor filme aunque esta inquietante La Abuela le va a la zaga y se postula como su mejor trabajo en el cine de horror superando a Verónica (2017). El maridaje entre el universo críptico y metanarrativo de Carles Vermut (Magical Girl, Quien te cantará) -que ejerce aquí como guionista- y el concepto del terror escorado a la verosimilitud de Paco Plaza funciona a las mil maravillas ya que ambos comparten similar visión de la ficción fantástica con el elemento sobrenatural magistralmente introducido en el realismo aunque se al final Plaza el que impone su estilo y criterio en lo que respecta a la construcción de la historia. Una historia dicho sea de paso con notable carga psicológica, humanista y metafísica que nos dice claramente que lo más terrorífico pueden ser ciertos aspectos inevitables de nuestra existencia, como puede ser el paso del tiempo y en definitiva la vejez: en ese sentido el terror psicológico del que hace bandera La Abuela no puede ser más desasosegante ni angustioso. Tal vez estemos ante la mejor película del terror de la historia del cine español.

Aquí no hay ni sustos ni truculencia fácil. El horror que desprende este filme es puramente atmosférico y narrativo con un elemento sobrenatural que se hace de rogar en su primera aparición (aunque se intuye) y cuando lo hace llevamos ya una buena parte de metraje. La Abuela muestra sus cartas desde el principio con un inquietante prólogo que se va clarificando conforme avanza el desarrollo de la historia pero que no exime de llegar a un desenlace alucinante aunque puede que no resulte muy sorprendente para los más avispados. Dos personajes llevan prácticamente el peso de la película: Susana (Almudena Amor), una joven modelo a punto de cumplir 25 años deseosa de dar el salto definitivo en su carrera, y su abuela Pilar (la brasileña Vera Valdez, antigua modelo en los 50), quien sufre un derrame cerebral que ocasiona que Susana tenga que volver de parís a Madrid para hacerse cargo de ella en su nueva situación de dependencia. Ambas intérpretes están excepcionales moviéndose prácticamente por un único espacio (la vivienda donde viven) en donde no tardará en surgir un inquietante sesgo en su circunstancialmente forzada situación. Susana, que ve alejarse poco a poco todo su futuro, parece atrapada en el mundo de silencio de su abuela, una mujer a la que creía conocer pero de la que no tardará en darse cuenta que no es -nunca ha sido- lo que parecía.

Plaza y Vermut llenan el filme con no pocos elementos pista cargados de simbolismo en forma de elementos visuales aparentemente cotidianos (espejos arrancados, fotografías, puertas secretas, muñecas matrioskas, relojes parados) y consiguen que la narración alcance tonos pesallidescos con diferentes recursos que van desde la sugestión, la omisión, la ruptura drástica y la muestra de secuencias en el límite de lo onírico y lo real con elementos realmente turbadores. Polanski, Borges y  Lynch son referencias claras en una película cuyo mensaje de que la vejez es algo de lo que muchos darían cualquier cosa por sortear es perturbador. Tampoco la huída de la muerte y la búsqueda de la eterna juventud habían estado tan inquietantemente tratadas en un filme y de ello tiene bastante causa el espléndido trabajo de sus dos intérpretes quienes han interiorizado que sus personajes han de compenetrarse a la perfección para mostrar una dialéctica que pone los pelos de punta. Es posible que algunos de los momentos finales de la película desentonen por su carácter más violento y previsible en el género del terror, pero casi todo en La Abuela es no solo ya cine de horror psicológico, sino cine de primera magnitud.

lunes, enero 24, 2022

EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS (NIGHTMARE ALLEY)

 

