lunes, octubre 12, 2020

RIFKIN´S FESTIVAL

 

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Woody Allen sigue en la brecha a sus 85 años y, al menos de momento, nada parece interponerse en su propósito de seguir dirigiendo una película anual, ni tan siquiera una extratemporánea campaña contra su persona. De nuevo dirigiendo en Europa en régimen de coproducción internacional (esta vez junto con productoras españolas e italianas) el Woody Allen turístico regresa sin ofrecer esta vez nada nuevo ni estimulante, más bien más de lo mismo dentro de sus coordenadas de comedia-drama. Aunque en esta ocasión no protagoniza el filme su personaje si aparece: como  en otras de sus  películas, el hombre culto, neurótico e inseguro está encarnado por otro actor, en este caso su buen amigo Wallace Shawn, personaje polifacético y genial intérprete que en una de sus escasas oportunidades de acometer un papel protagonista brilla por su carisma y buen hacer. Sin embargo la historia, una poco original crónica de enredos amorosos y encuentros-desencuentros bastante vista en la interminable filmografía del neoyorquino, no ayuda a la hora de configurar una obra de verdadero relieve aunque al fin de cuentas sea una buena película de agradable visión.

Tal vez el elemento más interesante de Rifkin´s Festival sea que Allen muestra su vertiente más cinéfila adentrándose tanto en la industria y parafernalia comercial del mundo fílmico como de su elemento artístico. Rodada en Donostia-San Sebastián en una edición del Zinemaldia Donostiarra la película es un pequeño homenaje a los festivales de Cine a todo lo que se mueve alrededor de ellos de paso haciendo el folleto turístico visual de rigor que Allen ya hizo en Vicky Cristina Barcelona o a Roma con Amor. Más allá de lo curioso que resulta ver captado por la cámara woodyallenesca el paseo de la Concha o el Peine de los Vientos, el director demuestra una vez más que sabe convertir a al ciudad escenario en un protagonista más aunque sea de la manera más tópica posible. Un reparto internacional con una nutrida presencia española responde con creces y sin muchas estridencias. Mort Rifkin, interpretado por Shawn, es un maduro escritor y antiguo profesor de cine estadounidense que  acompaña a su esposa Sue (Gina Gershon) al Festival de san Sebastián en el que ella acompaña a uno de sus representados, el joven y exitoso cineasta francés Phillipe (Louis Garrel) del que Mort siente celos por ver reflejado en él aquello que el quiso ser y no fue, además de sospechar que tiene un affair con su mujer. La relación con una doctora cuarentañera local, Joana Rojas (Elena Anaya) parece levantar el ánimo de un desorientado Rifkin, pero las cosas no le resultarán fáciles. El amor de Rifkin por el gran cine de autor de todos los tiempos (especialmente el europeo) le sirve a Allen para homenajear a algunas de sus películas favoritas en las ensoñaciones del protagonista: entonadas recreaciones paródicas de Ciudadano Kane, El Ángel Exterminador, Persona, o El Séptimo Sello entre otras se suceden y suponen de lo mejor del filme en su declaración de amor por el séptimo arte y por gente como Buñuel, Fellini o Truffaut. Pero aunque deja un buen sabor de boca, a esta película le falta más solidez y le sobran manierismos del propio Allen.    

lunes, octubre 05, 2020

ANE

 

*** y 1/2                                                                                         

Utilizando el conflicto social (y político) como metáfora se erige este drama familiar con los diálogos justos y un discurrir pausado pero repleto de matices en imágenes, secuencias y acciones. Una película que sin ser ninguna obra maestra cumple su cometido como un trabajo destinado a conmover al espectador y hacerle reflexionar sobre la dificultad de las relaciones peternofliliales cuando la confianza y la felicidad parecen tambalearse aunque el cariño y el amor permanezcan. La fuga de una hija adolescente del hogar de una madre divorciada es el arranque del filme, centrado en la figura de la madre Lide interpretada por una excelente Patricia López Arnáiz, una mujer de cuarentaitantos que reflexiona (en silencio casi siempre pero con sus sentimientos captados por el espectador debido al magnífico trabajo de la actriz) sobre su papel como madre y como persona, en medio de un contencioso que sacude a su pueblo, una localidad alavesa cercana a Vitoria donde se va construir la vía del TAV (Tren de Alta Velocidad) y cuya aceptación o rechazo parece dividir al pueblo, canalizada esta última por cierta tendencia política en la Euskadi inmediatamente anterior al final de ETA  (el filme se desarrolla en 2009).