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Tras La Forma del Agua (2017) Guillermo del Toro busca reafirmarse como el excepcional cineasta que es (y que demostró serlo en aquel filme) más allá de mercantilistas productos de encargo que han emborronado su filmografía, un empeño que sigue dando sus frutos y que con este remake del pequeño pero poco conocido clásico de 1947 Nightmare Alley de Edmund Goulding que protagonizara Tyrone Power consigue una nota más que aceptable. Sin llegar a los niveles la película anterior, esta nueva versión de la novela de intriga de William Lindsay Gresham es un thriller psicológico sólido y absorbente, hecho con la emocionalidad característica del director azteca  quien imbuye de personalidad propia a una historia ya contada. Aunque en teoría Del Toro se sale en esta ocasión del género fantástico lo cierto es que aún está presente el tono de ensueño, fabulación e irrealidad de sus mejores filmes pero sin ningún elemento fantasioso en el sentido estricto. El director ha dado con una historia que en su objetivo de enfrentar la verdad con la ilusión -o si se ve de otra forma, la honestidad con el engaño- le ha venido como anillo al dedo para explorar uno de sus  temas favoritos, el de la huida de la realidad por medio de la fantasía (o la invención). Así, mezclando imaginería más o menos bizarra encarnada aquí por el mundo de los feriantes y sus espectáculos, y recursos estilísticos del cine negro de los 40 todo ello bajo un prisma estilístico barroco y estilizado marca de la casa del director, esta nueva Nightmare Alley es una película sólida y a ratos alucinante que además consigue ser un thriller psicológico de gran nivel. Es posible que a la película le falta culminar varios momentos y que muchos personajes podrían dar bastante más de si, pero su excelente pulso narrativo y su vistosa puesta en escena  son argumentos suficientes que consiguen alzarla como mucho más que un filme del montón.

Los curiosos personajes del filme son los que dan alma a la historia, una crónica de engaños, fraudes, romances y falsos poderes extraordinarios que muestra algunos de los lados más oscuros de la condición humana. Su complejo protagonista desde el primer momento se nos presenta como un antihéroe o más bien como un villano encubierto: Stanton Carlisle  (Bradley Cooper), un oscuro sujeto que parece haber cometido un crimen consigue de casualidad un trabajo en un espectáculo de feria ambulante en la América de principios de los 40 en donde traba amistad con su peculiar fauna de freaks, enanos, forzudos y charlatanes varios y sobre todo con Molly Cahill (Rooney Mara) una joven que se exhibe como controladora de corrientes eléctricas, Clem Hoately (Willem Dafoe) el director del espectáculo, y con la supuesta vidente Zeena Krumbein (Toni Collette) cuyo espectáculo de adivinación le fascina. Dispuesto a sacar tajada en ese mundo, Stanton aprenderá los trucos de la falsa videncia y eso le llevará a tener su propio espectáculo y a ser considerado como uno de los más afamados adivinos de EEUU. Una inquietante psicóloga, Lilith Ritter (Cate Blanchett) se interpondrá en sus ambiciones utilizando sus potencialidades como charlatán farsante pero también sus debilidades y oscuros secretos de su pasado.      

La película navega entre varias temáticas y recursos estilísticos pero nada resulta incoherente ni impostado en ningún momento. Puede que la forma supere al fondo en no pocos instantes (mucho manierismo estético, más atemporal que propio del Hollywood clásico) y que muchas veces uno se quede con las ganas de que le cuenten algo más, pero el guión adaptado que firman el propio Del Toro y Kim Morgan consigue ser sorprendente y a ratos sobrecogedor. Se perciben más influencias de Todd Browning o incluso de Hitchcock que en la primera versión lo cual es también un aliciente cinéfilo. Y es también una buena noticia para los amantes del buen cine que Guillermo Del Toro este por fin demostrando todo su potencial.

jueves, enero 20, 2022

PÁJAROS ENJAULADOS (HASTA QUE ESTEMOS MUERTOS O LIBRES) (BIS WIR TOT SIND ODER FREI)

 


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Historias reales que superaron la ficción. Como la extraña epopeya de Walter Stürm (1942-1999) conocido delincuente famoso en su país Suiza y media Europa por sus continuas fugas de prisión en las décadas de los 70 y 80 y la abogada y militante izquierdista Barbara Hug, quienes llegaron a unir sus destinos con el fin de denunciar la penosa situación de las prisiones helvéticas, aunque en el caso del primero solo buscase su beneficio personal. El director Oliver Rihs dirige con tino y aplomo esta coproducción suizogermana que no se detiene en trampantojos comerciales ni en golpes de efecto para atraer al espectador- esta película y con la misma historia  en manos hollywoodienses hubiese sido otra cosa muy diferente- y regala un filme realista, bien construido y que tampoco pretende ser muy amable con sus dos  protagonistas, antihéroes con un punto patético que sin embargo logran conectar con el espectador por su verosimilitud. Entre el drama y la comedia, Pájaros Enjaulados no deja nunca de ser la crónica de una época en la que los ideales progresistas en Europa aún estaban demasiado tiernos y las luchas politicosociales eran tan farragosas como contradictorias. No es cine político ni tampoco de acción e intriga sino más bien humanista y psicológico al ilustrarnos una extraña relación de conveniencia entre dos outsiders que logrando más o menso sus objetivos individuales no consiguieron halalr ninguna estabilidad personal.    

Marie Leunberger da vida a Hug, joven abogada luchadora pese a su enfermedad que de defender desde su bufete a activistas radicales de izquierdas vinculados algunos a la Rote Armee Fraktion alemana pasa a ser la abogada del rey de las fugas de Suiza,  Walter Stürm (Joel Basman) un simple atracador convertido en el hombre más buscado del país siempre oculto en sus evasiones en varias identidades falsas. Barbara Hug piensa que Stürm por su popularidad puede convertirse en el portavoz de la lucha por la dignificación de las cárceles suizas y se esfuerza en transformar al personaje de un -a ojos de la sociedad- simpático granuja en un activista social aunque en realidad él esté poco o nada convencido de su nuevo rol. Ambos intérpretes se esfuerzan en dar hondura a sus papeles - es más notable el trabajo de  Leunberger- y gracias a ello el filme logra una narrativa fluida pese a lo árido muchas veces de su temática y situaciones. La ambientación en lo 80 y 90 esta muy bien conseguida así como la galería de personajes- auténticos freaks bajo el punto de vista actual- es deslumbrante y de recibo así como sobran quizás algunos momentos más sentimentales y poco creíbles. Una película inteligente para amantes de buenas (y reales) historias.

viernes, enero 07, 2022

SEIS DÍAS CORRIENTES

 


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Una película sin actores profesionales ya demuestra un sentido del riesgo muy alto y si además lo que se cuenta es una historia casi documental y sin un desarrollo narrativo convencional estamos ya ante un filme de carácter casi experimental que debe de ofrecer mucho para ser una obra convincente. Esta  pequeña e interesante película lo consigue gracias a un planteamiento honesto y una elasticidad de narración que solo se consigue con un enfoque totalmente realista y una voluntad por trascender el medio cinematográfico para reflejar la vida tal cual es. Este filme, que puede verse como un documental ficcionado o una ficción pasada por el tamiz de la realidad, en realidad pretende salirse de ambas clasificaciones y si bien es evidente que estamos ante una película que cuenta una historia (aunque sin un esquema claro de planteamiento-nudo-desenlace) lo que se nos narra es un día a día que de por si no supone ningún relato contado con los recursos típicos de una obra de ficción. El valor se Seis Días Corrientes reside en la  total cercanía y calidez de una historia de gente corriente contada por ellos mismos. Tres empleados de una empresa de reparaciones catalana (dos fontaneros y un electricista) que se interpretan a ellos mismos durante una semana de trabajo de lunes a sábado y que nos ofrecen un buen retrato de las relaciones humanas con todos sus matices en el día a día en un entorno de cierto viciamiento como es el laboral. 

 La directora Neus Ballús ha conseguido unas excelentes interpretaciones de todo un lenco de actores amateurs que sin que sepamos exactamente sonde empiezan sus personas y sus personajes ofrecen un muestrario de reacciones psicológicas y comportamentales que ponen en relieve muchas de las deficiencias del individuo en nuestra sociedad (egoísmo, materialismo, falta de empatía) pero también virtudes (enmienda de errores, colaboración) que terminan ofreciendo un mensaje más bien de esperanza. Es notable el mérito al dirigir esta película hecha también en entornos reales especialmente cuando se advierte como todos sus esforzados intérpretes llegan hasta donde se les espera que lleguen intentando demás mostrar algo de ellos mismos en una historia situada entre el drama y la comedia. Los fontaneros Valero Escolar y Pep Sarrà y el electricista de origen árabe Moha Mellali intentan llevar a cabo el trabajo de para su empresa que se ve condicionado con la incorporación del último, un joven inmigrante que no logra caer bien al irascible Valero mientras que el veterano Pep intenta mediar entre ellos pero su personalidad no parece la más idónea para tal cometido, todo narrado bajo el punto de vista de Moha quien no logra entender muchas de las actitudes de sus compañeros Algo más que una feel good movie o una comedia costumbrista, Seis días Corrientes consigue regalar al espectador una interesante y entrañable experiencia que por su propia naturaleza justifica el arte cinematográfico como algo creado también para sorprender al espectador.


sábado, enero 01, 2022

EL CONTADOR DE CARTAS (THE CARD COUNTER)

 