El joven director bilbaino David Perez Sañudo ha debutado en el largo con una “ampliación” de un cortometraje suyo del mismo nombre de 2008. Al realizador el trasfondo político le sirve de encuadre y mcguffin y no pretende profundizar en él, aquí el protagonista es el drama psicológico y este está perfectamente conseguido en un guión con silencios, pausas y una narración muy bien estructurada en donde el personaje de Lide lleva todo todito el peso. La irrupción de la hija Ane (Jone Laspiur, también vista en Akelarre) cambia el devenir del filme que hasta ese momento jugaba con elementos del cine de intriga (la investigación de Lide y su ex Fernando (Mikel Losada) sobre el destino de su hija) en donde no faltan tampoco pistas falsas para adentrarse en un crescendo en donde la rebeldía adolescente se expresa en los vaivenes de Ane dentro de un mundo en que parece haberse metido por inercia y del que es víctima y lo más crudo es que ha perjudicado a su madre: obviamente el impacto brutal no tardará en producirse. Muy recomendable para padres y madres con hijos teen, esta es una película sobria pero muy sugerente que anuncia un dirctor a tener en cuenta.

miércoles, septiembre 30, 2020

AKELARRE

 

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La persecución de la brujería en la península ibérica entre los siglos XV y XVII, especialmente en el norte, es un tema históricamente apasionante y poco explotado por el cine español, principalmente por la poca habituación que ha habido en nuestra industria cinematográfica al cine de género. Dentro de esta escasa proliferación de la brujería (o falsa brujería) en la escena hispánica ya habido alguna muestra interesante como el filme “tocayo” de este que nos ocupa dirigido por Pedro Olea en 1983 pero lógicamente en el siglo XXI faltaba una visión contemporánea y adaptada a los cambios estilísticos, conceptuales, culturales  y económicos que ha habido en el cine español desde hace más de 30 años y en ese sentido este Akelarre cumple con creces ofreciendo una interesante película. Ha sido curiosamente un argentino, Pablo Agüero (Eva no duerme) quien por medio de una coproducción hspanoargentina (con una pequeña participación francesa) se ha atrevido a adentrarse en el sórdido episodio histórico de las condenas por hechicería a varias mujeres (y también algún hombre) en las provincias vascas a comienzos de una edad moderna en una España de los Austrias que tenía aún no pocas reminiscencias medievales pese a tratarse de una potencia económica y política en aquella época. Sin optar por adaptar un episodio histórico concreto, el guión de Agüero y la francesa Katell Guillou prefiere un relato ficticio (basado eso si en los documentos del inquisidor Pierre de Lancres) en donde se da rienda suelta a un tono casi de fábula o de cuento de hadas realista para narrar una historia tan impredecible y juvenil como sus protagonistas, marcada por un propósito de reivindicación feminista desde su vertiente histórica. La visión de las brujas como mujeres liberales al margen de las normas morales, sociales y religiosas en la  Europa de la edad antigua y moderna es la que se reclama en este filme, actitud esta condenada por la sociedad patriarcal y ultracristiana de la época: Meras curanderas paganas que pagaron un alto precio, tal y como ocurrió por los valles vascos en aquellos siglos.

Sin grandes alardes técnicos y con una localización muy reducida pero plena en bellos paisajes (rodada en varias zonas de Euskal Herria como la Sierra de Urbasa o las costas de Bizkaia y Gipuzkoa) en donde pese a todo los espacios cerrados son más abundantes que las escenas exteriores, la historia se centra en la terrible vivencia de seis chicas adolescentes de una innombrada aldea marinera vasca que son burdamente acusadas de brujería y blasfemia por parte de un juez inquisidor enviado por el rey e interpretado por Alex Brendemül. Las jóvenes, que gozan de la libertad que el paganismo ancestral vasco otorgó a muchos de los habitantes de los mas remotos pueblos, actúan guiadas por las pasiones de la adolescencia y viven acostumbradas a las largas ausencias de la autoridad masculina debido a que los hombres de la aldea pasan un buen tiempo en la mar, asisten primero aterradas a su acusación y encarcelamiento, luego se llenan de esperanza ante la posibilidad de una liberación y finalmente llegan a una alucinante catarsis. Es este proceso psicológico y de sentimientos en el que se basa la película muy bien reflejado por sus jóvenes protagonistas encabezadas por la prometedora Amaia Aberasturi en el papel de Ana, la lideresa de las muchachas y la que urde un plan para salir absueltas en los siniestros juicios, sin olvidar al resto: Yone Laspiur, Yune Nogueiras, Irati Saez de Urabain, Garazi Urkiola y Lorea Ibarra.  No obstante, aunque los momentos finales y culminantes de la películas sean los mejores rodados del filme da la sensación de que se cae en un simbolismo farragoso y malamente ambicioso que pese a todo no difumina el mensaje de empoderamiento femenino que trata de transmitir el filme, incluida una reivindicación de la sexualidad indómita en la mujer a la que el ambiente natural y algo antropológico del filme ayuda bastante.     

Es cierto que las jóvenes pese a sus buenos trabajos interpretativos no consiguen transmitir credibilidad a la hora de encarnar a muchachas de 1609 ya que su comportamiento corresponde más bien a adolescentes del siglo XXI y en ese sentido este cierto (y supongo que intencionado) anacronismo lastra no pocos momentos del filme, así como su ritmo y sus argumentos cinematográficos se mantienen inconstantes durante todo el metraje. Se echa también en falta más autenticidad y unos personajes secundarios más consistentes aunque si que resulta curioso su juego de trampantojos con el cine fantástico o terrorífico aún no perteneciendo a ninguno de estos géneros. Sin llegar a enganchar la historia se sigue y se degusta con interés por lo universal de su mensaje aunque seguro que habrá interpretaciones de su historia vistas desde todos sus ángulos sociopolíticos. 

miércoles, septiembre 23, 2020

PINOCHO (PINOCCHIO)

 


 

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Las Aventuras de Pinocho, escrito por Carlo Collodi en 1883 es para los italianos casi como el Quijote en España (con permiso de la Divina Comedia de Dante): una obra literaria que refleja la idiosincrasia de un país y un texto más o que menos conocido por sus conciudadanos. Esto, unido a la condición de esta novela infantil como una obra inmortal universal, siempre lleva a una revisión periódica en Italia de Pinocho y su historia aunque como es sabido no han sido precisamente pocas las producciones en cualquier país tanto cinematográficas como televisivas del relato. Matteo Garrone (Gomorra, Dogman), tal vez el mejor director italiano surgido en los últimos veinte años ha sido el responsable de este nuevo largometraje sobre el muñeco de madera viviente que aspira a convertirse en un niño de carne y hueso pero que para ello debe alcanzar la rectitud moral y comportarse con responsabilidad en pleno conflicto con lo que como buen niño debe hacer y lo que en realidad le apetece hacer. Cineasta versátil y con vocación internacional,  Garrone vuelve al género fantástico tras Tale of Tales (2015) de nuevo con un tono ciertamente oscuro más acorde con la novela original y que al espectador no italiano le puede parecer sorprendente e incómodo por la influencia ejercida por adaptaciones decididamente dulcificadas como la legendaria de Disney de 1940. El resultado ha sido un excelente filme tal vez degustable más por el público adulto que por el infantil y que conserva y refleja de una manera magistral la singularidad de la obra original en su mezcla de cuento de hadas, realismo costumbrista, tratado de enseñanzas morales a la infancia y relato truculento. Una vistosa puesta en escena y una soberbia fotografía obra de Nicolaj Brüel dotan al filme de imágenes espectaculares sobre todo cuando se trata de ilustrar los momentos más fantasiosos de la historia con un halo pictórico de irrealidad e impresionismo con no menos apreciables estampas veristas de la Toscana de finales del XIX, pura influencia neorrealista italiana en este caso. Y es que con un presupuesto generoso en donde hay colaboración francesa y del mítico productor británico Jeremy Thomas  unas interpretaciones más que de recibo y un guión adaptado esforzado, Matteo Garrone ha realizado un filme que poco tiene que envidiar a las producciones fantásticas hollywodienses.           