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Al veterano Paul Schrader, guionista que fue de Taxi Driver y director de pequeños clásicos como Amercan Gigoló (1980) o Mishima (1985), se le daba artísticamente por muerto después de un puñado de filmes mediocres en los 2000 y 2010 pero con esta nueva cinta ha protagonizado una inesperada resurrección que nos recupera aquel cine oscuro y con mensaje (casi siempre desolador) con el que se convirtió, tanto en su faceta de guionista como en la director o compatibilizando ambas, en uno de los cineastas de culto de los 70 y 80. Este thriller-drama excelentemente construido posee muchos ingredientes de gran película: planteamiento fuera del aparente punto de partida del filme que termina adueñándose de la trama, personajes al límite que actúan de manera inesperada, un entorno más bien poco reconfortante, y ciertos giros de guión que van más allá del mero efectismo que por desgracia abunda en muchos filmes actuales. Y la verdad es que es una gran película que demuestra que Schrader sigue siendo un maestro cuya filmografía aunque irregular sobre todo en los últimos años merece mayor reconocimiento del que se le suele otorgar.

 En The Card Counter nos reencontramos con el modelo de personaje favorito del cineasta, el solitario perdedor de enigmático comportamiento y motivación que inevitablemente remite al Travis Bickle de Taxi Driver (que no se nos olvide que Scorsese produce también este filme de su amigo) y que en esta ocasión es un ex convicto militar reconvertido en tahúr profesional, Will Tell, interpretado con fuerza por ese excelente y versátil actor que es Oscar Isaac. Tell, que ha hecho del juego de cartas, el cual domina con maestría, su medio de vida recorriendo diferentes casinos se reencuentra inesperadamente con su oscuro pasado a través del joven Cirk (Ty Sheridan) quien le propone ayudarle a vengarse de un coronel retirado (Willem Dafoe) que arruinó la vida de su padre y la de su familia. El juego de moralidad entre los personajes principales incluyendo la ambigua Lalinda (Tifffany Haddish) es el nudo gordiano del filme: personas que acceden a vivir fiera de la ética sin preocuparse por sus consecuencias ya que albergan la convicción de que todo saldrá bien a no ser que otras persona haciendo lo mismo den al traste con todo. El aspecto psicológico es pues el motor de una historia de violencia, venganzas y grito desesperado contra la injusticia que también alberga denuncia politicosocial y antibélica plasmada en el sórdido mundo de los interrogatorios militares estadounidenses. Escenas impactantes y una fotografía realista con momentos plásticamente deslumbrantes ilustran una historia muy bien trazada y sorprendente. Un reencuentro con un cine crudo y comprometido que creíamos haber perdido.

sábado, diciembre 25, 2021

WEST SIDE STORY

 

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Hacer un remake de un clásico de Hollywood no es precisamente sinónimo de originalidad pero si que resulta en todos los sentidos todo un riesgo, como en el que se ha embarcado un veterano de aureola cuasi legendaria como es Steven Spielberg al llevar a cabo una nueva adaptación de West Side Story, la célebre obra musical de Leonard Bernstein (música), Stephen Sondheim (letras), Arthur Laurents (libreto) y Jerome Robbins (coreografía). Aquella historia de amor imposible inspirada en Romeo y Julieta  enmarcada en los conflictivos barrios marginales de la Nueva York de finales de los 50 con las luchas de bandas juveniles de fondo la verdad es que ha envejecido muy bien con su por entonces innovador trasfondo social (más allá de la edulcorada historia de amor) y aunque sus canciones -la mayoría se han convertidos en auténticos standards atemporales en el mundo de la música-  puede que hoy en día suenen algo pastelosas: Spielberg, sin en realidad ofrecer innovaciones de calado, ha conseguido una nueva versión de la obra de 1957 que conecta perfectamente con la sensibilidad actual y que consigue superar el concepto de remake ya que toma lo menos posible como referencia a la mítica versión cinematográfica de 1961 dirigida por Robert Wise y el propio Jerome Robbins y consigue dotar a la cinta de su impronta de gran cineasta con un vistoso y cuidado espectáculo en donde se consigue un perfecto equilibrio entre la historia, la música, las canciones, los bailes, la puesta en escena y las interpretaciones. ¿Es superior a la versión clásica? Puede que no, pero eso no resta los méritos de un filme con bastantes excelencias. Spielberg por cierto ha hecho su debut en el musical en medio siglo de carrera.  