El realizador tenía desde hace tiempo en mente volver a llevar a Pinocho a al gran pantalla y se nota que ha puesto mimo en el empeño, como también es perceptible la enorme influencia de la que hasta hace poco había sido la mejor (y más fiel) adaptación audiovisual sobre las andanzas del muñeco, la miniserie de principios de los 70 de la RAI dirigida por Luigi Comencini, una joya a reivindicar que al igual que esta versión apostaba por el realismo y el tono más oscuro de la obra original. No obstante este nuevo Pinocho también refleja la fantasía desbordada de muchos de sus pasajes con buenos efectos especiales y espectaculares maquillajes y caracterizaciones capaces de convertir a muchos actores en creíbles animales antropomorfos además de transformar a su joven intérprete protagonista, el descubrimiento Federico Ielapi en una marioneta de madera (aunque algunas de sus escenas se realizaron con “maquillaje” CGI). Ielapi está perfecto en su rol aunque para algunos espectadores su aspecto puede resultar grimoso, pero lo cierto que en esta historia llena de personajes entrañables - los villanos la Zorra y el Gato, el titiritero Comefuego, el Hada de Cabellos Azules que pasa de niña a mujer, el antipático Grillo Parlante (nada que ver con la versión de Disney), el hombrecillo de los burros, el travieso Mecha-  el nutrido reparto echa el resto, destacando el ínclito Roberto Begnini como Geppetto. La algo olvidada superestrella transalpina vuelve al cine tras uso años de retiro otorgando el consabido carisma al anciano y mísero padre y creador del protagonista al que da vida con una acertada contención y sin sus habituales histrionismos: una redención también de la infumable adaptación de la historia que el mismo dirigió en 2002.  Una película muy recomendable para el público de diferentes edades (aunque no aconsejable para niños muy pequeños) que devuelve en su máximo esplendor una historia que Matteo Garrone adapta muy fielmente y sin eludir sus aspectos más controvertidos o incluso hoy en día políticamente incorrectos en un trabajo cinematográfico que sin ser del todo perfecto es de primer nivel.   

domingo, septiembre 20, 2020

TENET

 

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Una pequeña decepción es lo que ha supuesto el nuevo filme del tal vez sobrevalorado Cristopher Nolan, un director que ya empieza a mostrar demasiada orientación comercial y un cierto efectismo cada vez más pedante. De nuevo como en Origen (2010), nos encontramos con una película de ciencia ficción empachada de pretensiones y bastante estructurada en audacias técnicas visuales conseguidas por unos vistosos efectos especiales y una narración temporalmente intrincada- esta vez como en Memento- que requiere de la complicidad del espectador, aunque su presentación es  tan equívoca que este terminara en muchos casos por cansarse y desentenderse de los intríngulis propuestos. Nolan, eso si, sabe hacer mantener el interés en momentos clave y desde el principio del filme, saca muy buen partido de las pistas y de los McGuffins  y de nuevo demuestra saber coordinar espectáculos grandiosos en diversos escenarios y con profusión de personajes, pero todo esto no ha resultado suficiente para que Tenet resulte una buena película.

El concepto de la temporalidad en la ficción (viajes en el tiempo, paradojas temporales, digresiones varias) es un material que suele resultar bastante goloso y rico para trabajar y la historia que nos ocupa parte de una premisa dentro de esa idea: alguien, en un tiempo futuro, ha inventado una tecnología que permite una entropía inversa que permite a personas y objetos moverse atrás en el tiempo y esto esta siendo utilizado para sonados actos terroristas y actividades delictivas diversas y se estima que con una finalidad aún más siniestra. Un innombrado agente de la CIA (John David Washington, hijo de Denzel Washington) es contratado por una organización secreta llamada Tenet para impedir que los responsables del malévolo invento lleguen a destruir la humanidad. Todas las pistas llevan a Sator (Kenneth Branagh), un millonario ruso cuya joven esposa Kat (Elizabeth Debecki) se alía con nuestro protagonista, también ayudado por un misterioso agente llamado Neil (Robert Pattinson). Acción y violencia a raudales, intriga de thriller tradicional, excursión jamebondsiana a localizaciones europeas y de otras latitudes y momentos de cierta reflexión matemática sobre el galimatías (muy cargante lo de los algoritmos) llenan una película que llama principalmente la atención por lo vistosas que pueden resultar algunas escenas cuando la acción transcurre al revés (en el aspecto técnico esto es más que de recibo) y algún momento de inspiración de cine negro y de espionaje, pero en conjunto es todo excesivo, gratuitamente confuso y sobre todo demasiado reiterativo en cuento a las fórmulas más manidas del cine de acción, sin olvidar la influencia de rigor la saga Matrix cada vez que una película toca temas similares. Poquita chicha para una película rutinaria y poco estimulante.  

viernes, septiembre 18, 2020

LAS NIÑAS

 


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La película triunfadora en el Festival de Málaga de 2020 es una pequeña y rara joya de cine intimista y psicológico bajo el prisma preadolescente firmado por una debutante que demuestra unas dotes cinematográficas y narrativas más que interesantes. Pilar Palomero, realizadora aragonesa, se estrena en el largo con este drama en donde cierto componente generacional nostálgico está presente con las tribulaciones de niñas de 11-12 años a principios de los 90 en un colegio religioso en Zaragoza: más o menos, la edad de las protagonistas en aquella época se corresponde con la de la directora, nacida en Zaragoza en 1980. Aunque el costumbrismo es el marco conceptual en donde se desenvuelve la película, Las Niñas va mucho más allá ya que en su afán de ser una película de sensaciones y sentimientos opta por un lenguaje narrativo abstracto y universalista claramente enfocado en las vivencias interiores y exteriores de su joven protagonista, Celia (Andrea Fandos, excelente) una pequeña de 11 años sin padre - al que nunca conoció-  cuya relación con su joven madre (Natalia de Molina), extraña y distinta, condiciona negativamente en su percepción de la vida y en su relación con sus pares. La llegada de una niña nueva al colegio, Brisa (Zoe Arnao), huérfana de padre y madre y con la que se siente identificada, le añadirá alegría y esperanza, pero su reducido y poco afectivo entorno familiar, la estricta educación que recibe en el colegio de monjas con sus inquietantes mensajes sobre el pecado y sobre todo la actitud despectiva de algunas de sus compañeras de clase precisamente por la poco clara situación de su familia no consiguen que Celia finalmente pueda alcanzar la felicidad y si reforzar un falso sentimiento de culpa sólo situable en una mentalidad puber inmadura.                                                                                                

En realidad no hay casi historia en si en esta película, sino una sucesión de situaciones psicológicas todas ellas en la mente de una chiquilla de 11 años a las puertas de la adolescencia y fascinada por el mundo de las chavalas mayores que ella que ve como entrada a un mundo adulto que ella ni su amiga Brisa en realidad no comprenden en absoluto. La figura materna es esquiva para ella y eso está perfectamente reflejado en las enormes elipsis narrativas obre la historia de la madre, aunque al final haya una especie de catarsis sobre esta situación (y sobre lo que le ocurrió realmente al padre de la niña) que en realidad no nos dice nada ya que al película solo sugiere en una muy lograda pirueta de narración. El personaje de la madre, muy bien interpretado por esa actriz en alza que es Natalia de Molina, es tan importante en el filme como las propias jóvenes protagonistas, un retrato de un ser fracasado y desesperado que intenta que su retoña no caiga en el mismo camino pero sólo consigue distanciamiento y mas dolor para ambas. Momentos realmente sobrecogedores como el amago de dilapidación voluntaria de Celia conviven con el costumbrismo realista en donde no faltan guiños inteligentes a la cultura pop de principios de los 90 y que en realidad cumplen justificada función en la historia. Es muy difícil realizar un buen relato sobre el descubrimiento del mundo y sus sinsabores desde la infancia y dirigir a un nutrido puñado de intérpretes preadolescentes y adolescentes consiguiendo una representación real y convincente, pero esta película ha conseguido ambas cosas.