El reparto como puede deducirse está lleno de caras jóvenes y casi desconocidas pero llenas de talento en un filme donde se precisa en casi todos los intérpretes actuar, cantar y hasta bailar. Por supuesto, se han corregido errores pretéritos: se ha contado en esta ocasión con actores de origen hispano auténticos en lugar de maquillar de oscuro a caucásicos tal y como se hizo en el filme de 1961 y sus dos actores principales Ansel Egort (Tony) y la debutante Rachel Zegler (María) cantan con sus voces al contrario que hicieron Richard Beymer y Natalie Wood, los cuales fueron doblados en sus canciones. Y la historia de rivalidad entre la banda de los jets blancos por un lado y los sharks puertorriqueños por otro con los dos miembros de sus comunidades Tony (cofundador de los jets tratando de reformarse)  y María (hermana de Bernardo, jefe de los sharks) locamente enamorados sin resultar en absoluto manida ni viejuna florece gracias a un estilo narrativo que trata de alejarse esta vez de los convencionalismos teatrales (incluso los del cine musical) para ofrecer una historia más bien escorada al drama social (la eterna lucha interétnica y las dificultades por salir de la marginalidad) y por que no al thriller. En ese sentido, la adaptación del libreto original por parte de Tony Kushner es excelente.

Además de las estupendas intervenciones de Egort y Zegler, cabe destacar dentro del extenso reparto a Ariana DeBose como Anita en una interpretación llena de fuerza latinoamericana en diferentes registros y a David Álvarez como un Bernardo más perfilado que en otras versiones; por el contrario Mike Faist, el nuevo Riff, sólo llega a convencer parcialmente. Que no se nos olvide que aquí se encuentra también la incombustible Rita Moreno, la Anita de la película de Wise, que a sus increíbles 90 años da vida a un personaje nuevo, Valentina, una anciana que simboliza la voz de la sensatez para todos los personajes en sus situaciones y que además entona la emblemática Somewhere. Tampoco debe pasarse por alto un cuidado y logrado doblaje al castellano con actores caribeños doblando a los shraks y demás hispanos. Puede que algunas revisiones resulten un tanto forzadas -sobre todo en lo concerniente a determinados personajes- y que la sucesión de números musicales no sea del gusto de todo el público, pero este nuevo West Side Story es de lo mejor estrenado en los últimos meses. De nuevo, medallita para el gran Steven Spielberg.

lunes, diciembre 20, 2021

LA VIDA ERA ESO

 

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Un debut prometedor y con mérito por lo arriesgado de su propuesta. Resulta gratificante que nuevos cineastas españoles como David Martín de los Santos opten por dramas de carácter intimista tan peculiarmente construidos y presentados para darse a conocer y que además dicho trabajo sea una buena película. La Vida era Eso, una reflexión sobre los estragos del paso del tiempo y la búsqueda de una finalidad en la vida  en cualquier época de la existencia (con el mensaje de que para eso nunca es demasiado tarde), es una obra emotiva y con vocación de llevar a la reflexión que  se vale de muy interesantes recursos cinematográficos y narrativos. Empleando significativas elipsis que dividen la historia en dos actos y una deliberada parquedad estilística y en los diálogos, el filme cuenta  la casi iniciática (aunque tardía, por supuesto) vivencia de su protagonista, María (Petra Martínez), una septuagenaria que decide por su cuenta y riesgo emprender un largo viaje como ofrenda a su nueva amiga recién fallecida, la veinteañera Verónica (Anna Castillo): un encuentro entre dos mujeres completamente diferentes que antes y después de la muerte de Verónica marcará la percepción de la vida de María de manera drástica.

Las dos actrices llevan totalmente el peso de la historia (Anna Castillo sólo en la primera parte) y las dos están espléndidas como dos seres al principio desubicados en un país que no es el natal (el principio de la historia se desarrolla en Bélgica), la madura con una vida familiar aparentemente feliz pero sin alicientes en su condición de emigrante y la muchacha huyendo de una serie de situaciones desesperantes con cierto afán impulsivo juvenil. Su encuentro casual y la posterior muerte de Verónica establecerán un inesperado vínculo en el que María tomará la decisión de hacerse cargo del destino de la joven viajando a Almería, lugar donde ella residía, sin apenas información sobre ella o su familia y viviendo allí un inesperado encuentro con ella misma. Es la parte desarrollada en Andalucía la más sorprendente de todo el filme y en donde la luz y la atmósfera del lugar impregnan en la imagen y en el desarrollo de la historia un curioso toque entre el drama europeo, Wim Wenders y el spaghetti western. A todo ello ayuda el estupendo trabajo de la veterana pero no muy conocida Petra Martínez, que echa el resto en su complejo papel. Es posible que esta película tenga altibajos y deficiencias en su transcurrir, pero resulta un trabajo dentro de su modestia  francamente sugerente.