lunes, septiembre 14, 2020

ANTEBELLUM

 


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El cine de denuncia racial en EEUU últimamente está tomando unas vías de expresión bastante curiosas y desde luego que originales a la par que su finalidad se cumple con creces. Dejando a un lado el realismo y el drama jóvenes directores afroamericanos apuestan por el cine de género a la hora de mostrar la injusta situación que la población negra en USA desgraciadamente aún sigue viviendo (en donde aunque parece mentira la discriminación continua) tal vez por que la utilización de estilos como el terror o el thriller por su comercialidad tienen mayores visos de llegar a un público más amplio, tal y como lo ha ejemplarizado Jordan Peele (Déjame Salir, Nosotros). Es precisamente el thriller con elementos  de terror psicológico el género al que se asoma el tandem formado por Gerard Bush y Cristopher Renz, realizadores afroamericanos provenientes de la publicidad y el videoclip que debutan brillantemente en el largo con este alucinante e inquietante relato de retorcida trama y mensaje sociopolítico velado pero claro, todo contado como un terrorífico cuento o fábula aunque carente de elementos fantásticos. No solo el elemento racial está presente sino también cierto componente de crítica socioeconómica e histórica y un mensaje de empoderamiento femenino en una fábula que viene a contar de manera extrema la resistencia salvaje de ciertos sectores al progreso de minorías y colectivos con un historial de discriminación a lo largo del tiempo. Y precisamente la historia de EEUU y su significación en el devenir de al sociedad nortemericana actual es el marco escenográfico en donde se desenvuelve el relato

Una mujer joven negra es la protagonista del filme, Veronica Henley (Janelle Monáe) una intelectual, socióloga, escritora y activista cuya obra crítica con la sociedad USA  (y global) y su trato a la población afroamericana y al género femenino la ha generado muchos seguidores y un indudable éxito profesional al tiempo que vive una feliz vida familar. Pero la película no comienza con ella, sino con una plantación esclavista en el sur de EEUU en la época de la Guerra de Secesión, en donde un batallón de militares confederados se ha hecho con el control de dicha plantación. Allí los esclavos negros son tratados sin consideración: torturados, las mujeres violadas, asesinados si intentan huir. Inquietantemente y en contra del rigor histórico parece que los sudistas están ganando la guerra. Una esclava a la que sus amos han puesto de nombre Eden tiene un plan para una huida de la plantación: ella es en realidad una mujer del siglo XXI y es que Verónica y Eden pueden ser la misma persona. Con bastante violencia y elementos de slasher y una atmósfera inquietante y turbadora en sus escenas en la plantación, el filme sabe jugar con ingeniosas (y paródicas) pistas falsas y sobre todo saca un enorme y brillante partido a los dos ambientes presentados, el de la plantación esclavista y el de la historia de Veronica Henley y su lucha intelectual. El nexo de unión, súbito y violento, es el hilo gordiano de la historia y de su mensaje. Aunque excesiva a veces la película ha resultado ser toda una grata sorpresa que anuncia a unos excelentes directores a los que habrá que seguir en el futuro.     

domingo, septiembre 13, 2020

LA BODA DE ROSA

 


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Iciar Bollain en su faceta de directora sigue sumando credibilidad. Después de la que ha sido su mejor filme hasta el momento, El Olivo (2016), la actriz y realizadora madrileña firma una película no tan brillante como aquella pero resultando al fin y al cabo un trabajo aceptable en su pretensión de firmar una comedia-drama costumbrista con mensaje. Es cierto que la película peca de irregular y que su guión en algunos momentos parece forzado, pero el conjunto en si funciona impecablemente gracias sobre todo al excelente trabajo interpretativo de su protagonista, una exultante Candela Peña que da vida a la Rosa del título, una mujer de 45 años sin pareja, madre soltera de una joven de 20 años, abuela prematura, cansada de su empleo y harta de la presión familiar de su padre viudo y de sus dos hermanos que decide romper con todo y reconciliarse por fin con ella misma en un intento desesperado de autoafirmación personal. El medio: casarse con ella misma. La actriz se adueña de cada plano en el que interviene y otorga a su personaje una enorme profundidad llena de matices (inseguridad, nostalgia, cariño pero hartazgo con sus allegados, responsabilidad ante los acontecimientos) que la intérprete sabe mostrar excelentemente. Aunque en la historia nos faltan muchos datos sobre el personaje, estos no se echan en falta gracias al carisma que derrocha.

Esta es una película de intérpretes en donde un reparto eficaz lleva una historia muy sencilla a buen término. Sergi López, Nathalie Poza (estos como los hermanos de Rodsa), Ramón Barea como el padre de la protagonista, y Paula Usero como su hija realizan una muy buena labor. La historia hace énfasis en las relaciones y los conflictos familiares y tanto los elementos dramáticos como de comedia parten de esa raíz con la descripción de situaciones claramente reconocibles. Pero principalmente La Boda de Rosa es una película psicológica y de maduración y aunque su mensaje suena un poco reiterativo nunca está de más recordarlo. Puede que no entusiasme al espectador más exigente o a los que esperaban un filme de las magnitudes de El Olivo, pero esta es una película amable que sin caer en lo pasteloso ni en el exceso melodramático cumple con creces.   


domingo, agosto 23, 2020

¡QUE SUENE LA MÚSICA! (MILITARY WIVES)

 

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Resulta un poco cansino desde hace bastante tiempo el hecho de que cuando el cine británico trata de hacer una comedia con aspiraciones de distribución internacional a gran escala adquiera siempre un tono hollywoodiense salpicado con la idiosincrasia británica que al final resulta previsible y rutinario. Y de esto peca precisamente esta esforzada pero escasamente relevante feel good movie basada en hechos reales y firmada por Peter Cattaneo, que siempre será el director de la ya mítica Full Monty (1997) y que principalmente ha tenido una carrera eminentemente televisiva.  Con Kristin Scott-Thomas y la menos conocida por aquí Sharon Horgan como cabezas visibles en el reparto, la película reúne varios ingredientes a priori comerciales: una historia verídica, enfoque musical, protagonismo eminentemente femenino, toques de drama dentro de la comedia y mensaje de superación y positivismo; pero no termina de funcionar correctamente. Un desarrollo narrativo mejorable y una tipificación demasiado evidente en personajes y situaciones termina haciendo de este filme un producto del montón.

La historia del primer coro formado por esposas y parejas de militares, en esta ocasión de los enviados a Afganistán en 2009 (coros estos que en el Reino Unido son ya toda una institución) ofrece algún buen momento cinematográfico especialmente servido por sus dos protagonistas femeninas, interpretando Thomas a Kate, una esposa y madre de militares (con su hijo fallecido) que encuentra en la formación y dirección del coro un sentido a su vida no sin muchas contradicciones debido a su carácter y Horgan a Lisa, una no muy convencida pero al final entusiasta del proyecto que choca por ego y carácter con Kate. Los rifirafes entre ambos personajes llevan el peso del filme en donde las historias de otras miembros del coro son un acompañamiento para dar diversas pinceladas emocionales a la historia, recurso que se antoja eficaz pero reiterativo al fin y al cabo. Las actuaciones del coro no están nada mal- como debía de esperarse siendo este el principal leiv motiv del film- con las consabidas versiones de clásicos del pop en un nuevo ejercicio de nostalgia musical en el cine, eso si soberbiamente interpretadas y con algún momento emocionante. Rebajas de cine de verano, pero con cierta sustancia.